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lunes, 16 de enero de 2012

Por mi cumple, me he autorregalado:

¡UNO!

Un (re) finde en Madrid para resarcirme de la anterior escapada de diciembre, que me tuvo postrada la mayor parte del tiempo con fiebre (y otras cosillas, más desagradables) en la cama del hostal.

Y también, claro, para poder visitar el Salón del Libro Infantil y Juvenil de Madrid. Bueno, en realidad la clausura del Salón. Pero no importa, porque tuve la suerte de poder ir a la charla de la pedazo de Premio Nacional de Literatura (modalidad LIJ) 2011 y hasta me lancé con una pregunta sobre uno de los temas que tan dulcemente me atormentan: las barreras (in)franqueables entre la LIJ y la "LA"...

¡Y DOS!

A Daniel Pennac. No a él en persona, evidentemente, sino su ensayo "Como una novela". Que encontré trasteando entre la sección de pedagogía de la librería Traficantes de Sueños, así que está claro que fue el destino. Un señor regalo; porque, ostras, mirad:
"Releer no es repetirse, es ofrecer una prueba siempre nueva de un amor infatigable."

"(...) las cosas más hermosas que hemos leído se las debemos casi siempre a un ser querido. Y a un ser querido será el primero a quien hablemos de ellas. Quizás, justamente, porque lo típico del sentimiento, al igual que del deseo de leer, consiste en preferir. Amar, a fin de cuentas, es regalar nuestras preferencias a los que preferimos. Y estos repartos pueblan la invisible ciudadela de nuestra libertad. Estamos habitados por libros y por amigos."

"El problema no está en saber si tengo tiempo de leer o no (tiempo que nadie, además, me dará), sino en si me regalo o no la dicha de ser lector."

"En el fondo, el deber de educar consiste, al enseñar a los niños a leer, al iniciarlos en la Literatura, en darles los medios de juzgar libremente si sienten o no la "necesidad de los libros". Porque si bien se puede admitir perfectamte que un individuo rechace la lectura, es intolerable que sea -o se crea- rechazado por ella."
No es la primera vez que me emociono leyendo ensayo, pero tampoco es lo más habitual. Vaya, que me llega. Me llega y se me queda por dentro muy pegadito y palpitando.

Y ni siquiera he mencionado el demoledor sentido común de su propuesta pedagógica y la genialidad de su decálogo de derechos imprescriptibles del lector (que mira que cuesta asimilar, a pesar de su evidencia).

EDITANDO (el 27 de enero 2012)

Diré que me ha gustado tantísimo que he tenido que retrotraerme en el tiempo (a lo Michael J. Fox) para ampliar un post anterior al que la aportación le va que ni pintada.

Y ya que esto va de editar, aprovecho e incluyo documento gráfico del grande Blake que ilustra como él sabe este decálogo de derechos que comentaba. Lo he encontrado en el blog de Ana Garralón (y la ilusión que me ha hecho).


SÓLO POR DAR ENVIDIA...

... comentaré que el regalo no proveniente de mí misma ha sido un bombazo de la altura de.... tacháaaaaan... ¡¡¡entradas para el musical de Sonrisas y Lágrimas!!!



A few of my favourite things!!! ¡Uno de mis mantras!

No pude evitar estar el resto del finde cantando y adelantando a mi futuro compañero de butaca los momentazos más geniales de la película, que en realidad son todos, con lo que el resumen se convirtió en un monólogo que iba retomando para despiezar con entusiasmo desmedido cada secuencia... Creo que hubo cierto arrepentimiento por parte del "regalador". ¡Jaja! ¡Demasiado tarde!

¡Nos vamos al teatroooooooooo!!!!!!!!!!!!!!!!!

jueves, 1 de diciembre de 2011

Cuentos populares (I): Las doce sublimadoras

“Doce hermanas cóncavas, negras y secas. Su olor me empapa el paladar de una savia espesa y dulce. Las doce con antorchas y en procesión, con su paso errático, pero dirigiendo hacia mí, todas, inequívocamente, su aliento incandescente.

Me cercan. Me devoran. Las conozco, son mis antiguas, mis perpetuas. Cada noche, mis sublimadoras.

Pero hoy las he olvidado, y su funesta marcha me ha sobrecogido todas las fibras al surgir de la boca de la noche. Tan majestuosas, tan inesperadas y tan exactas.

