miércoles, 16 de marzo de 2011

Todas las cosas (mi aportación al fan fiction)

Llego tarde y, probablemente, mal.

Gracias al fandom sé que esto que he escrito se llama fanfic, que es un post-ep, categoría MSR, que debería hacer un disclaimer (cosa que implícitamente hago, por apropiarme de personajes y situaciones creadas por otros, aunque no se mencionen explícitamente), y que está reproducido infinidad de veces y en multitud de variantes de mano de otras tantas personas, la mayoría mucho más brillantemente.

Pero ésta es la mía.

======================

Dejó su frase y su abrumadora sensación de esfuerzo en el aire al darse cuenta de que ella se había quedado dormida. La momentánea contrariedad ante su audiencia narcotizada dio paso a cierto alivio, por la liberación de un hilo de reflexión demasiado cansino para ese preciso momento, y a una explosión de ternura extendiéndose como un bálsamo desde el mismo centro de su pecho, ante la plácida fragilidad del rostro que reposaba a su lado.

Se inclinó suavemente sobre ella, como para asegurarse de dejarla a salvo en su sueño, y con toda la delicadeza que podían contener sus manos le retiró el mechón de pelo que le cruzaba la cara. Luego, sin dejar de mirarla, acercó la manta y la arropó con ella.

-------------------------------------------------

Se despertó sobresaltada al sentir que su cuerpo se deslizaba por el sofá hacia el lado donde él había estado sentado. Se encontró cuidadosamente tapada, y se dio cuenta de que se había quedado dormida de puro agotamiento mientras hablaban.

Sentía la espesa y tranquila pesadez propia de haberse puesto en marcha la maquinaria del descanso profundo sin haber terminado el ciclo adecuadamente. La envolvía una nube entre apacible y entorpecedora, y fue hacia el baño para quitársela de encima.

Al de un rato, recuperó cierta claridad de percepción. Sintió que debería querer irse a casa y, al mismo tiempo, mientras recogía sus cosas y se acercaba a la puerta, una intensa sensación de decepción, de estar alejándose del punto de no retorno al que tan claramente había creído llegar unos minutos antes.

El corazón le golpeó con fuerza al oírlo salir de la habitación y caminar hacia ella.

-------------------------------------------------

- ¿Te marchas?

Era una pregunta absurda, y muy desviada de todo lo que en realidad quería decir. Pero, claro, tampoco sabía con certeza qué quería decir. Sólo tenía la seguridad de sentirse sorprendido de que ella no siguiera respirando con placidez allí, en su sofá, y se estuviera dirigiendo, en cambio, armada de su chaqueta y sus llaves, hacia la puerta, hacia fuera, hacia otro lugar que no fuera ése.

Ella se dio la vuelta. Sus ojos abiertos, claros. Supo algo más.

- No te vayas.

No se oyó a sí mismo decirlo porque ella estaba hablando a la vez:

- Perdona, no quería despertarte.

Estaba quieta y muy seria, como si se sintiera culpable, o incómoda. Él se acercó unos pasos, y le sonrió para decirle que todo estaba bien, mientras pronunciaba otras palabras:

- No me has despertado. Acabas de quedarte dormida.

Con su leguaje literal y corporal, pretendía crear una zona de seguridad, recuperar el círculo de inocente comodidad en el que habían estado bailando, antes del sueño, antes de que ella volviera de él con un lastre de tensión palpitante extendiéndose a su alrededor.

Ella desvió la mirada. Todavía inquietud, malestar, otra cosa… ¿decepción? Cuando volvió a mirarlo también sonreía.

- Estoy tan cansada. - Le puso una mano blanca en la mejilla. – Me voy a casa.

Él le agarró la mano:

- Es muy tarde.

-------------------------------------------------

Sí que era tarde. Pero, ¿qué podía hacer? No podía quedarse. No así, con la ligereza de la sonrisa benévola y tranquilizadora que él le estaba ofreciendo. Había llegado al final de un camino.

Su sensación de trascendencia era inequívoca, rabiosa, voraz; no podía ser aplacada con el sosiego protector y atento de quien ofrece cuidados. No debía ser aplacada. Debía ser compartida y consumida.

- Ya lo sé.

Intentó ignorar el nudo de su garganta mientras retiraba la mano y se volvía. Intentó no desear la reacción que deseaba mientras abría la puerta y le dirigía la mirada de despedida. Intentó no hundirse en su tristeza mientras avanzaba por el pasillo y sentía, cada vez más fuerte, que estaba abandonando el destino.

