lunes, 24 de octubre de 2011

Las únicas aves...

… que ponen sus huevos en una silla.

Esta es la pregunta (proclamada de forma estentórea) que oí ayer en un rinconcito/observatorio pajaril en el que se suponía que debíamos guardar silencio, por aquello de observar pájaros, que tienen la caprichosa costumbre de no presentarse si hay jaleo sonoro. Los alegres ahuyentadores de aves eran una cuadrilla en la adolescencia tardía de la cincuentena, repletos de recursos tronchantes al más puro estilo gamberro de la clase. Se marcharon pronto, aburridos enseguida, y sólo me molestaron relativamente. A fin de cuentas, tampoco era para cabrearse. Pero es esa manía de ir por la vida con falta de sensibilidad. De empatía.

Empatía (según la wiki: del vocablo griego antiguo εμπαθεια, formado εν, 'en el interior de', y πάθoς, 'sufrimiento, lo que se sufre').

Si hay algo que me haya ayudado a desarrollar esa capacidad - en que la imaginación toma un papel tan relevante - para ponerse en el lugar del otro, para llegar a sentir emociones ajenas, para vivir en el otro e incorporar un prisma nuevo a la visión de las cosas, para tomar en consideración tantas realidades que el posicionamiento unívoco se manifiesta claramente como un absurdo… Si algo me ha ayudado a moverme en esas aguas, como decía, han sido las historias.

Las historias, que tantísimo me gustan y son tan cosa favorita mía, no sólo me llenan en la función horaciana del delectare – que es el verdadero motivo por el que elijo habitarlas –; resulta que también me llevan al campo del docere y así, aprendo cosas (cuestión espinosa ésta de las funciones de la literatura, por otra parte, sobre todo por lo que respecta al universo LIJ), cosas tan interesantes como la empatía que venía mencionando.

Y tanto me han ayudado en esta tarea las historias que, con frecuencia, manejo un discurso de lo más exasperante, para mis interlocutores e incluso para mí misma, que me veo tantas veces incapaz de ofrecer certezas, siendo mi única opinión posible un tenue “no sé, no sé…”.

En el mejor de los casos, sin embargo, esa exasperación rebaja grados y se convierte en motor de (auto)crítica, de búsqueda, de apertura de nuevas vías. Así que considero que la balanza pesa a favor de esos viajes a emotividades ajenas, a pesar de la gran carga de confusión e incertidumbre que acarrean.

Pero claro, es que el entendimiento profundo entre las personas es cosa compleja, e inevitablemente acarrearemos esa maleta de confusiones e incertidumbres en cualquier proceso de aproximación que verdaderamente pretenda eso, aproximarse el uno al otro.

Es éste, sí, un hilo de reflexión del que están tirando con fuerza rabiosa los acontecimientos de los últimos días.

No es éste, no, el txoko en el que quiera desarrollar la infinidad de aristas que se despliegan de tan delicadas disertaciones.

Pero esta mañana he escuchado un fragmento de un poema en el programa de radio Mar de Fueguitos, de la emisora Tas-Tas Irrati Librea.

Unas palabras del poeta palestino Mahmud Darwix, que incluso en la traducción tienen una resonancia bella, evocadora y certera (cómo sería poder entenderlo en su lengua original). Y que aportan unas cuantas ideas de lo que es en realidad ese concepto que desgastamos y maltratamos vía repetición hasta el cansancio del vocablo que lo designa: paz.

Sin intención de hacer extrapolaciones, ni de utilizar sus palabras con fines ideológicos ni para otra cosa que no sea el mero goce de las propias palabras, que solas, por sí mismas, ya bastan, aquí el extracto:

Un país preparado para el alba.
Pronto
los astros dormirán en la lengua de la poesía.
Pronto
despediremos este largo trayecto
y preguntaremos: ¿Por dónde empezar?
Pronto
prevendremos a nuestro bello narciso silvestre
para que no enloquezca con su imagen: no has
servido para el poema, contempla
a las andantes del camino.

¡La paz sea contigo que velas por
el éxtasis de la luz, la luz de la mariposa, en
la noche de este túnel!

¡La paz sea contigo que compartes mi copa
en la negrura de una noche que colma dos asientos:
salud, sombra mía!

La paz es la palabra que atesora el viajero
para el cruce en el camino con el viajero.

La paz es paloma entre dos extraños, zureo compartido
al borde del abismo.

La paz es la añoranza de dos enemigos, que anhelan
bostezar en el andén del hastío.

La paz es el gemido de dos amantes lavándose
a la luz de la luna.

La paz es la disculpa del fuerte ante el
débil de armas —pero de largo alcance.

La paz es partir las espadas ante la belleza
natural, aceptar que el rocío mella el hierro.

La paz es un día plácido, agradable, de pasos
suaves, sin riñas.

