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miércoles, 18 de enero de 2012

Reflexiones sobre el binomio realidad/fantasía. Parte II.

Breve y ajena reflexión, en este caso, la que ofrezco como continuación de aquella Parte I.

Si hay una obra que ofrece en bandeja la posibilidad de diseccionar estas cuestiones (entre otras muchas), sin duda esa obra es la Alicia de Carroll.

Pero a lo que vamos. Acabo de leer estas palabras:
"Al final de El país de las maravillas, la hermana de Alicia sueña con una Alicia futura que cuenta la historia de su sueño fantástico a sus hijos, y al final del Espejo, Alicia le pregunta a su gatita: “¿Quién fue el que soñó todo esto?... Debo haber sido yo o el Rey Rojo, sabes, Kitty. El era parte de mi sueño, por supuesto, ¡pero yo también era parte del suyo!” Este laberinto sin salida da forma a la maravillosa fábula de Borges Las ruinas circulares y, desde entonces, al concepto central de las películas de la serie Matrix y, más recientemente, a El origen de Christopher Nolan. Es este énfasis en la realidad de la vida onírica y lo absurdo de las convenciones, combinado con la modernidad de sus métodos, lo que ha hecho de la niña de los sueños de Carrroll el vehículo de tantos sueños activos de artistas como Sigmar Polke, Robert Smithson y Adrian Piper, cuyas interpretaciones dan a Alicia un color psicodélico y oculto."
Aquí el artículo completo, de Marina Warner.

Como vemos, hay más niños que se preguntan acerca de si sueñan o si son soñados...

Al hilo de esto, qué libro más estupendo descubrí el otro día (también en Traficantes, como cuando me encontré con Pennac): Soñadores, editado por Takatuka. No diré nada, sólo enseñar:

- Una imagen del libro:
- La canción de Albert Pla (en catalán) que constituye su texto:


viernes, 23 de diciembre de 2011

EL TOP 3 de cómo decirme “te quiero” y hacer que me caiga de culo

Una entrada con carros de azúcar glass y frutas caramelizadas para empastar los dientes, ahora que el brillo de las bolas de nieve y los adornos de los árboles me adormece la mirada y los fantasmas de todas las fiestas pasadas presentes y futuras se sientan conmigo a tomar té negro de navidad con pastas caseras hechas por la menda.

Es que no controlo nada de diseño bloguero, así que habrá que engalanar esto tirando de metáfora…

Así que aquí vamos con los 3 mejores momentos de declaración de amor que me ha brindado la ficción:

Con el número 3: “My one in five billion”

No podían faltar. En mi cosmología ficcionesca ésta es la pareja madre, la que gobierna el loco entramado de todos mis frikismos, la que huye durante la mayor parte de su recorrido del cliché del amor romántico, qué paradoja. Claro, es precisamente ese empecinamiento por el NO ROMANCE de los creadores de la serie lo que ha vuelto tarumbas a la legión de shippers que engroso con orgullo. Que nos da igual lo que digan: ellos se quieren y punto. No hay que esforzarse mucho para entenderlo.

Ayyy… mirad lo que suelta Mulder a Scully en el capi Folie à Deux (séptima temporada):
Scully, you have to believe me. Nobody else on this whole damn planet does or ever will. You’re my one in five billion.
Porque al final, el amor es eso. Estoy sola, estoy sola hasta la locura, el dolor de la soledad es brutal. Y, de repente, estoy sola CONTIGO. Y eso hace que el dolor estalle en júbilo. Él le explica todo eso en un contexto absolutamente antiromántico (a nadie puede sorprenderle teniendo en cuenta qué serie es), pero además, ni siquiera es un momento especialmente emotivo. Lo suelta sin más, y esa sencillez, esa sinceridad repentina y pura, casi ingenua, es lo que hace que sea tan tierna.

La categoría de semejante declaración es tal que me resulta intraducible (¿la única en todo el mundo?; ¿la única entre 5.000 millones?; ¿mi única entre… ¿??) Pffff… Sencillamente: MY ONE IN FIVE BILLION.

La imagen no se corresponde ni de broma con ese momento, pero… they’re so cute!


[Observación: esta declaración de amor sirve igualmente de testimonio para evidenciar el problema de la superpoblación que amenaza con agotar los recursos del planeta y con poner a los cerebros a buscar soluciones a cual más peregrina…]

En el casi imbatible segundo puesto: “Lo mejor y lo peor de ti; y eres la hostia”