Ya las siento abalanzarse, hambrientas y precisas y despiadadas. Huyo. Me vuelo en una carrera enloquecida mientas las siento prendidas del pelo, del cuello, de los brazos, de la cintura, haciendo de los jirones su trofeos. De la primera a la última, todas son certeras en sus golpes. De una en una, aúllan su solemne melodía.

Huyo, no para escapar de ellas; huyo para que el ritual culmine al negro abrigo de la noche. Ya me detengo y me abandono, mirando cómo se desvanece la duodécima hermana llevándose mi última gloria.

Pero no… Hoy… un resplandor a mis pies baila con la luz de la luna. Hoy… no se llevaron todo. Un zapato solitario me hace guiños desde abajo, señalándome la ausencia de su gemelo; perdido, no en las garras de las doce, no; perdido en la huída.”
Pues bueno, ésta era mi deconstrucción del cuento de Perrault (o de los Grimm, si te va más el pedi-gore). Fue una improvisación algo loca que escribí hace un tiempo al calor de la impresión que me provoca ese momento particular de la historia. Es una imagen muy potente y muy evocadora: la joven que huye y el tiempo que (re)torna en harapos el bello vestido. Es muy decadente, un tanto barroca en la reinterpretación del viejo tópico del carpe diem, tan llena de dolor y desengaño. Pero bonita. Preciosa, vamos.

Supongo que lo que quiero decir es que el pasaje de las campanadas es MI elemento icónico del cuento. Pero hay otros.

Blanca Álvarez, por ejemplo, en un artículo publicado en el número 216 de la revista CLIJ, hace gravitar la historia en torno a la pérdida del zapato de cristal, entendido como la prenda que la chica ha de pagar (una prenda muy especial que es más bien una parte de sí misma) para que pueda ser encontrada (reconocida) en su realidad y finalmente transformada en la imagen proyectada en la mente del otro a través de tan refinada pieza. Así, “Cenicienta representa el ideal de un sueño que tan sólo habita en la imaginación del otro”. Vamos, que, según entiendo yo esta interpretación, en realidad lo que hace es perderse a sí misma para poder acceder a un status deseado, o a su destino, pero en el que sólo será vista como reflejo de la imagen deseada del que mira. Buena idea no parece.

Sheldon Cashdan, en su libro La bruja debe morir, identifica el motivo principal de varios cuentos populares con uno de los siete pecados capitales; en este caso, la envidia. La de las simpáticas hermanastras de Cenicienta, que por aquello de verla tan bonita y tan dulce, prueban a martirizarla, a ver si así se sienten mejor… En línea similar las aportaciones psicoanalíticas del bueno de Bruno, que centra el tono del cuento en el sufrimiento originado por la rivalidad fraterna (añadiendo un poco de complejo de Edipo a la salsa, como no podía ser menos).

En fin, cada uno con su rollo. Yo ya he explicado por dónde tira el mío. Al principio, entendía que era pura fascinación por lo bello y lo terrible de la imagen de esa carrera por intentar escapar del tiempo desgarrador. Recientemente hice una lectura alternativa del momento previo a esa huida. El momento de alivio regalado, una tregua de unos pocos instantes concedidos para descansar de todos los horrores con los que nos enfrentamos. Esos pocos instantes y luego… se acabó; de nuevo a la lucha. Vienen las doce hermanas, las sublimadoras, de las que no podemos huir por mucho que corramos, a arrancarnos el regalo, que nunca fue nuestro del todo, pero cuya temporalidad olvidamos tan fácilmente al sentirnos… bien. Se acabó, sí. Pero hubo un alivio. Y habrá otro. Y otro más. Y al final, si conseguimos emparejar los zapatitos de cristal, quizás conquistemos una victoria sobre el horror más duradera. Quién sabe…

La imagen es ya famosa por los círculos cibernéticos. En principio, la serie Twisted Pricess fue idea del artista Jeffrey Thomas; pero esta versión (que he sacado de deviantART) es una colaboración con Omri Koresh, y me parece que el efecto es mucho más inquietante…

Por cierto, este rescate de mi deconstrucción ha venido impulsado por el reciente descubrimiento del libro de Blanca Álvarez, La verdadera historia de los cuentos populares, una recopilación de los artículos que publicó en la revista CLIJ entre 2006 y 2010. Me ha removido el tema éste de la huella profunda que nos dejan las historias del folklore, y me ha animado a seguir con reflexiones propias sobre ello. De ahí la latina I de función ordinal en el título. A mi ritmo, claro, pero llegarán más entradas.

martes, 8 de noviembre de 2011

Canguros, gemelas, madres y baños de espuma

En un cumpleaños me regalaron el primer número de la serie “El Club de las Canguro”, “La gran idea de Kristy”.