La paz es un tren con pasajeros que van
o vienen de excursión por las afueras de la eternidad.

La paz es reconocer, públicamente, la verdad:
¿Qué habéis hecho con el fantasma del asesinado?

La paz es dedicarse a cultivar el jardín:
¿Qué vamos a sembrar de aquí a nada?

La paz es ahuyentar las pupilas
del zorro que seducen a la mujer asustada.

La paz es el ahhh de un agudo sostenido de moaxaja
en el corazón de la guitarra exhausta.

La paz es la elegía a un joven con el corazón destrozado por el lunar
de una mujer, no por una bala o por una bomba.

La paz es cantar a la vida aquí, en la vida,
pulsando la cuerda de una espiga.

El extracto lo he conseguido en este blog, cuya autora ejerce también de traductora.

Ah, por cierto. La respuesta a la pregunta del principio: son el AVElardo y el AVElino.

A mi pesar, el chiste me hizo mucha gracia.

lunes, 17 de octubre de 2011

“¿Esto es real o sólo está pasando en mi cabeza?” Reflexiones prometidas sobre el binomio realidad/fantasía. Parte I.

Al hilo de lo comentando y lo prometido en la entrada del discurso de Jotaká, tomo hoy uno de los hilos (uno solo) de los múltiples que se desprenden de esta madeja engurruñada que es la reflexión en torno al mencionado binomio.

El otro día me preguntaron en qué medida se puede engañar a la mente cuando, por ejemplo, leemos un libro, para hacernos creer que nos está pasando algo que no es real. Hasta qué punto podemos conseguir vivir una experiencia a través de un libro, una peli… (una historia, a fin de cuentas) como si en realidad la estuviéramos viviendo.

Mi respuesta fue que podemos vivirla con la misma o mayor intensidad, porque la imaginación tiene ese poder.

La verdad es que quería entrecomillar “real” y “en realidad” hace dos párrafos (y como quería, y aquí mando yo, pues lo hago ahora), porque, en el fondo, la cuestión de base pasaría por determinar qué entendemos exactamente por esos términos.

En ese sentido, y siguiendo con la respuesta que di, da igual el pretendido “engaño”, que no es tal, por cuanto siempre somos plenamente conscientes de él; pues lo único que importa es lo que se siente al participar de las historias, de esas mentiras.

Ya lo dicen los Blackmore’s Night (en el video): Nothing is real but the way that I feel… En su caso particular, lo que le pasa a la pobre solista es que i feel like going down, down, down…, lo que no parece la más halagüeña de las perspectivas, pero es que el poder destructivo de la imaginación es igual de potente que el creativo, qué le vamos a hacer. Esos son los precios a pagar de los que hablaba la otra vez, y así se construye la balanza, inevitablemente.


Y es cierta, la creo firmemente, es un pilar en mi filosofía vital, la frase del viejo que responde a la pregunta que tomo prestada para el título de mis reflexiones (¿y qué si está pasando sólo en tu cabeza?), y el complemento musical recién mencionado (lo único que importa, lo único que es real, es cómo me siento).

Pero.

Pero… uno de mis mayores terrores de infancia (que se perpetúa a mi lado a través de los años, como la infancia misma) era mi propia versión a lo Matrix de la existencia (¿y si todo lo que vivo no es más que una mentira; si nada – ni NADIE – existe de verdad y todo está sólo en mi cabeza?). Y, joder, qué susto.

O sea… que quizás sí que importe, un poquito, lo que pase en realidad. A veces siento que sí que importa. Porque no es lo mismo caminar por la arena, que caminar por la arena (cuando el resto del mundo, real, existente, es capaz de coincidir contigo en que, efectivamente, estás caminando por la arena). Y quizás esto me importe un poco porque hay otros factores en juego, que no se me escapan, como la necesidad de sentirse reconocida, y aceptada…

Pero más pero.

Pero… en el fondo, el anhelo más profundo, siempre, es SENTIR. Y siento profundamente a través de mis seis sentidos, siendo el sexto, tantas veces, el más poderoso. Ah, ¿que el sexto era la intuición? Entonces me estaba refiriendo al séptimo, que además es un número que se le ajusta más, por las connotaciones místicas. Sí, claro, de qué voy a estar hablando. De la imaginación, de ese arma de destrucción/construcción masiva. De ese bicho ingobernable.

Me viene a la mente una cita del bueno de Stevie (el señor King, se entiende): Un buen escritor es aquél que ha enseñado a su mente a desobedecer. Toma ésa.

Pobre del buen escritor, entonces. Y qué suerte la suya.

martes, 11 de octubre de 2011

Yo también he jugado con lobos; ¿tú no?

Hace unos días hice un paseo en bici hasta un pueblo cercano, con la idea de reencontrarme con las sensaciones que me había dejado la última (y hasta ese momento, única) vez que había pasado por allí (que fue en mi también única experiencia santiaguera hasta la fecha).