Éstas son las impactantes palabras de Spike a Buffy en el capítulo Touched de la séptima temporada de la serie (otra séptima, sí). 
“Hey, look at me. I’m not asking you for anything. When I say I love you, it’s not because I want you, or because I can’t have you. It has nothing to do with me. I love what you are, what you do, how you try. I’ve seen your kindness and your strength. I’ve seen the best and the worst of you and I understand with perfect clarity exactly what you are. You are a hell of a woman”.
Ésta es mi traducción libre (grado de libertad notorio en la última frase): 
“Mírame. No te estoy pidiendo nada. Cuando digo que te quiero, no es porque te desee, ni porque no pueda tenerte. No tiene nada que ver conmigo. Te quiero por cómo eres, por lo que haces, por cómo te esfuerzas. He visto tu generosidad y tu fuerza. He visto lo mejor y lo peor de ti, y entiendo perfectamente quién eres. Eres una mujer de la hostia.”
 A pesar mis diatribas sobre que en realidad no hay que buscar explicación racional al sentimiento, me encaaaanta cómo de bien explica Spike por qué la quiere. En realidad, puedo no estar contradiciéndome, si elijo interpretarlo como una exposición de los indicios por los que uno se da cuenta de que el sentimiento existe, no como un análisis exhaustivo de la lógica que le ha llevado a ese sentimiento (lo que me resulta bastante incoherente: sentimiento, ¿lógica?). Bueno, que da igual. Ante semejante declaración, ¿quién se para a pensar en esas cosas? Eso es un poco lo que importa, ¿no? Que en realidad nada importa, más que esa certeza pura y al margen de la lógica de estar profundamente enamorado.

Lo que más me llega es la honestidad de su mirada: no está fascinado por una imagen idealizada de ella (ver lo que le pasa a Cenicienta, según Blanca Álvarez), no habla desde la seducción por la superheroína de múltiples virtudes; conoce de sobra su oscuridad perversa, y quiere a la persona que ella es de verdad. Y que entiende además que ese amor no proviene de él, de nada que tenga que ver con su voluntad, sino de ella. Y, para rematar, es una declaración de amor elevada al cubo porque es totalmente desinteresada: aun siendo todo completamente cierto, no se lo habría dicho por el mero hecho de desahogarse; su intención no es otra que hacerla sentir bien.

Precioso dibujo de CantonHeroine que he tomado prestado de DeviantArt.

Es total. ¿Y ahora cómo superamos esto?

El golpe definitivo: “Hasta la luna… y vuelta”

Se acerca la hora de irse a dormir, y la liebre pequeña está empeñada en demostrarle a la liebre grande lo mucho que la quiere: tan alto como este salto, tan ancho como abarquen mis brazos, tan lejos como hasta el final del camino… El problema es que la liebre grande siempre consigue superar esas medidas. ¡Ah! Hasta que a la pequeña se le ocurre una gran idea: Te quiero de aquí a la LUNA” le dice, mientras se queda dormida, feliz porque seguro que ahora ha conseguido explicarlo bien. La liebre grande sonríe y, mientras la mira dormir, le contesta: “Yo te quiero de aquí a la luna… Y VUELTA”.

Es que me mata. Me emociono cada vez que leo “Adivina cuánto te quiero”, clasiquísimo ya de Sam McBratney y Anita Jeram. Me emocioné cuando leí una reseña sobre el cuento, antes de conocerlo. ¡Me emociono sólo con pensar en él! Y es que, no me digas que no es para flotar de ternura; pero no de esa que intoxica, no; sino de esa simpática y directa, en bruto.


Hasta aquí mi improvisado y dulcísimo ranking ¿Cuál es el vuestro?

martes, 22 de noviembre de 2011

Los Juegos del Hambre y la Rueda del Absurdo

El libro de Suzanne Collins me ha dejado (además de sin aliento, sin uñas y atrapadísima) un par de pasajes que ilustran con claridad meridiana una reflexión muy interesante.

Dicen así:

“Me pregunto cómo será vivir en un mundo en el que la comida aparece con sólo presionar un botón. ¿A qué dedicaría las horas que paso recorriendo los bosques en busca de sustento si fuese tan fácil conseguirlo? ¿Qué hacen todo el día estos habitantes del Capitolio, además de decorarse el cuerpo y esperar al siguiente cargamento de tributos para divertirse viéndolos morir?”

“Por primera vez me permito pensar en serio en la posibilidad de volver a casa, de volver famosa y rica a mi propia casa de la Aldea de los Vencedores. Mi madre y Prim se irían a vivir conmigo, y ya no habría que temer al hambre. Un nuevo tipo de libertad, pero después… ¿qué? ¿Cómo será mi vida cotidiana? Antes dedicaba casi todo mi tiempo a conseguir comida; si me quitan eso, no estoy muy segura de quién soy, ni de cuál es mi identidad. La idea me asusta un poco.”

Annie Leonard, por su parte, lo plantea de esta forma tan maravillosamente didáctica:


¡Bienvenidos a la enésima y perpetua edición de la Rueda del Absurdo! ¡Que no acaben los Juegos!

(El Absurdo luce por doquier, la Rueda en particular queda preciosamente ilustrada en el minuto 16 del vídeo.)

martes, 8 de noviembre de 2011

Canguros, gemelas, madres y baños de espuma

En un cumpleaños me regalaron el primer número de la serie “El Club de las Canguro”, “La gran idea de Kristy”.