Los libros fueron un regalo espontáneo muy habitual durante mi infancia (ahora lo son bajo comanda, lo que resta bastante espontaneidad al asunto, claro que también minimiza los riesgos de hacerme con obritas que van a parar directamente a la caja “para el mercadillo de trueque”).

El caso es que me regalaron ese libro. Y el caso es también que hasta la fecha no me había topado yo con historias de ese tipo. Cómo definirlas… Desde mi óptica de lectora experimentada que va acercándose al apasionante mundo del conocimiento y la valoración LIJera, diría algo así como: facilonas, “para chicas”, de escaso valor literario. Desde mi recuerdo de niña en su noveno cumpleaños, tendría que decir: ¡nuevas!, ¡entretenidísimas!, ¡y con personajes muy guays!

En mi memoria, desde luego, es ésta la descripción que permanece.

Imagínate: había una Kristy con ideas geniales que saca adelante todo un proyecto emprendedor; una Mary Ann de lo más dulce y tímida que es la primera en echarse novio (la mosquita muerta…); una Claudia muy “exótica” (así iba ampliando yo mi vocabulario) que además era artista y hacía unas monadas increíble; una Stacey (en mi mente, se pronunciaba claramente Es-kay-tek, menudo disgusto cuando me enteré de cómo se decía en realidad) muy sofisticada y muy ligona; una Dawn (también me supuso una gran confusión fónica) que era “muy individualista” (fíjate tú), y que se convirtió de inmediato en mi favorita… Por no hablar de lo divertido que era leer sobre el sistema de organización que se habían montado: los criterios para la entrada de nuevos miembros, que si la tesorera, que si el diario, las cuotas, las reuniones y la atención a los “clientes”… En fin… todo de los más motivador.

Las canguro se cansaron de mí (me tragué todos los tomitos de la colección), y me presentaron a las gemelas de Sweet Valley (en una acción comercialmente muy acertada y cero sutil, con un anuncio de dicha pareja al final del último tomo).

Y, en fin, allá que me hice nuevas amigas. He de decir, sin embargo… que en esta ocasión sí comenzó a actuar el factor desgaste… Quizás porque eran no una, sino tres colecciones, con las gemelicas en el cole, el insti, y la uni respectivamente; y porque, a medida que yo crecía, me apetecía cada vez menos crecer con ellas. Tanto que de la colección azul claro de la uni, sólo me llegué a leer el primer tomo, y sólo por seguir un poco la onda de mis compis de clase, que se me habían enganchado con las Jessica y Elizabeth adultas. No fue mi caso, y eso que ya había sexo, depresiones, drogas y rock&roll (y matrimonios impulsivos con chicos malotes, creo recordar). No sé… el desgaste, como decía.

Y todo esto no habría sido más que un viaje lector más si no fuera porque supuso un coitus interruptus entre mis amantes los libros y yo. Vamos, que miraba los libros de mi estantería, y sentía apatía. Por primera vez en mi vida, no me apetecía leer.

En todo buen cuento siempre hay un personaje que saca al protagonista del atolladero en que invariablemente, en algún momento del periplo, cae. En mi historia particular no fue un hada madrina, sino mi madre, a secas. Y solucionó la trama con la misma efectividad que si hubiera tenido una varita (salacadula, chachicomula, dibi diba dibibú): con un relajante baño de espuma.

Sus sugerencias “¿por qué no lees un libro de esos que tienes en la estantería?, en vez de estas cosas que has leído últimamente…” habían sido recibidas por mis mohines de apatía.

Así que intentó otra aproximación: “Mira, hazme caso. Voy a prepararte un baño de espuma, te vas a sentir súper relajada. Y para cuando salgas, te habré elegido un libro. Ponte a leer, y luego me cuentas.”

La Dautremer inspiróse en mi historia para su Princesa Caprichosa.