Resultó que, excepto la mansa alegría en el jardín del albergue, el resto de las sensaciones óptico-oloríferas ruralmente emotivas estaban completamente desaparecidas. Me costó un buen rato decidir que mi memoria había archivado muy garrafalmente el contenido de la experiencia citada, clasificando sensaciones en el tropo equivocado.

Vamos, que el pueblo que quería revisitar estaba unos cuantos kilómetros más atrás en el camino.

Para compensar la decepción, mi acompañante excursionil me llevó hasta la biblioteca. Y allí el destino me demostró una vez más que tiene un delicado sentido del equilibrio, pues propició mi encuentro con Marcos y sus lobos. No hacía ni 7 días que habíamos visto la versión cinematográfica del relato que tenía entre manos, y tenía muy reciente mi lapidaria sentencia al término de la misma (“deficiente; para este viaje, me habría quedado con el tráiler, que me hace llorar y todo…”).

Pero, en fin, es una historia a la que llevaba tiempo queriendo acercarme. Así que me senté en un puff amarillo encajonado entre estanterías y algún nene lector (por suerte, mi tamaño es muy adaptable al mobiliario de las bibliotecas infantiles), y me zumbé prácticamente un tercio del libro, así, sin apenas ansia ni nada.

Cuando por fin vinieron a remolcarme al mundo ¿real? (la hora de cierre, la visita de mi acompañante, una llamada de socorro desde Escocia… en fin, esos remolques), yo ya estaba atrapada. Y sí, es lo que cuenta (la historia de Marcos fascina en cualquier lenguaje); pero, sobre todo, es cómo se cuenta.

Algunas palabras con las que intentaría describir el estilo magnético: honestidad, ternura, reflexión, autenticidad, frescura, fantasía, inocencia, coherencia, sorpresa, emotividad pura y contenida…

El relato es un viaje junto a y por dentro del personaje. El relato es el personaje. Su voz es la que lo construye todo (esa voz que ha prestado Gabriel Janer Manila a la historia de Marcos), la que lo ocupa todo, la que da sentido a todo. Por encima de todo, esa voz nos narra una lucha constante, no tanto por la supervivencia, sino contra la soledad.

Al fin y al cabo, el propio autor nos lo aclara en el epílogo: ¿qué importa que la tan poco verosímil pero maravillosa amistad entre Marcos y la culebra (y los demás amigos de la sierra) sucediera así en realidad?; lo único que importa es lo que él cree que sucedió, y cómo jugó y jugó (con lobos) para no estar solo (para que no se lo comieran esos lobos voraces de la desesperanza). [No se me escapa el paralelismo con otra pregunta sobre lo que importa o no importa eso que llamamos “realidad”, de la entrada anterior. Qué le vamos a hacer, las obsesiones de cada una son cosa recurrente.]

Aquí Marcos echando unos cánticos con sus amigos.

Y ante ese baile hermoso con sus amigos los animales; con sus pensamientos, que no sabe de dónde le vienen; con el hambre y el ingenio; con la risa y el miedo bajo la tormenta; con la delicia del juego de aguas y palos… era incapaz de mantenerme en el mismo estado emocional: o bien se me encharcaba el alma de pena, o bien se me hinchaba con su felicidad compartida.

Pero no, no más mi voz, sino un poco de la suya (a destacar, que hay tres “peros” poderosos, y en crescendo!):

“La canción era larga y monótona. La cantaba con el lenguaje de los lobos. Hablaba de los peligros que acechan, de los miedos. Del miedo y los temblores que provoca. De los miedos que queremos, de los que nos hacen crecer, de los miedos que nos protegen y de los que nos hacen reír. Hablaba de aquellos miedos que nos hacen compañía. Pero también de la manera que tienen los lobos de entender la vida.”

“Si todo lo que me rodeaba hubiera sido uniforme y sólo yo hubiera sido distinto, quizás me hubiera preocupado, porque habría sido el único extraño. Pero en la montaña la vegetación es diversa y los animales son diferentes. Si entras en un bosque, al primer vistazo todo te parece igual. Sólo ves bosque y piensas: “¡Qué bosque más tupido!” Pero cuando te detienes a mirar cada hoja de los árboles, cada piedra, cada flor, te das cuenta de que no hay nada repetido, que todo es bosque, pero cada parte se diferencia en algo de las demás. Es casi lo mismo que sucede con las personas: como los árboles, todos venimos de las mismas raíces. Pero no hay ni un solo hombre repetido.”

“Apreté los puños y sentí cómo las uñas se me clavaban en la palma de la mano. No sé si eran las uñas de un lobo. Cuando las abrí, me di cuenta de que me había hecho un poco de sangre. Pero la sangre olía a monte bajo, a hierbas salvajes, a viento y a luna clara.”

viernes, 30 de septiembre de 2011

Que la vida me regale fracaso e imaginación

No conseguiría nunca expresar, con el énfasis suficiente, lo mucho, lo MUCHÍSIMO que me gusta e inspira el discurso de apertura que dio la buena de Jotaká en la Ceremonia de Graduación de Harvard de 2008.