Los libros fueron un regalo espontáneo muy habitual durante mi infancia (ahora lo son bajo comanda, lo que resta bastante espontaneidad al asunto, claro que también minimiza los riesgos de hacerme con obritas que van a parar directamente a la caja “para el mercadillo de trueque”).

El caso es que me regalaron ese libro. Y el caso es también que hasta la fecha no me había topado yo con historias de ese tipo. Cómo definirlas… Desde mi óptica de lectora experimentada que va acercándose al apasionante mundo del conocimiento y la valoración LIJera, diría algo así como: facilonas, “para chicas”, de escaso valor literario. Desde mi recuerdo de niña en su noveno cumpleaños, tendría que decir: ¡nuevas!, ¡entretenidísimas!, ¡y con personajes muy guays!

En mi memoria, desde luego, es ésta la descripción que permanece.

Imagínate: había una Kristy con ideas geniales que saca adelante todo un proyecto emprendedor; una Mary Ann de lo más dulce y tímida que es la primera en echarse novio (la mosquita muerta…); una Claudia muy “exótica” (así iba ampliando yo mi vocabulario) que además era artista y hacía unas monadas increíble; una Stacey (en mi mente, se pronunciaba claramente Es-kay-tek, menudo disgusto cuando me enteré de cómo se decía en realidad) muy sofisticada y muy ligona; una Dawn (también me supuso una gran confusión fónica) que era “muy individualista” (fíjate tú), y que se convirtió de inmediato en mi favorita… Por no hablar de lo divertido que era leer sobre el sistema de organización que se habían montado: los criterios para la entrada de nuevos miembros, que si la tesorera, que si el diario, las cuotas, las reuniones y la atención a los “clientes”… En fin… todo de los más motivador.

Las canguro se cansaron de mí (me tragué todos los tomitos de la colección), y me presentaron a las gemelas de Sweet Valley (en una acción comercialmente muy acertada y cero sutil, con un anuncio de dicha pareja al final del último tomo).

Y, en fin, allá que me hice nuevas amigas. He de decir, sin embargo… que en esta ocasión sí comenzó a actuar el factor desgaste… Quizás porque eran no una, sino tres colecciones, con las gemelicas en el cole, el insti, y la uni respectivamente; y porque, a medida que yo crecía, me apetecía cada vez menos crecer con ellas. Tanto que de la colección azul claro de la uni, sólo me llegué a leer el primer tomo, y sólo por seguir un poco la onda de mis compis de clase, que se me habían enganchado con las Jessica y Elizabeth adultas. No fue mi caso, y eso que ya había sexo, depresiones, drogas y rock&roll (y matrimonios impulsivos con chicos malotes, creo recordar). No sé… el desgaste, como decía.

Y todo esto no habría sido más que un viaje lector más si no fuera porque supuso un coitus interruptus entre mis amantes los libros y yo. Vamos, que miraba los libros de mi estantería, y sentía apatía. Por primera vez en mi vida, no me apetecía leer.

En todo buen cuento siempre hay un personaje que saca al protagonista del atolladero en que invariablemente, en algún momento del periplo, cae. En mi historia particular no fue un hada madrina, sino mi madre, a secas. Y solucionó la trama con la misma efectividad que si hubiera tenido una varita (salacadula, chachicomula, dibi diba dibibú): con un relajante baño de espuma.

Sus sugerencias “¿por qué no lees un libro de esos que tienes en la estantería?, en vez de estas cosas que has leído últimamente…” habían sido recibidas por mis mohines de apatía.

Así que intentó otra aproximación: “Mira, hazme caso. Voy a prepararte un baño de espuma, te vas a sentir súper relajada. Y para cuando salgas, te habré elegido un libro. Ponte a leer, y luego me cuentas.”

La Dautremer inspiróse en mi historia para su Princesa Caprichosa.

Un baño relajante es difícil que falle en predisponer una mejora de humor. Pero es que, a la salida, me estaba esperando el bueno de Michael con su Ponche de los Deseos, que había estado durmiendo polvo en la balda ni sé cuánto tiempo. Las resonancias de esa historia todavía me palpitan: el fin de año, plumas de cuervo, don Sarcasmo, planes siniestros, gatos, relojes… Y sí, fuimos felices y devoramos más, muchas más, libro-perdices.

La imagen de la cuadrilla la he encontrado en este blog.

No es un final inesperado. Por suerte para mí. Es el final que me trajo de vuelta a… mí misma, en realidad.

Pero, ¿qué he querido decir con todo esto?

Pues para empezar, que estoy muy agradecida de que nunca me prohibieran leer un libro que yo quería leer. Es evidente que mi madre pensaba que lo que leía en un momento de mi infancia era basurilla (quedó más que claro en el episodio del baño de espuma, y en múltiples ocasiones cuando me recomendaba diversificar un poco mis lecturas), pero venía conmigo a la librería, y me compraba los libros. Lo mismo cuando, relativamente joven, empecé a leer sus propios libros. Nada más allá de algún comentario levemente disuasorio, pero que nunca se imponía.