Un baño relajante es difícil que falle en predisponer una mejora de humor. Pero es que, a la salida, me estaba esperando el bueno de Michael con su Ponche de los Deseos, que había estado durmiendo polvo en la balda ni sé cuánto tiempo. Las resonancias de esa historia todavía me palpitan: el fin de año, plumas de cuervo, don Sarcasmo, planes siniestros, gatos, relojes… Y sí, fuimos felices y devoramos más, muchas más, libro-perdices.

La imagen de la cuadrilla la he encontrado en este blog.

No es un final inesperado. Por suerte para mí. Es el final que me trajo de vuelta a… mí misma, en realidad.

Pero, ¿qué he querido decir con todo esto?

Pues para empezar, que estoy muy agradecida de que nunca me prohibieran leer un libro que yo quería leer. Es evidente que mi madre pensaba que lo que leía en un momento de mi infancia era basurilla (quedó más que claro en el episodio del baño de espuma, y en múltiples ocasiones cuando me recomendaba diversificar un poco mis lecturas), pero venía conmigo a la librería, y me compraba los libros. Lo mismo cuando, relativamente joven, empecé a leer sus propios libros. Nada más allá de algún comentario levemente disuasorio, pero que nunca se imponía.

Para seguir, que si bien la proposición “leer es mejor que no leer, por lo que sería conveniente incentivar la lectura” la catalogo en mi escaso repertorio de verdades universales (aun debatiendo incansablemente conmigo misma acerca de los motivos que subyacen, tema para un largo post, en alguna ocasión), lo que no tengo tan claro es todo lo que concierne a la valoración y selección de obras “adecuadas”, en general, y para el público más joven (más “incentivable”) en particular.

Es decir, no me atrevo a afirmar que existe una lista (un canon, que se dice en círculos selectos) de libros claramente recomendables; y más problemas todavía me causaría la elaboración de una lista con libros que NO deberían ser leídos. A fin de cuentas, la breve historia de la LIJ se ha visto mareada con recomendaciones y contra-recomendaciones de todo tipo, sometida a la moral imperante (o incipiente) de turno; usada vil y panfletariamente, con un estilo muy carlosterceriano (“todo para el lector/niño, pero sin contar con el lector/niño”). Pongamos de ejemplo los debates pretéritos y recientísimos en torno a la idoneidad o perversidad de las historias tradicionales del folklore, a las que se les ha acusado de emponzoñar las mentes de los niños vía, ojo, alelamiento, desarrollo excesivo de la imaginación, escapismo fantástico pernicioso (y aquí podríamos situar las críticas de tono moralista y conservador, pero como en todo discurso absurdo, éste puede dar la vuelta), y pervivencia de valores machistas (y aquí el absurdo nos mira haciendo el pino).

Entiendo que, en un primer estadio de esta discusión sobre criterios de valoración, nos topamos con la insoslayable necesidad de establecer una clara definición de eso que entendemos por LIJ (énfasis en la literaria L). Es decir, libros dirigidos a niños hay a montones, pero puede alcanzarse fácilmente un acuerdo general en que no todos son literatura. Ahora bien, una vez superado este primer estadio, ¿qué libros debemos promocionar? ¿Sólo los que cumplen criterios de literariedad? Dentro de ese grupo, ¿vale cualquiera? ¿Qué pasa con las obras de tipo didáctico? Evidentemente, existen de gran calidad. Y, ¿qué pasa con los libros que se caen –por su propio peso– de la bolsa LIJ por el agujero en la L (como mis canguros y mis gemelas, sin ir más lejos, y por no meterme en berenjenales citando títulos más recientes)?

Yo los regalé todos. En un arranque en parte motivado por la necesidad de espacio; y en parte haciendo alarde de un criterio nefasto y muy pedante de selección bibliográfica, me deshice de ellos. En pocas palabras: fui contra mi propio dogma, que reza algo así como “lee (haz/sé) lo te guste; disfruta, siente, ríe, llora, sueña…, hazlo con pasión, y que le den al resto”.

No se trata de desoír consejos (en mi caso, está claro que un consejo me llevó de vuelta al estado de enamoramiento lecturil). Se trata de construir un criterio propio, y tratar de defenderlo. En la lectura… y en la vida. Y en la vida, muchas veces, GRACIAS A la lectura, que de hecho nos convierte en personas críticas, inteligentes, y mejores (por ir desvelando parte de ese futuro post antes prometido). Un círculo la mar de virtuoso.

Para terminar, como de costumbre, unas palabras ajenas que expresan pensamientos propios.