-------------------------------------------------

Verla alejarse por el pasillo le hizo comprender el resto. El pensamiento que había dejado en suspenso al verla dormida regresó nítido, y se fusionó con todo lo demás.

Todo los había llevado allí. A ese momento. A ese lugar.

Incluso habían tenido ocasión de ensayar la escena que estaba a punto de desarrollarse, en ese mismo escenario, casi dos años atrás.

- No te vayas.

Ahora sí. Lo oyeron los dos.

- No te vayas.

-------------------------------------------------

Ahí estaba. La gravedad, la contundencia que esperaba. La que la había cogido completamente desprevenida la última vez, dejándola sin aliento. La que necesitaba ahora desesperadamente.

No sabía qué hacer con las cosas que llevaba en las manos, así que las dejó caer al suelo, a tiempo de atrapar el abrazo febril que volaba hacia ella.

-------------------------------------------------

Un sello. De piel, aliento y saliva. Las luces del pasillo parpadearon ante el beso hambriento que cerró el camino. Que abrió otro nuevo.

martes, 16 de noviembre de 2010

Miénteme

Esta etapa algo patética de mi periodo de reubicación personal en que me ha dado por sumergirme de lleno en la re-incidencia en todos mis viejos mass-frikismos me está brindando la oportunidad de hacer un análisis algo más contundente de lo habitual en torno a las claves de mi extrema afición a estos fenómenos.

Como ayer con Buffy, Giles y compañía, al visionar una vez más el grandioso capítulo de la segunda temporada "Miénteme".

No es ninguna revelación caer en la cuenta de que todos los fan-productos que me han atrapado aportan un diseño devastador que "metaforea" la existencia, la mía, la de todos. Lo que tienen de poderoso radica en esa capacidad de introducirse en mi alma, con una lubricación muy atractiva de entretenimiento y fascinación, para asestar mazazos contundentes en mi inconsciente. O sea, mis frikismos están hablando, principalmente y por encima de todo, de mí y de mi entorno, y de mí en lo más insondable. Al margen de trucos de magia, viajes a lugares remotos, vuelos a lomos de bestias aladas, extraterrestres, pueblos pintorescos, diálogos trepidantes y humor sin tregua. El escenario es magnético, irresistible. Pero la soga que me ata irremediablemente es la metáfora.

Y el capítulo "Miénteme" de Buffy Cazavampiros es un ejemplo muy evidente de ello.

No fue a la primera que me atrapó este friki-producto en particular. Tuvo que ser la mirada vacía del cadáver de Joyce despatarrado en el sofá de su casa, y el plano secuencia, sin banda sonora, en que Buffy acaba vomitando a los pies de su madre muerta lo que me conectó definitivamente con la serie, y me animó a descubrirla desde el principio. Efectivamente, es una serie de construcción de personajes sobre el dolor casi insoportable de crecer. En "Miénteme" no hay que hacer muchos esfuerzos para darse cuenta de ello.

El poder devastador de la verdad es el tema central del capítulo. Entre piruetas imposibles, colmillos y máscaras amorfas, antros-búnkers y crucifijos, el leit motiv es claro: creemos querer saber la verdad, hasta que nos damos cuenta de que preferimos ignorarla. Porque el dolor que el conocimiento trae de la mano es un precio demasiado alto, muchas veces. Y crecer implica retirar velos y encontrar verdades, en un proceso que no sólo da miedo sino que resulta además tremendamente confuso. Las fronteras se desdibujan, la elección ya nunca será fácil, y cada paso supondrá un sacrificio mayor.

Por eso, ¡cuántas veces sentiremos la tentación de pedir que nos dejen detener el proceso de crecer! Que nos digan que todo es fácil y que el final será siempre un buen final, que no sufriremos, y que nuestros afectos permanecerán siempre intactos.

Cuántas veces querremos mirar a los ojos de alguien y decirle, aun sabiendo que el alivio será sólo momentáneo, pero necesitándolo rabiosamente, "miénteme".

viernes, 29 de octubre de 2010

El mito del viajero

"Al que se marcha se le tiene respecto y envidia", dice Aude Picault en un pasaje particularmente intenso para mí de su historia gráfica / libro de viajes / periplo interior / manual de navegación "Travesía", una delicia de cómic que tiene mucho de devastador detrás de la simpática sencillez del trazo y de la historia.