Para seguir, que si bien la proposición “leer es mejor que no leer, por lo que sería conveniente incentivar la lectura” la catalogo en mi escaso repertorio de verdades universales (aun debatiendo incansablemente conmigo misma acerca de los motivos que subyacen, tema para un largo post, en alguna ocasión), lo que no tengo tan claro es todo lo que concierne a la valoración y selección de obras “adecuadas”, en general, y para el público más joven (más “incentivable”) en particular.

Es decir, no me atrevo a afirmar que existe una lista (un canon, que se dice en círculos selectos) de libros claramente recomendables; y más problemas todavía me causaría la elaboración de una lista con libros que NO deberían ser leídos. A fin de cuentas, la breve historia de la LIJ se ha visto mareada con recomendaciones y contra-recomendaciones de todo tipo, sometida a la moral imperante (o incipiente) de turno; usada vil y panfletariamente, con un estilo muy carlosterceriano (“todo para el lector/niño, pero sin contar con el lector/niño”). Pongamos de ejemplo los debates pretéritos y recientísimos en torno a la idoneidad o perversidad de las historias tradicionales del folklore, a las que se les ha acusado de emponzoñar las mentes de los niños vía, ojo, alelamiento, desarrollo excesivo de la imaginación, escapismo fantástico pernicioso (y aquí podríamos situar las críticas de tono moralista y conservador, pero como en todo discurso absurdo, éste puede dar la vuelta), y pervivencia de valores machistas (y aquí el absurdo nos mira haciendo el pino).

Entiendo que, en un primer estadio de esta discusión sobre criterios de valoración, nos topamos con la insoslayable necesidad de establecer una clara definición de eso que entendemos por LIJ (énfasis en la literaria L). Es decir, libros dirigidos a niños hay a montones, pero puede alcanzarse fácilmente un acuerdo general en que no todos son literatura. Ahora bien, una vez superado este primer estadio, ¿qué libros debemos promocionar? ¿Sólo los que cumplen criterios de literariedad? Dentro de ese grupo, ¿vale cualquiera? ¿Qué pasa con las obras de tipo didáctico? Evidentemente, existen de gran calidad. Y, ¿qué pasa con los libros que se caen –por su propio peso– de la bolsa LIJ por el agujero en la L (como mis canguros y mis gemelas, sin ir más lejos, y por no meterme en berenjenales citando títulos más recientes)?

Yo los regalé todos. En un arranque en parte motivado por la necesidad de espacio; y en parte haciendo alarde de un criterio nefasto y muy pedante de selección bibliográfica, me deshice de ellos. En pocas palabras: fui contra mi propio dogma, que reza algo así como “lee (haz/sé) lo te guste; disfruta, siente, ríe, llora, sueña…, hazlo con pasión, y que le den al resto”.

No se trata de desoír consejos (en mi caso, está claro que un consejo me llevó de vuelta al estado de enamoramiento lecturil). Se trata de construir un criterio propio, y tratar de defenderlo. En la lectura… y en la vida. Y en la vida, muchas veces, GRACIAS A la lectura, que de hecho nos convierte en personas críticas, inteligentes, y mejores (por ir desvelando parte de ese futuro post antes prometido). Un círculo la mar de virtuoso.

Para terminar, como de costumbre, unas palabras ajenas que expresan pensamientos propios.

Mis pensamientos:

La tremenda idoneidad de la diversidad de experiencias lectoras, los caminos para garantizarla (o sea, la importancia de DAR A CONOCER, como hizo mi madre cuando me presentó al señor Ende), el carácter no coercitivo ni déspota de dichos caminos, y la construcción por parte del lector de un criterio propio.

La expresión de los mismos en palabras de Teresa Colomer, de la obra “Introducción a la literatura infantil y juvenil”:

“La libertad del lector para formar sus preferencias se basa en el conocimiento de la enorme diversidad que tiene a su alcance. No se desea lo que no se conoce y, por lo tanto (…) [es esencial facilitar al lector] el reto de su apertura hacia nuevas experiencias.”

“Se tiende a establecer una media homogeneizadora que contempla sólo los mejores libros de entre aquellos que pueden gustar al mayor número de lectores. Pero es preciso tener en cuenta que los lectores de gustos minoritarios también cuentan. Hay que incluir, pues, aquellos libros que probablemente serán poco leídos en términos cuantitativos, pero a los que hemos otorgado la confianza de pensar que constituirán una experiencia importante para los lectores que se los apropien. En el otro extremo, es preciso también contar con libros (…) “seductores” (…) que, por alguna cualidad especial -su facilidad, su tema, la moda,- pueden incitar a leer a niños que han desarrollado un cierto rechazo (…) hacia la lectura.”

EDITANDO (el 18 de enero de 2012)

Sé que esto queda muy chapucero, pero el blog es mío y lo jodo como quiero.