Llegué a él casi por casualidad viendo videos en Youtube. Y allí (aquí) estaba, esa británica con pinta de inocente, haciendo magia con el lenguaje, desenvolviendo con una maestría admirable un mensaje que se me clavó directamente en la frente y el pecho, me hizo soltar alguna lagrimilla, y se quedó inmediatamente incorporado a mi catálogo mántrico-guía vital personal.

Ver ese vídeo fue experimentar la preciada y rara sensación de que alguien me estaba ordenando las ideas, las grandes, las que importan, que pululaban en mi cabeza sin encontrar una vía exacta de expresión. Y de pronto… lo veo (lo oigo) todo cristalino. Y comunicado de una forma cautivadora, con mucho humor, con mucha fuerza. Estilo 100 por 100 jotakiano.

Y es que, no va la tía y decide hablar a unos recién graduados (de Harvard, nada menos) de la importancia de… ¿qué? ¿La perseverancia? ¿El trabajo duro? ¿La superación personal? No, no, no… Ella va y les convence de que la clave de todo está en el FRACASO y la IMAGINACIÓN.

No seré yo quien intente explicar por qué ese binomio es tan esencial. Veamos lo que dice ella:

Sobre los beneficios del fracaso:

“So why do I talk about the benefits of failure? Simply because failure meant a stripping away of the inessential. I stopped pretending to myself that I was anything other than what I was, and began to direct all my energy into finishing the only work that mattered to me. Had I really succeeded at anything else, I might never have found the determination to succeed in the one arena I believed I truly belonged. I was set free, because my greatest fear had been realised, and I was still alive (…). Failure taught me things about myself that I could have learned no other way. I discovered that I had a strong will, and more discipline than I had suspected; I also found out that I had friends whose value was truly above the price of rubies.”

Sobre el poder de la imaginación:

“Though I personally will defend the value of bedtime stories to my last gasp, I have learned to value imagination in a much broader sense. Imagination is not only the uniquely human capacity to envision that which is not, and therefore the fount of all invention and innovation. In its arguably most transformative and revelatory capacity, it is the power that enables us to empathise with humans whose experiences we have never shared. (…) We do not need magic to change the world, we carry all the power we need inside ourselves already: we have the power to imagine better.”

Aun me gustaría ilustrar esta potente idea sobre el poder de la imaginación con otras palabras de la propia Jotaká, esta vez de su obra de ficción.

Situémonos prácticamente al final de su historia sobre el niño mago, en ese momento en que héroe y maestro se encuentran en una réplica blanca de una famosa estación de tren londinense, que es obviamente un umbral, y conversan sobre los entresijos de la aventura que nos ha llevado, a todos, hasta allí. Al despedirse, se produce este diálogo:

El joven héroe pregunta: ¿Esto es real? ¿O ha estado pasando sólo dentro de mi cabeza?”

El viejo y evanescente maestro responde: Claro que está pasando dentro tu cabeza, Harry, pero ¿por qué iba a significar que no es real?”

La estupenda imagen la he sacado de aquí.

Qué maravillosa, ingeniosa y definitiva manera de referirse, no sólo al propio contexto de la historia, sino a todo. De regalarnos irrevocablemente su cuento: “es vuestro, podía haber sido sólo una mentira en mi cabeza, y ahora es de verdad y para vosotros y para siempre”. De explicar la falacia del muro de contención entre eso que llamamos realidad y eso que llamamos fantasía. Un tema éste con múltiples matices, y al que espero volver en otro momento.

En fin, lo expuesto es solo una muestra que puede dar una idea, pero no hace justicia de la absoluta delicia de texto que es el discurso completo, que puede leerse aquí (en inglés). Y aquí (en castellano).

Por estas palabras, estoy admirada y agradecida. Mis fracasos me duelen hondo y cruelmente. Mi imaginación se vuelve a menudo contra mí y me tortura con una saña feroz. Pero siempre valoro unos y otra, pago su precio, siento que me convierten en lo que soy y que, en última instancia, me dan más, mucho más, de lo que me quitan.

Me resulta muy difícil entenderme, saberme. Esto sí es un trabajo para toda la vida. Pero hay cosas magnas que lucen como un faro en la noche y me sirven de guía en el camino. Como estas palabras, que no son mías, pero que sí lo son.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Irati, o el milagro del fan fiction

No me atrevo. No quiero. Me resisto.

Apenas un par de páginas para dar por finalizada la lectura más apasionante de este verano, y llevo 3 semanas eludiéndolo. Teniendo en cuenta el tiempo que tardé en DEVORAR de forma totalmente compulsiva el resto de las más de 500 páginas, diría que el retraso es casi de un 400% respecto al tiempo total de lectura.