Mis pensamientos:

La tremenda idoneidad de la diversidad de experiencias lectoras, los caminos para garantizarla (o sea, la importancia de DAR A CONOCER, como hizo mi madre cuando me presentó al señor Ende), el carácter no coercitivo ni déspota de dichos caminos, y la construcción por parte del lector de un criterio propio.

La expresión de los mismos en palabras de Teresa Colomer, de la obra “Introducción a la literatura infantil y juvenil”:

“La libertad del lector para formar sus preferencias se basa en el conocimiento de la enorme diversidad que tiene a su alcance. No se desea lo que no se conoce y, por lo tanto (…) [es esencial facilitar al lector] el reto de su apertura hacia nuevas experiencias.”

“Se tiende a establecer una media homogeneizadora que contempla sólo los mejores libros de entre aquellos que pueden gustar al mayor número de lectores. Pero es preciso tener en cuenta que los lectores de gustos minoritarios también cuentan. Hay que incluir, pues, aquellos libros que probablemente serán poco leídos en términos cuantitativos, pero a los que hemos otorgado la confianza de pensar que constituirán una experiencia importante para los lectores que se los apropien. En el otro extremo, es preciso también contar con libros (…) “seductores” (…) que, por alguna cualidad especial -su facilidad, su tema, la moda,- pueden incitar a leer a niños que han desarrollado un cierto rechazo (…) hacia la lectura.”

EDITANDO (el 18 de enero de 2012)

Sé que esto queda muy chapucero, pero el blog es mío y lo jodo como quiero.

Es que las he encontrado. Las exactas. Las clarísimas. Las súpercerteras.

Palabras, digo. De otro, cómo no.

Yo rompiéndome la cabeza con tanta canguro y tanto baño de espuma, sin saber muy bien qué es lo que quería decir. Y aunque Colomer me hizo un préstamo valiosísimo, resulta que la idea exacta que quería expresar la ha resumido como nadie monsieur Pennac (ya sé que me estoy poniento un tanto pesadita con él) hablando sobre dos de los derechos de su decálogo: el derecho a leer cualquier cosa, y el derecho al bovarismo ("enfermedad de transmisión textual" que toma su nombre de la más ilustre enferma de dicho mal, Emma Bovary).

Ahí queda eso:

"Así pues, hay "buenas" y "malas" novelas.

Las más de las veces comenzamos a tropezarnos en nuestro camino con las segundas.

Y, caramba, tengo la sensación de haberlo pasado "formidablemente bien" cuando me tocó pasar por ellas. Tuve mucha suerte: nadie se burló de mí, ni pusieron los ojos en blanco, ni me trataron de cretino. Se limitaron a colocar a mi paso algunas "buenas" novelas cuidándose muy bien de prohibirme las demás.

A eso lo llamo sabiduría."

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"Y luego decirse también que el bovarismo es -junto con algunas más- la cosa mejor repartida del mundo: siempre la descubrimos en el otro. No es extraño que a la vez que vilipendiamos la estupidez de las lecturas adolescentes, colaboremos en el éxito de un escritor telegénico, del que nos burlaremos tan pronto como haya pasado de moda. Las modas literarias se explican ampliamente por esta alternancia de nuestros entusiasmos iluminados y de nuestros repudios perspicaces."

miércoles, 16 de marzo de 2011

Todas las cosas (mi aportación al fan fiction)

Llego tarde y, probablemente, mal.

Gracias al fandom sé que esto que he escrito se llama fanfic, que es un post-ep, categoría MSR, que debería hacer un disclaimer (cosa que implícitamente hago, por apropiarme de personajes y situaciones creadas por otros, aunque no se mencionen explícitamente), y que está reproducido infinidad de veces y en multitud de variantes de mano de otras tantas personas, la mayoría mucho más brillantemente.

Pero ésta es la mía.

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Dejó su frase y su abrumadora sensación de esfuerzo en el aire al darse cuenta de que ella se había quedado dormida. La momentánea contrariedad ante su audiencia narcotizada dio paso a cierto alivio, por la liberación de un hilo de reflexión demasiado cansino para ese preciso momento, y a una explosión de ternura extendiéndose como un bálsamo desde el mismo centro de su pecho, ante la plácida fragilidad del rostro que reposaba a su lado.