Es que las he encontrado. Las exactas. Las clarísimas. Las súpercerteras.

Palabras, digo. De otro, cómo no.

Yo rompiéndome la cabeza con tanta canguro y tanto baño de espuma, sin saber muy bien qué es lo que quería decir. Y aunque Colomer me hizo un préstamo valiosísimo, resulta que la idea exacta que quería expresar la ha resumido como nadie monsieur Pennac (ya sé que me estoy poniento un tanto pesadita con él) hablando sobre dos de los derechos de su decálogo: el derecho a leer cualquier cosa, y el derecho al bovarismo ("enfermedad de transmisión textual" que toma su nombre de la más ilustre enferma de dicho mal, Emma Bovary).

Ahí queda eso:

"Así pues, hay "buenas" y "malas" novelas.

Las más de las veces comenzamos a tropezarnos en nuestro camino con las segundas.

Y, caramba, tengo la sensación de haberlo pasado "formidablemente bien" cuando me tocó pasar por ellas. Tuve mucha suerte: nadie se burló de mí, ni pusieron los ojos en blanco, ni me trataron de cretino. Se limitaron a colocar a mi paso algunas "buenas" novelas cuidándose muy bien de prohibirme las demás.

A eso lo llamo sabiduría."

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"Y luego decirse también que el bovarismo es -junto con algunas más- la cosa mejor repartida del mundo: siempre la descubrimos en el otro. No es extraño que a la vez que vilipendiamos la estupidez de las lecturas adolescentes, colaboremos en el éxito de un escritor telegénico, del que nos burlaremos tan pronto como haya pasado de moda. Las modas literarias se explican ampliamente por esta alternancia de nuestros entusiasmos iluminados y de nuestros repudios perspicaces."

martes, 11 de octubre de 2011

Yo también he jugado con lobos; ¿tú no?

Hace unos días hice un paseo en bici hasta un pueblo cercano, con la idea de reencontrarme con las sensaciones que me había dejado la última (y hasta ese momento, única) vez que había pasado por allí (que fue en mi también única experiencia santiaguera hasta la fecha).

Resultó que, excepto la mansa alegría en el jardín del albergue, el resto de las sensaciones óptico-oloríferas ruralmente emotivas estaban completamente desaparecidas. Me costó un buen rato decidir que mi memoria había archivado muy garrafalmente el contenido de la experiencia citada, clasificando sensaciones en el tropo equivocado.

Vamos, que el pueblo que quería revisitar estaba unos cuantos kilómetros más atrás en el camino.

Para compensar la decepción, mi acompañante excursionil me llevó hasta la biblioteca. Y allí el destino me demostró una vez más que tiene un delicado sentido del equilibrio, pues propició mi encuentro con Marcos y sus lobos. No hacía ni 7 días que habíamos visto la versión cinematográfica del relato que tenía entre manos, y tenía muy reciente mi lapidaria sentencia al término de la misma (“deficiente; para este viaje, me habría quedado con el tráiler, que me hace llorar y todo…”).

Pero, en fin, es una historia a la que llevaba tiempo queriendo acercarme. Así que me senté en un puff amarillo encajonado entre estanterías y algún nene lector (por suerte, mi tamaño es muy adaptable al mobiliario de las bibliotecas infantiles), y me zumbé prácticamente un tercio del libro, así, sin apenas ansia ni nada.

Cuando por fin vinieron a remolcarme al mundo ¿real? (la hora de cierre, la visita de mi acompañante, una llamada de socorro desde Escocia… en fin, esos remolques), yo ya estaba atrapada. Y sí, es lo que cuenta (la historia de Marcos fascina en cualquier lenguaje); pero, sobre todo, es cómo se cuenta.

Algunas palabras con las que intentaría describir el estilo magnético: honestidad, ternura, reflexión, autenticidad, frescura, fantasía, inocencia, coherencia, sorpresa, emotividad pura y contenida…

El relato es un viaje junto a y por dentro del personaje. El relato es el personaje. Su voz es la que lo construye todo (esa voz que ha prestado Gabriel Janer Manila a la historia de Marcos), la que lo ocupa todo, la que da sentido a todo. Por encima de todo, esa voz nos narra una lucha constante, no tanto por la supervivencia, sino contra la soledad.

Al fin y al cabo, el propio autor nos lo aclara en el epílogo: ¿qué importa que la tan poco verosímil pero maravillosa amistad entre Marcos y la culebra (y los demás amigos de la sierra) sucediera así en realidad?; lo único que importa es lo que él cree que sucedió, y cómo jugó y jugó (con lobos) para no estar solo (para que no se lo comieran esos lobos voraces de la desesperanza). [No se me escapa el paralelismo con otra pregunta sobre lo que importa o no importa eso que llamamos “realidad”, de la entrada anterior. Qué le vamos a hacer, las obsesiones de cada una son cosa recurrente.]

Aquí Marcos echando unos cánticos con sus amigos.