El Marauders!Crack de Irati Jiménez me ha hecho vibrar de tal manera que no puedo dar carpetazo a la experiencia. Me resisto, pero sé que tiene que pasar. Terminar. Decir adios. Como los personajes, vestirme de melancolía y llorar la pérdida de la magia, de los tiempos mejores...

Se podría pensar: "toda esta cursilería para decir que te ha enganchado un fan fiction PORNO-GAY de Harry Potter".

Pues sí... pero es que claro, el M!C es mucho más que fan fiction, desde luego mucho más que lectura porno, e incluso más que Harry Potter.

Porque la alucinante capacidad de la autora ha escarbado sin piedad en lo más profundo de la psique de unos personajes apenas perfilados por Jotaká (también grande, muy grande, Jotaká) y ha creado un mosaico de emociones tan verídicas, tan intensas, tan coherentes... que página tras página me quedaba sin aliento y me maravillaba de admiración.

Y además, joder, me ha hecho reír a carcajadas. ¡Qué humor tan delicioso!

Son ocho mil millones la virtudes de este fan fiction de las que se puede hablar. Y se ha hablado largamente, vaya que sí. Porque, como siempre, llego tarde... Y me veo, de nuevo, privada de disfrutar de esta lectura en comunidad porque su momento, explosivo y rabioso, fue allá por el 2005 o así.

Pero en fin, ahora es MI MOMENTO con la historia. Y ahora es cuando puedo explicar cómo me sentí cuando Sirius y James (y no, no ésta la pareja gay) veían amanecer mientras comían bollitos en lo más alto de Hogwarts. O quizás no, porque la felicidad al ser parte de una fantasía no puedo describirla, sólo puedo sentirla. Y saborearla, y guardarla para poder regresar a ella cuando me cerquen los horrores despiadados con los que a veces tropiezo.

Yo he llegado a esta historia a través de aquí.

Hoy le diré adios, de todas formas. Y en la mesilla me espera un prometedor ejemplar de la ficción original de Irati, "Nora ez dakizun hori". Lo que son las cosas, más cercana a mí (en términos geográficos y culturales) que ningún otro autor que me haya llegado de esa manera.

La imagen la he sacado de la web www.remus-lupin.net, y la autoría es de Mary Grandpré.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Todas las cosas (mi aportación al fan fiction)

Llego tarde y, probablemente, mal.

Gracias al fandom sé que esto que he escrito se llama fanfic, que es un post-ep, categoría MSR, que debería hacer un disclaimer (cosa que implícitamente hago, por apropiarme de personajes y situaciones creadas por otros, aunque no se mencionen explícitamente), y que está reproducido infinidad de veces y en multitud de variantes de mano de otras tantas personas, la mayoría mucho más brillantemente.

Pero ésta es la mía.

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Dejó su frase y su abrumadora sensación de esfuerzo en el aire al darse cuenta de que ella se había quedado dormida. La momentánea contrariedad ante su audiencia narcotizada dio paso a cierto alivio, por la liberación de un hilo de reflexión demasiado cansino para ese preciso momento, y a una explosión de ternura extendiéndose como un bálsamo desde el mismo centro de su pecho, ante la plácida fragilidad del rostro que reposaba a su lado.

Se inclinó suavemente sobre ella, como para asegurarse de dejarla a salvo en su sueño, y con toda la delicadeza que podían contener sus manos le retiró el mechón de pelo que le cruzaba la cara. Luego, sin dejar de mirarla, acercó la manta y la arropó con ella.

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Se despertó sobresaltada al sentir que su cuerpo se deslizaba por el sofá hacia el lado donde él había estado sentado. Se encontró cuidadosamente tapada, y se dio cuenta de que se había quedado dormida de puro agotamiento mientras hablaban.

Sentía la espesa y tranquila pesadez propia de haberse puesto en marcha la maquinaria del descanso profundo sin haber terminado el ciclo adecuadamente. La envolvía una nube entre apacible y entorpecedora, y fue hacia el baño para quitársela de encima.

Al de un rato, recuperó cierta claridad de percepción. Sintió que debería querer irse a casa y, al mismo tiempo, mientras recogía sus cosas y se acercaba a la puerta, una intensa sensación de decepción, de estar alejándose del punto de no retorno al que tan claramente había creído llegar unos minutos antes.

El corazón le golpeó con fuerza al oírlo salir de la habitación y caminar hacia ella.

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- ¿Te marchas?

Era una pregunta absurda, y muy desviada de todo lo que en realidad quería decir. Pero, claro, tampoco sabía con certeza qué quería decir. Sólo tenía la seguridad de sentirse sorprendido de que ella no siguiera respirando con placidez allí, en su sofá, y se estuviera dirigiendo, en cambio, armada de su chaqueta y sus llaves, hacia la puerta, hacia fuera, hacia otro lugar que no fuera ése.