En realidad, se puede concebir perfectamente como un relato de crisis existencial. De una persona que lucha, como puede, como todos, por librarse de la soga de la desidia, la desgana y el abandono que aprieta con más fuerza en ciertas etapas vitales. Sobre todo en esos momentos en que nos movemos en equilibrio muy precario sobre un puente frágil, abriéndose bajo nuestros pies el terrible vacío (de proyectos vitales que nos construyan un apoyadero sólido).

Y es en uno de esos momentos en los que arranca el relato de Aude Picault, que camina por su puente particular intentando decidir adónde dirigirse, inmersa en una desazón sin grandes aspavientos. Y, como asidero vital, nos presenta su pequeño proyecto viajero: una travesía en velero por el Atlántico.

El planteamiento de la historia por sí mismo ya me resulta muy atractivo. Pero es que, además, en el transcurso del viaje lector que propone, vamos desenterrando pequeñas joyas, escenas de un brillantez conmovedora.

Como la escena con la que he abierto esta entrada. Tenemos a una Aude pequeñita y monísima dando brincos entre las rocas, y reflexionando acerca del mito del viajero. Teniendo ella misma a la vista un proyecto de aventura itinerante en miniatura, piensa sobre las personas que rompen el molde en ese aspecto, y en la envidia y el respeto que se les tiene. Y luego, la pregunta: "¿Hacemos las cosas por cómo nos van a ver los demás, o por una auténtica motivación interior?" Como quien se pregunta si va a llover hoy...

El corazón es un bicho muy loco. Se nos hincha de admiración y desesperación a partes iguales ante lo que percibimos de grandeza en lo ajeno. Nos inspiran las gestas de otros. Y nos decimos, a veces: "no lo hago porque tengo miedo". Y creemos haber descubierto la verdad, al fin. Y resulta desgarrador.

Pero, otras veces, con la maleta en la puerta, miramos alrededor y pensamos: "un momento, nunca lo hice porque no quiero hacerlo". Y experimentamos un desagarro aún más violento. Porque, ¿cómo vamos a resistir sobre los frágiles puentes que conforman el mosaico de nuestra vida si ni siquiera somos capaces de identificar los sueños, los nuestros, los verdaderos?

Menos mal que hay momentos en que nada de eso importa. Momentos en que todas las sogas aflojan, se levantan las losas del alma, y sólo es respirar y sentir, con total plenitud, una felicidad simple y sin mácula.

Como me imagino que se sentiría Aude Picault al timón del velero.

"Ya está, ésta soy yo. Estoy viviendo este momento."

jueves, 1 de julio de 2010

Ma biciclette

En la banda sonora de la peli "Juntos nada más", que es una versión de una novela de Ana Gavalda, incluyen una canción de Yves Montand, que parece compuesta expresamente para la escena a la que acompaña.

http://www.goear.com/listen/07be6b1/a-biciclette-yves-montand

"À biciclette", pero para mí siempre será "Paulette et sa biciclette".

Paulette es uno de los personajes más entrañables que ha parido la ficción. No puedo hablar de la versión novelada, a la que aún no he acudido; pero en la peli, la vieja Paulette es pura ternura y fragilidad, de ésa que te resquebraja el alma a golpe de compasión, identificación, ilusión, y sobre todo, un preciosismo melancólico hiperbalsámico y expansivo.

La Paulette de Yves Montand es una jovenzuela que trae locos a todos sus amigos de la cuadri del verano; van al río en bicicleta, y se embriagan con la magia del crepúsculo. Pura energía y jovialidad. Y sin embargo, es también el espíritu cristalino de la Paulette anciana de Gavalda, de ese corazón rabioso del que también están enamorados el resto de personajes de la historia, el núcleo en torno al que gravitan y que les mantiene "juntos, nada más".

"Quand on partait de bon matin
Quand on partait sur les chemins
A bicyclette
Nous étions quelques bons copains
Y avait Fernand y avait Firmin
Y avait Francis et Sébastien
Et puis Paulette

On était tous amoureux d'elle
On se sentait pousser des ailes
A bicyclette
Sur les petits chemins de terre
On a souvent vécu l'enfer
Pour ne pas mettre pied à terre
Devant Paulette..."

La bicicleta, como tal, no es un objeto que tenga un papel en la historia. Pero su esencia sí la impregna. La bicicleta es placidez contra las caricias de la brisa, es deslizarse con languidez a través de las horas del día, desgranar sin prisa los momentos más fugaces; es, en definitiva, una fuerza placentera intensa y tranquila a la vez.