Y ante ese baile hermoso con sus amigos los animales; con sus pensamientos, que no sabe de dónde le vienen; con el hambre y el ingenio; con la risa y el miedo bajo la tormenta; con la delicia del juego de aguas y palos… era incapaz de mantenerme en el mismo estado emocional: o bien se me encharcaba el alma de pena, o bien se me hinchaba con su felicidad compartida.

Pero no, no más mi voz, sino un poco de la suya (a destacar, que hay tres “peros” poderosos, y en crescendo!):

“La canción era larga y monótona. La cantaba con el lenguaje de los lobos. Hablaba de los peligros que acechan, de los miedos. Del miedo y los temblores que provoca. De los miedos que queremos, de los que nos hacen crecer, de los miedos que nos protegen y de los que nos hacen reír. Hablaba de aquellos miedos que nos hacen compañía. Pero también de la manera que tienen los lobos de entender la vida.”

“Si todo lo que me rodeaba hubiera sido uniforme y sólo yo hubiera sido distinto, quizás me hubiera preocupado, porque habría sido el único extraño. Pero en la montaña la vegetación es diversa y los animales son diferentes. Si entras en un bosque, al primer vistazo todo te parece igual. Sólo ves bosque y piensas: “¡Qué bosque más tupido!” Pero cuando te detienes a mirar cada hoja de los árboles, cada piedra, cada flor, te das cuenta de que no hay nada repetido, que todo es bosque, pero cada parte se diferencia en algo de las demás. Es casi lo mismo que sucede con las personas: como los árboles, todos venimos de las mismas raíces. Pero no hay ni un solo hombre repetido.”

“Apreté los puños y sentí cómo las uñas se me clavaban en la palma de la mano. No sé si eran las uñas de un lobo. Cuando las abrí, me di cuenta de que me había hecho un poco de sangre. Pero la sangre olía a monte bajo, a hierbas salvajes, a viento y a luna clara.”

viernes, 30 de septiembre de 2011

Que la vida me regale fracaso e imaginación

No conseguiría nunca expresar, con el énfasis suficiente, lo mucho, lo MUCHÍSIMO que me gusta e inspira el discurso de apertura que dio la buena de Jotaká en la Ceremonia de Graduación de Harvard de 2008.

Llegué a él casi por casualidad viendo videos en Youtube. Y allí (aquí) estaba, esa británica con pinta de inocente, haciendo magia con el lenguaje, desenvolviendo con una maestría admirable un mensaje que se me clavó directamente en la frente y el pecho, me hizo soltar alguna lagrimilla, y se quedó inmediatamente incorporado a mi catálogo mántrico-guía vital personal.

Ver ese vídeo fue experimentar la preciada y rara sensación de que alguien me estaba ordenando las ideas, las grandes, las que importan, que pululaban en mi cabeza sin encontrar una vía exacta de expresión. Y de pronto… lo veo (lo oigo) todo cristalino. Y comunicado de una forma cautivadora, con mucho humor, con mucha fuerza. Estilo 100 por 100 jotakiano.

Y es que, no va la tía y decide hablar a unos recién graduados (de Harvard, nada menos) de la importancia de… ¿qué? ¿La perseverancia? ¿El trabajo duro? ¿La superación personal? No, no, no… Ella va y les convence de que la clave de todo está en el FRACASO y la IMAGINACIÓN.

No seré yo quien intente explicar por qué ese binomio es tan esencial. Veamos lo que dice ella:

Sobre los beneficios del fracaso:

“So why do I talk about the benefits of failure? Simply because failure meant a stripping away of the inessential. I stopped pretending to myself that I was anything other than what I was, and began to direct all my energy into finishing the only work that mattered to me. Had I really succeeded at anything else, I might never have found the determination to succeed in the one arena I believed I truly belonged. I was set free, because my greatest fear had been realised, and I was still alive (…). Failure taught me things about myself that I could have learned no other way. I discovered that I had a strong will, and more discipline than I had suspected; I also found out that I had friends whose value was truly above the price of rubies.”

Sobre el poder de la imaginación:

“Though I personally will defend the value of bedtime stories to my last gasp, I have learned to value imagination in a much broader sense. Imagination is not only the uniquely human capacity to envision that which is not, and therefore the fount of all invention and innovation. In its arguably most transformative and revelatory capacity, it is the power that enables us to empathise with humans whose experiences we have never shared. (…) We do not need magic to change the world, we carry all the power we need inside ourselves already: we have the power to imagine better.”

Aun me gustaría ilustrar esta potente idea sobre el poder de la imaginación con otras palabras de la propia Jotaká, esta vez de su obra de ficción.

Situémonos prácticamente al final de su historia sobre el niño mago, en ese momento en que héroe y maestro se encuentran en una réplica blanca de una famosa estación de tren londinense, que es obviamente un umbral, y conversan sobre los entresijos de la aventura que nos ha llevado, a todos, hasta allí. Al despedirse, se produce este diálogo:

El joven héroe pregunta: ¿Esto es real? ¿O ha estado pasando sólo dentro de mi cabeza?”

