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lunes, 17 de octubre de 2011

“¿Esto es real o sólo está pasando en mi cabeza?” Reflexiones prometidas sobre el binomio realidad/fantasía. Parte I.

Al hilo de lo comentando y lo prometido en la entrada del discurso de Jotaká, tomo hoy uno de los hilos (uno solo) de los múltiples que se desprenden de esta madeja engurruñada que es la reflexión en torno al mencionado binomio.

El otro día me preguntaron en qué medida se puede engañar a la mente cuando, por ejemplo, leemos un libro, para hacernos creer que nos está pasando algo que no es real. Hasta qué punto podemos conseguir vivir una experiencia a través de un libro, una peli… (una historia, a fin de cuentas) como si en realidad la estuviéramos viviendo.

Mi respuesta fue que podemos vivirla con la misma o mayor intensidad, porque la imaginación tiene ese poder.

La verdad es que quería entrecomillar “real” y “en realidad” hace dos párrafos (y como quería, y aquí mando yo, pues lo hago ahora), porque, en el fondo, la cuestión de base pasaría por determinar qué entendemos exactamente por esos términos.

En ese sentido, y siguiendo con la respuesta que di, da igual el pretendido “engaño”, que no es tal, por cuanto siempre somos plenamente conscientes de él; pues lo único que importa es lo que se siente al participar de las historias, de esas mentiras.

Ya lo dicen los Blackmore’s Night (en el video): Nothing is real but the way that I feel… En su caso particular, lo que le pasa a la pobre solista es que i feel like going down, down, down…, lo que no parece la más halagüeña de las perspectivas, pero es que el poder destructivo de la imaginación es igual de potente que el creativo, qué le vamos a hacer. Esos son los precios a pagar de los que hablaba la otra vez, y así se construye la balanza, inevitablemente.


Y es cierta, la creo firmemente, es un pilar en mi filosofía vital, la frase del viejo que responde a la pregunta que tomo prestada para el título de mis reflexiones (¿y qué si está pasando sólo en tu cabeza?), y el complemento musical recién mencionado (lo único que importa, lo único que es real, es cómo me siento).

Pero.

Pero… uno de mis mayores terrores de infancia (que se perpetúa a mi lado a través de los años, como la infancia misma) era mi propia versión a lo Matrix de la existencia (¿y si todo lo que vivo no es más que una mentira; si nada – ni NADIE – existe de verdad y todo está sólo en mi cabeza?). Y, joder, qué susto.

O sea… que quizás sí que importe, un poquito, lo que pase en realidad. A veces siento que sí que importa. Porque no es lo mismo caminar por la arena, que caminar por la arena (cuando el resto del mundo, real, existente, es capaz de coincidir contigo en que, efectivamente, estás caminando por la arena). Y quizás esto me importe un poco porque hay otros factores en juego, que no se me escapan, como la necesidad de sentirse reconocida, y aceptada…

Pero más pero.

Pero… en el fondo, el anhelo más profundo, siempre, es SENTIR. Y siento profundamente a través de mis seis sentidos, siendo el sexto, tantas veces, el más poderoso. Ah, ¿que el sexto era la intuición? Entonces me estaba refiriendo al séptimo, que además es un número que se le ajusta más, por las connotaciones místicas. Sí, claro, de qué voy a estar hablando. De la imaginación, de ese arma de destrucción/construcción masiva. De ese bicho ingobernable.

Me viene a la mente una cita del bueno de Stevie (el señor King, se entiende): Un buen escritor es aquél que ha enseñado a su mente a desobedecer. Toma ésa.

Pobre del buen escritor, entonces. Y qué suerte la suya.

jueves, 1 de julio de 2010

Ma biciclette

En la banda sonora de la peli "Juntos nada más", que es una versión de una novela de Ana Gavalda, incluyen una canción de Yves Montand, que parece compuesta expresamente para la escena a la que acompaña.

http://www.goear.com/listen/07be6b1/a-biciclette-yves-montand

"À biciclette", pero para mí siempre será "Paulette et sa biciclette".

Paulette es uno de los personajes más entrañables que ha parido la ficción. No puedo hablar de la versión novelada, a la que aún no he acudido; pero en la peli, la vieja Paulette es pura ternura y fragilidad, de ésa que te resquebraja el alma a golpe de compasión, identificación, ilusión, y sobre todo, un preciosismo melancólico hiperbalsámico y expansivo.

La Paulette de Yves Montand es una jovenzuela que trae locos a todos sus amigos de la cuadri del verano; van al río en bicicleta, y se embriagan con la magia del crepúsculo. Pura energía y jovialidad. Y sin embargo, es también el espíritu cristalino de la Paulette anciana de Gavalda, de ese corazón rabioso del que también están enamorados el resto de personajes de la historia, el núcleo en torno al que gravitan y que les mantiene "juntos, nada más".

"Quand on partait de bon matin
Quand on partait sur les chemins
A bicyclette
Nous étions quelques bons copains
Y avait Fernand y avait Firmin
Y avait Francis et Sébastien
Et puis Paulette

On était tous amoureux d'elle
On se sentait pousser des ailes
A bicyclette
Sur les petits chemins de terre
On a souvent vécu l'enfer
Pour ne pas mettre pied à terre
Devant Paulette..."

La bicicleta, como tal, no es un objeto que tenga un papel en la historia. Pero su esencia sí la impregna. La bicicleta es placidez contra las caricias de la brisa, es deslizarse con languidez a través de las horas del día, desgranar sin prisa los momentos más fugaces; es, en definitiva, una fuerza placentera intensa y tranquila a la vez.



Como el placer de saberse acompañado en nuestro trayecto vital, ese placer simple y redondo del que nos habla Gavalda.