Se inclinó suavemente sobre ella, como para asegurarse de dejarla a salvo en su sueño, y con toda la delicadeza que podían contener sus manos le retiró el mechón de pelo que le cruzaba la cara. Luego, sin dejar de mirarla, acercó la manta y la arropó con ella.

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Se despertó sobresaltada al sentir que su cuerpo se deslizaba por el sofá hacia el lado donde él había estado sentado. Se encontró cuidadosamente tapada, y se dio cuenta de que se había quedado dormida de puro agotamiento mientras hablaban.

Sentía la espesa y tranquila pesadez propia de haberse puesto en marcha la maquinaria del descanso profundo sin haber terminado el ciclo adecuadamente. La envolvía una nube entre apacible y entorpecedora, y fue hacia el baño para quitársela de encima.

Al de un rato, recuperó cierta claridad de percepción. Sintió que debería querer irse a casa y, al mismo tiempo, mientras recogía sus cosas y se acercaba a la puerta, una intensa sensación de decepción, de estar alejándose del punto de no retorno al que tan claramente había creído llegar unos minutos antes.

El corazón le golpeó con fuerza al oírlo salir de la habitación y caminar hacia ella.

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- ¿Te marchas?

Era una pregunta absurda, y muy desviada de todo lo que en realidad quería decir. Pero, claro, tampoco sabía con certeza qué quería decir. Sólo tenía la seguridad de sentirse sorprendido de que ella no siguiera respirando con placidez allí, en su sofá, y se estuviera dirigiendo, en cambio, armada de su chaqueta y sus llaves, hacia la puerta, hacia fuera, hacia otro lugar que no fuera ése.

Ella se dio la vuelta. Sus ojos abiertos, claros. Supo algo más.

- No te vayas.

No se oyó a sí mismo decirlo porque ella estaba hablando a la vez:

- Perdona, no quería despertarte.

Estaba quieta y muy seria, como si se sintiera culpable, o incómoda. Él se acercó unos pasos, y le sonrió para decirle que todo estaba bien, mientras pronunciaba otras palabras:

- No me has despertado. Acabas de quedarte dormida.

Con su leguaje literal y corporal, pretendía crear una zona de seguridad, recuperar el círculo de inocente comodidad en el que habían estado bailando, antes del sueño, antes de que ella volviera de él con un lastre de tensión palpitante extendiéndose a su alrededor.

Ella desvió la mirada. Todavía inquietud, malestar, otra cosa… ¿decepción? Cuando volvió a mirarlo también sonreía.

- Estoy tan cansada. - Le puso una mano blanca en la mejilla. – Me voy a casa.

Él le agarró la mano:

- Es muy tarde.

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Sí que era tarde. Pero, ¿qué podía hacer? No podía quedarse. No así, con la ligereza de la sonrisa benévola y tranquilizadora que él le estaba ofreciendo. Había llegado al final de un camino.

Su sensación de trascendencia era inequívoca, rabiosa, voraz; no podía ser aplacada con el sosiego protector y atento de quien ofrece cuidados. No debía ser aplacada. Debía ser compartida y consumida.

- Ya lo sé.

Intentó ignorar el nudo de su garganta mientras retiraba la mano y se volvía. Intentó no desear la reacción que deseaba mientras abría la puerta y le dirigía la mirada de despedida. Intentó no hundirse en su tristeza mientras avanzaba por el pasillo y sentía, cada vez más fuerte, que estaba abandonando el destino.

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Verla alejarse por el pasillo le hizo comprender el resto. El pensamiento que había dejado en suspenso al verla dormida regresó nítido, y se fusionó con todo lo demás.

Todo los había llevado allí. A ese momento. A ese lugar.

Incluso habían tenido ocasión de ensayar la escena que estaba a punto de desarrollarse, en ese mismo escenario, casi dos años atrás.

- No te vayas.

Ahora sí. Lo oyeron los dos.

- No te vayas.

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Ahí estaba. La gravedad, la contundencia que esperaba. La que la había cogido completamente desprevenida la última vez, dejándola sin aliento. La que necesitaba ahora desesperadamente.

No sabía qué hacer con las cosas que llevaba en las manos, así que las dejó caer al suelo, a tiempo de atrapar el abrazo febril que volaba hacia ella.

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Un sello. De piel, aliento y saliva. Las luces del pasillo parpadearon ante el beso hambriento que cerró el camino. Que abrió otro nuevo.