El viejo y evanescente maestro responde: Claro que está pasando dentro tu cabeza, Harry, pero ¿por qué iba a significar que no es real?”

La estupenda imagen la he sacado de aquí.

Qué maravillosa, ingeniosa y definitiva manera de referirse, no sólo al propio contexto de la historia, sino a todo. De regalarnos irrevocablemente su cuento: “es vuestro, podía haber sido sólo una mentira en mi cabeza, y ahora es de verdad y para vosotros y para siempre”. De explicar la falacia del muro de contención entre eso que llamamos realidad y eso que llamamos fantasía. Un tema éste con múltiples matices, y al que espero volver en otro momento.

En fin, lo expuesto es solo una muestra que puede dar una idea, pero no hace justicia de la absoluta delicia de texto que es el discurso completo, que puede leerse aquí (en inglés). Y aquí (en castellano).

Por estas palabras, estoy admirada y agradecida. Mis fracasos me duelen hondo y cruelmente. Mi imaginación se vuelve a menudo contra mí y me tortura con una saña feroz. Pero siempre valoro unos y otra, pago su precio, siento que me convierten en lo que soy y que, en última instancia, me dan más, mucho más, de lo que me quitan.

Me resulta muy difícil entenderme, saberme. Esto sí es un trabajo para toda la vida. Pero hay cosas magnas que lucen como un faro en la noche y me sirven de guía en el camino. Como estas palabras, que no son mías, pero que sí lo son.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Irati, o el milagro del fan fiction

No me atrevo. No quiero. Me resisto.

Apenas un par de páginas para dar por finalizada la lectura más apasionante de este verano, y llevo 3 semanas eludiéndolo. Teniendo en cuenta el tiempo que tardé en DEVORAR de forma totalmente compulsiva el resto de las más de 500 páginas, diría que el retraso es casi de un 400% respecto al tiempo total de lectura.

El Marauders!Crack de Irati Jiménez me ha hecho vibrar de tal manera que no puedo dar carpetazo a la experiencia. Me resisto, pero sé que tiene que pasar. Terminar. Decir adios. Como los personajes, vestirme de melancolía y llorar la pérdida de la magia, de los tiempos mejores...

Se podría pensar: "toda esta cursilería para decir que te ha enganchado un fan fiction PORNO-GAY de Harry Potter".

Pues sí... pero es que claro, el M!C es mucho más que fan fiction, desde luego mucho más que lectura porno, e incluso más que Harry Potter.

Porque la alucinante capacidad de la autora ha escarbado sin piedad en lo más profundo de la psique de unos personajes apenas perfilados por Jotaká (también grande, muy grande, Jotaká) y ha creado un mosaico de emociones tan verídicas, tan intensas, tan coherentes... que página tras página me quedaba sin aliento y me maravillaba de admiración.

Y además, joder, me ha hecho reír a carcajadas. ¡Qué humor tan delicioso!

Son ocho mil millones la virtudes de este fan fiction de las que se puede hablar. Y se ha hablado largamente, vaya que sí. Porque, como siempre, llego tarde... Y me veo, de nuevo, privada de disfrutar de esta lectura en comunidad porque su momento, explosivo y rabioso, fue allá por el 2005 o así.

Pero en fin, ahora es MI MOMENTO con la historia. Y ahora es cuando puedo explicar cómo me sentí cuando Sirius y James (y no, no ésta la pareja gay) veían amanecer mientras comían bollitos en lo más alto de Hogwarts. O quizás no, porque la felicidad al ser parte de una fantasía no puedo describirla, sólo puedo sentirla. Y saborearla, y guardarla para poder regresar a ella cuando me cerquen los horrores despiadados con los que a veces tropiezo.

Yo he llegado a esta historia a través de aquí.

Hoy le diré adios, de todas formas. Y en la mesilla me espera un prometedor ejemplar de la ficción original de Irati, "Nora ez dakizun hori". Lo que son las cosas, más cercana a mí (en términos geográficos y culturales) que ningún otro autor que me haya llegado de esa manera.

La imagen la he sacado de la web www.remus-lupin.net, y la autoría es de Mary Grandpré.

jueves, 1 de julio de 2010

Ma biciclette

En la banda sonora de la peli "Juntos nada más", que es una versión de una novela de Ana Gavalda, incluyen una canción de Yves Montand, que parece compuesta expresamente para la escena a la que acompaña.

http://www.goear.com/listen/07be6b1/a-biciclette-yves-montand

"À biciclette", pero para mí siempre será "Paulette et sa biciclette".

Paulette es uno de los personajes más entrañables que ha parido la ficción. No puedo hablar de la versión novelada, a la que aún no he acudido; pero en la peli, la vieja Paulette es pura ternura y fragilidad, de ésa que te resquebraja el alma a golpe de compasión, identificación, ilusión, y sobre todo, un preciosismo melancólico hiperbalsámico y expansivo.