Como el placer de saberse acompañado en nuestro trayecto vital, ese placer simple y redondo del que nos habla Gavalda.

martes, 25 de mayo de 2010

"Déjame entrar" de John Ajvide Lindqvist

Se extiende con el estrépito de sus cristales chasqueantes la escarcha de la literatura nórdica, tan gélida y tan inquietante ella...

Esta novela no es precisamente un fenómeno reciente, pero la saco del congelador y la dispongo para su disfrute principalmente porque la acabo de leer.


Qué de cosas me han gustado de ella:


  • La historia que cuenta...
Una historia de vampiros, es más, de romance y de vampiros, que no trata realmente de eso sino de la soledad, las bajezas humanas, el frío del alma, y el incalculable poder del amor para barrer todo eso. Y esto contado desde una óptica muy próxima a la novela policiaca, prescindiendo del aspecto sobrenatural que es en realidad el origen de la trama.


  • Los personajes que la habitan...
Oskar es un chaval lleno de sufrimiento y de odio, pero también con gran capacidad para la ternura, el amor, y la superación personal. Un personaje con muchos contrastes, y para el que se dibuja una sutileza muy atractiva en su manera de sentir y pensar. Un gran personaje, en definitiva, de los que más me aportan.

Eli es el eje de la historia, el misterio, lo oscuro, la tentación y la salvación. A mí personalmente me funcionó más como símbolo que como personaje con el que establecer una identificación. Quiero decir que apenas pude traspasar el halo de enigma que la envolvía, pero fue precisamente ese carácter cuasi-inaccesible lo que la hizo tan poderosa. Es más, cuando el autor se lanza ya hacia el final de la novela a introducir algún fragmento relatado desde el punto de vista de Eli, sentí un amago de decepción. Ya he dicho que como mito me funciona mejor.

Hackan es el perfecto monstruo de pesadilla, entre patético y abominable, la personificación del horror, despojado de todo lo que hacía humano, e impulsado por una obsesión dolorosa y ciega.

Lacke y Virginia son dos personajes secundarios en los que el autor se entretiene para trazarlos con mimo, esenciales para construir un escenario en el que se diluye la frontera entre el bien y el mal, para exponer las motivaciones que empujan a las personas a actuar de determinada manera, y el daño que pueden causar sus actos.

Esta historia está llena de seres humanos, que sienten, sufren, hacen daño, aman e intentan sobrevivir como pueden. Y a los que resulta muy difícil juzgar. Una perspectiva que haríamos bien en incorporar a nuestra praxis con nuestros congéneres.


  • El ambiente que recrea...
Voy a sobreentender que esa tendencia a reflejar con minuciosidad el desarrollo de todas las acciones, desde la más emocionante hasta la más cotidiana, es una característica común de los autores nórdicos, aunque no he construido todavía una muestra suficiente para poder hacer semejante observación. En cualquier caso, en esta novela existe, y se recrea el ambiente con tanta precisión que quedé completamente absorbida.

Si a esto se le añade una envoltura de misterio y lírica frágil y oscura, el paseo que se da el lector se convierte en una experiencia muy hermosa, delicada e intensa.


Asumiré, para poner algo de peso en el otro plato de la balanza, que también detecté ciertos detalles que me chirriaron un poco, en particular concernientes al "secreto" de Eli, como algunas revelaciones excesivamente dramáticas y previsibles, y algún recurso un tanto empalagoso.

Pero, en fin, nada que haya empañado mi deleite al devorar este libro, a dentelladas, triturando papel, haciendo saltar chorros de negra tinta, alimentándome de su esencia...... Srulp...... delicioso.

La Gilmore Durmiente

Me encanta cómo Jess le hace ver a Rory el rumbo tan equivocado que está tomando su vida. Me encanta que sea Jess quien finalmente lo consiga. Y me encanta la forma en la que Rory toma conciencia de la realidad que está viviendo, como una revelación súbita, como si le arrancaran la venda de los ojos y por fin consiguiera ver con claridad, y con un punto de incrédula sorpresa, el lugar tan absurdo al que se ha dejado arrastrar.

Jess es probablemente el personaje más equiparable a Rory, más incluso que Lorelei, algo así como ese alma gemela que se supone nos han diseñado a todos. Pero en el momento en que despierta a Rory de su trance, es simplemente un chico que había pasado por su vida y del que ella había desprendido prácticamente todas las amarras. Menos la amarra madre, la irrompible, la huella.

Porque existe esa huella Jess es el único que consigue despertarla.

Me encanta esta manifestación del mito de la Bella Durmiente.