Ella se dio la vuelta. Sus ojos abiertos, claros. Supo algo más.

- No te vayas.

No se oyó a sí mismo decirlo porque ella estaba hablando a la vez:

- Perdona, no quería despertarte.

Estaba quieta y muy seria, como si se sintiera culpable, o incómoda. Él se acercó unos pasos, y le sonrió para decirle que todo estaba bien, mientras pronunciaba otras palabras:

- No me has despertado. Acabas de quedarte dormida.

Con su leguaje literal y corporal, pretendía crear una zona de seguridad, recuperar el círculo de inocente comodidad en el que habían estado bailando, antes del sueño, antes de que ella volviera de él con un lastre de tensión palpitante extendiéndose a su alrededor.

Ella desvió la mirada. Todavía inquietud, malestar, otra cosa… ¿decepción? Cuando volvió a mirarlo también sonreía.

- Estoy tan cansada. - Le puso una mano blanca en la mejilla. – Me voy a casa.

Él le agarró la mano:

- Es muy tarde.

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Sí que era tarde. Pero, ¿qué podía hacer? No podía quedarse. No así, con la ligereza de la sonrisa benévola y tranquilizadora que él le estaba ofreciendo. Había llegado al final de un camino.

Su sensación de trascendencia era inequívoca, rabiosa, voraz; no podía ser aplacada con el sosiego protector y atento de quien ofrece cuidados. No debía ser aplacada. Debía ser compartida y consumida.

- Ya lo sé.

Intentó ignorar el nudo de su garganta mientras retiraba la mano y se volvía. Intentó no desear la reacción que deseaba mientras abría la puerta y le dirigía la mirada de despedida. Intentó no hundirse en su tristeza mientras avanzaba por el pasillo y sentía, cada vez más fuerte, que estaba abandonando el destino.

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Verla alejarse por el pasillo le hizo comprender el resto. El pensamiento que había dejado en suspenso al verla dormida regresó nítido, y se fusionó con todo lo demás.

Todo los había llevado allí. A ese momento. A ese lugar.

Incluso habían tenido ocasión de ensayar la escena que estaba a punto de desarrollarse, en ese mismo escenario, casi dos años atrás.

- No te vayas.

Ahora sí. Lo oyeron los dos.

- No te vayas.

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Ahí estaba. La gravedad, la contundencia que esperaba. La que la había cogido completamente desprevenida la última vez, dejándola sin aliento. La que necesitaba ahora desesperadamente.

No sabía qué hacer con las cosas que llevaba en las manos, así que las dejó caer al suelo, a tiempo de atrapar el abrazo febril que volaba hacia ella.

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Un sello. De piel, aliento y saliva. Las luces del pasillo parpadearon ante el beso hambriento que cerró el camino. Que abrió otro nuevo.

martes, 16 de noviembre de 2010

Miénteme

Esta etapa algo patética de mi periodo de reubicación personal en que me ha dado por sumergirme de lleno en la re-incidencia en todos mis viejos mass-frikismos me está brindando la oportunidad de hacer un análisis algo más contundente de lo habitual en torno a las claves de mi extrema afición a estos fenómenos.

Como ayer con Buffy, Giles y compañía, al visionar una vez más el grandioso capítulo de la segunda temporada "Miénteme".

No es ninguna revelación caer en la cuenta de que todos los fan-productos que me han atrapado aportan un diseño devastador que "metaforea" la existencia, la mía, la de todos. Lo que tienen de poderoso radica en esa capacidad de introducirse en mi alma, con una lubricación muy atractiva de entretenimiento y fascinación, para asestar mazazos contundentes en mi inconsciente. O sea, mis frikismos están hablando, principalmente y por encima de todo, de mí y de mi entorno, y de mí en lo más insondable. Al margen de trucos de magia, viajes a lugares remotos, vuelos a lomos de bestias aladas, extraterrestres, pueblos pintorescos, diálogos trepidantes y humor sin tregua. El escenario es magnético, irresistible. Pero la soga que me ata irremediablemente es la metáfora.

Y el capítulo "Miénteme" de Buffy Cazavampiros es un ejemplo muy evidente de ello.

No fue a la primera que me atrapó este friki-producto en particular. Tuvo que ser la mirada vacía del cadáver de Joyce despatarrado en el sofá de su casa, y el plano secuencia, sin banda sonora, en que Buffy acaba vomitando a los pies de su madre muerta lo que me conectó definitivamente con la serie, y me animó a descubrirla desde el principio. Efectivamente, es una serie de construcción de personajes sobre el dolor casi insoportable de crecer. En "Miénteme" no hay que hacer muchos esfuerzos para darse cuenta de ello.