La Paulette de Yves Montand es una jovenzuela que trae locos a todos sus amigos de la cuadri del verano; van al río en bicicleta, y se embriagan con la magia del crepúsculo. Pura energía y jovialidad. Y sin embargo, es también el espíritu cristalino de la Paulette anciana de Gavalda, de ese corazón rabioso del que también están enamorados el resto de personajes de la historia, el núcleo en torno al que gravitan y que les mantiene "juntos, nada más".

"Quand on partait de bon matin
Quand on partait sur les chemins
A bicyclette
Nous étions quelques bons copains
Y avait Fernand y avait Firmin
Y avait Francis et Sébastien
Et puis Paulette

On était tous amoureux d'elle
On se sentait pousser des ailes
A bicyclette
Sur les petits chemins de terre
On a souvent vécu l'enfer
Pour ne pas mettre pied à terre
Devant Paulette..."

La bicicleta, como tal, no es un objeto que tenga un papel en la historia. Pero su esencia sí la impregna. La bicicleta es placidez contra las caricias de la brisa, es deslizarse con languidez a través de las horas del día, desgranar sin prisa los momentos más fugaces; es, en definitiva, una fuerza placentera intensa y tranquila a la vez.



Como el placer de saberse acompañado en nuestro trayecto vital, ese placer simple y redondo del que nos habla Gavalda.

martes, 25 de mayo de 2010

"Déjame entrar" de John Ajvide Lindqvist

Se extiende con el estrépito de sus cristales chasqueantes la escarcha de la literatura nórdica, tan gélida y tan inquietante ella...

Esta novela no es precisamente un fenómeno reciente, pero la saco del congelador y la dispongo para su disfrute principalmente porque la acabo de leer.


Qué de cosas me han gustado de ella:


  • La historia que cuenta...
Una historia de vampiros, es más, de romance y de vampiros, que no trata realmente de eso sino de la soledad, las bajezas humanas, el frío del alma, y el incalculable poder del amor para barrer todo eso. Y esto contado desde una óptica muy próxima a la novela policiaca, prescindiendo del aspecto sobrenatural que es en realidad el origen de la trama.


  • Los personajes que la habitan...
Oskar es un chaval lleno de sufrimiento y de odio, pero también con gran capacidad para la ternura, el amor, y la superación personal. Un personaje con muchos contrastes, y para el que se dibuja una sutileza muy atractiva en su manera de sentir y pensar. Un gran personaje, en definitiva, de los que más me aportan.

Eli es el eje de la historia, el misterio, lo oscuro, la tentación y la salvación. A mí personalmente me funcionó más como símbolo que como personaje con el que establecer una identificación. Quiero decir que apenas pude traspasar el halo de enigma que la envolvía, pero fue precisamente ese carácter cuasi-inaccesible lo que la hizo tan poderosa. Es más, cuando el autor se lanza ya hacia el final de la novela a introducir algún fragmento relatado desde el punto de vista de Eli, sentí un amago de decepción. Ya he dicho que como mito me funciona mejor.

Hackan es el perfecto monstruo de pesadilla, entre patético y abominable, la personificación del horror, despojado de todo lo que hacía humano, e impulsado por una obsesión dolorosa y ciega.

Lacke y Virginia son dos personajes secundarios en los que el autor se entretiene para trazarlos con mimo, esenciales para construir un escenario en el que se diluye la frontera entre el bien y el mal, para exponer las motivaciones que empujan a las personas a actuar de determinada manera, y el daño que pueden causar sus actos.

Esta historia está llena de seres humanos, que sienten, sufren, hacen daño, aman e intentan sobrevivir como pueden. Y a los que resulta muy difícil juzgar. Una perspectiva que haríamos bien en incorporar a nuestra praxis con nuestros congéneres.


  • El ambiente que recrea...
Voy a sobreentender que esa tendencia a reflejar con minuciosidad el desarrollo de todas las acciones, desde la más emocionante hasta la más cotidiana, es una característica común de los autores nórdicos, aunque no he construido todavía una muestra suficiente para poder hacer semejante observación. En cualquier caso, en esta novela existe, y se recrea el ambiente con tanta precisión que quedé completamente absorbida.

Si a esto se le añade una envoltura de misterio y lírica frágil y oscura, el paseo que se da el lector se convierte en una experiencia muy hermosa, delicada e intensa.


Asumiré, para poner algo de peso en el otro plato de la balanza, que también detecté ciertos detalles que me chirriaron un poco, en particular concernientes al "secreto" de Eli, como algunas revelaciones excesivamente dramáticas y previsibles, y algún recurso un tanto empalagoso.

Pero, en fin, nada que haya empañado mi deleite al devorar este libro, a dentelladas, triturando papel, haciendo saltar chorros de negra tinta, alimentándome de su esencia...... Srulp...... delicioso.