El poder devastador de la verdad es el tema central del capítulo. Entre piruetas imposibles, colmillos y máscaras amorfas, antros-búnkers y crucifijos, el leit motiv es claro: creemos querer saber la verdad, hasta que nos damos cuenta de que preferimos ignorarla. Porque el dolor que el conocimiento trae de la mano es un precio demasiado alto, muchas veces. Y crecer implica retirar velos y encontrar verdades, en un proceso que no sólo da miedo sino que resulta además tremendamente confuso. Las fronteras se desdibujan, la elección ya nunca será fácil, y cada paso supondrá un sacrificio mayor.

Por eso, ¡cuántas veces sentiremos la tentación de pedir que nos dejen detener el proceso de crecer! Que nos digan que todo es fácil y que el final será siempre un buen final, que no sufriremos, y que nuestros afectos permanecerán siempre intactos.

Cuántas veces querremos mirar a los ojos de alguien y decirle, aun sabiendo que el alivio será sólo momentáneo, pero necesitándolo rabiosamente, "miénteme".

viernes, 29 de octubre de 2010

El mito del viajero

"Al que se marcha se le tiene respecto y envidia", dice Aude Picault en un pasaje particularmente intenso para mí de su historia gráfica / libro de viajes / periplo interior / manual de navegación "Travesía", una delicia de cómic que tiene mucho de devastador detrás de la simpática sencillez del trazo y de la historia.

En realidad, se puede concebir perfectamente como un relato de crisis existencial. De una persona que lucha, como puede, como todos, por librarse de la soga de la desidia, la desgana y el abandono que aprieta con más fuerza en ciertas etapas vitales. Sobre todo en esos momentos en que nos movemos en equilibrio muy precario sobre un puente frágil, abriéndose bajo nuestros pies el terrible vacío (de proyectos vitales que nos construyan un apoyadero sólido).

Y es en uno de esos momentos en los que arranca el relato de Aude Picault, que camina por su puente particular intentando decidir adónde dirigirse, inmersa en una desazón sin grandes aspavientos. Y, como asidero vital, nos presenta su pequeño proyecto viajero: una travesía en velero por el Atlántico.

El planteamiento de la historia por sí mismo ya me resulta muy atractivo. Pero es que, además, en el transcurso del viaje lector que propone, vamos desenterrando pequeñas joyas, escenas de un brillantez conmovedora.

Como la escena con la que he abierto esta entrada. Tenemos a una Aude pequeñita y monísima dando brincos entre las rocas, y reflexionando acerca del mito del viajero. Teniendo ella misma a la vista un proyecto de aventura itinerante en miniatura, piensa sobre las personas que rompen el molde en ese aspecto, y en la envidia y el respeto que se les tiene. Y luego, la pregunta: "¿Hacemos las cosas por cómo nos van a ver los demás, o por una auténtica motivación interior?" Como quien se pregunta si va a llover hoy...

El corazón es un bicho muy loco. Se nos hincha de admiración y desesperación a partes iguales ante lo que percibimos de grandeza en lo ajeno. Nos inspiran las gestas de otros. Y nos decimos, a veces: "no lo hago porque tengo miedo". Y creemos haber descubierto la verdad, al fin. Y resulta desgarrador.

Pero, otras veces, con la maleta en la puerta, miramos alrededor y pensamos: "un momento, nunca lo hice porque no quiero hacerlo". Y experimentamos un desagarro aún más violento. Porque, ¿cómo vamos a resistir sobre los frágiles puentes que conforman el mosaico de nuestra vida si ni siquiera somos capaces de identificar los sueños, los nuestros, los verdaderos?

Menos mal que hay momentos en que nada de eso importa. Momentos en que todas las sogas aflojan, se levantan las losas del alma, y sólo es respirar y sentir, con total plenitud, una felicidad simple y sin mácula.

Como me imagino que se sentiría Aude Picault al timón del velero.

"Ya está, ésta soy yo. Estoy viviendo este momento."

jueves, 1 de julio de 2010

Ma biciclette

En la banda sonora de la peli "Juntos nada más", que es una versión de una novela de Ana Gavalda, incluyen una canción de Yves Montand, que parece compuesta expresamente para la escena a la que acompaña.

http://www.goear.com/listen/07be6b1/a-biciclette-yves-montand

"À biciclette", pero para mí siempre será "Paulette et sa biciclette".

Paulette es uno de los personajes más entrañables que ha parido la ficción. No puedo hablar de la versión novelada, a la que aún no he acudido; pero en la peli, la vieja Paulette es pura ternura y fragilidad, de ésa que te resquebraja el alma a golpe de compasión, identificación, ilusión, y sobre todo, un preciosismo melancólico hiperbalsámico y expansivo.

La Paulette de Yves Montand es una jovenzuela que trae locos a todos sus amigos de la cuadri del verano; van al río en bicicleta, y se embriagan con la magia del crepúsculo. Pura energía y jovialidad. Y sin embargo, es también el espíritu cristalino de la Paulette anciana de Gavalda, de ese corazón rabioso del que también están enamorados el resto de personajes de la historia, el núcleo en torno al que gravitan y que les mantiene "juntos, nada más".

"Quand on partait de bon matin
Quand on partait sur les chemins
A bicyclette
Nous étions quelques bons copains
Y avait Fernand y avait Firmin
Y avait Francis et Sébastien
Et puis Paulette

On était tous amoureux d'elle
On se sentait pousser des ailes
A bicyclette
Sur les petits chemins de terre
On a souvent vécu l'enfer
Pour ne pas mettre pied à terre
Devant Paulette..."

La bicicleta, como tal, no es un objeto que tenga un papel en la historia. Pero su esencia sí la impregna. La bicicleta es placidez contra las caricias de la brisa, es deslizarse con languidez a través de las horas del día, desgranar sin prisa los momentos más fugaces; es, en definitiva, una fuerza placentera intensa y tranquila a la vez.



Como el placer de saberse acompañado en nuestro trayecto vital, ese placer simple y redondo del que nos habla Gavalda.

martes, 25 de mayo de 2010

"Déjame entrar" de John Ajvide Lindqvist

Se extiende con el estrépito de sus cristales chasqueantes la escarcha de la literatura nórdica, tan gélida y tan inquietante ella...

Esta novela no es precisamente un fenómeno reciente, pero la saco del congelador y la dispongo para su disfrute principalmente porque la acabo de leer.


Qué de cosas me han gustado de ella:


  • La historia que cuenta...
Una historia de vampiros, es más, de romance y de vampiros, que no trata realmente de eso sino de la soledad, las bajezas humanas, el frío del alma, y el incalculable poder del amor para barrer todo eso. Y esto contado desde una óptica muy próxima a la novela policiaca, prescindiendo del aspecto sobrenatural que es en realidad el origen de la trama.


  • Los personajes que la habitan...
Oskar es un chaval lleno de sufrimiento y de odio, pero también con gran capacidad para la ternura, el amor, y la superación personal. Un personaje con muchos contrastes, y para el que se dibuja una sutileza muy atractiva en su manera de sentir y pensar. Un gran personaje, en definitiva, de los que más me aportan.

Eli es el eje de la historia, el misterio, lo oscuro, la tentación y la salvación. A mí personalmente me funcionó más como símbolo que como personaje con el que establecer una identificación. Quiero decir que apenas pude traspasar el halo de enigma que la envolvía, pero fue precisamente ese carácter cuasi-inaccesible lo que la hizo tan poderosa. Es más, cuando el autor se lanza ya hacia el final de la novela a introducir algún fragmento relatado desde el punto de vista de Eli, sentí un amago de decepción. Ya he dicho que como mito me funciona mejor.

Hackan es el perfecto monstruo de pesadilla, entre patético y abominable, la personificación del horror, despojado de todo lo que hacía humano, e impulsado por una obsesión dolorosa y ciega.

Lacke y Virginia son dos personajes secundarios en los que el autor se entretiene para trazarlos con mimo, esenciales para construir un escenario en el que se diluye la frontera entre el bien y el mal, para exponer las motivaciones que empujan a las personas a actuar de determinada manera, y el daño que pueden causar sus actos.

Esta historia está llena de seres humanos, que sienten, sufren, hacen daño, aman e intentan sobrevivir como pueden. Y a los que resulta muy difícil juzgar. Una perspectiva que haríamos bien en incorporar a nuestra praxis con nuestros congéneres.


  • El ambiente que recrea...
Voy a sobreentender que esa tendencia a reflejar con minuciosidad el desarrollo de todas las acciones, desde la más emocionante hasta la más cotidiana, es una característica común de los autores nórdicos, aunque no he construido todavía una muestra suficiente para poder hacer semejante observación. En cualquier caso, en esta novela existe, y se recrea el ambiente con tanta precisión que quedé completamente absorbida.

Si a esto se le añade una envoltura de misterio y lírica frágil y oscura, el paseo que se da el lector se convierte en una experiencia muy hermosa, delicada e intensa.


Asumiré, para poner algo de peso en el otro plato de la balanza, que también detecté ciertos detalles que me chirriaron un poco, en particular concernientes al "secreto" de Eli, como algunas revelaciones excesivamente dramáticas y previsibles, y algún recurso un tanto empalagoso.

Pero, en fin, nada que haya empañado mi deleite al devorar este libro, a dentelladas, triturando papel, haciendo saltar chorros de negra tinta, alimentándome de su esencia...... Srulp...... delicioso.

La Gilmore Durmiente

Me encanta cómo Jess le hace ver a Rory el rumbo tan equivocado que está tomando su vida. Me encanta que sea Jess quien finalmente lo consiga. Y me encanta la forma en la que Rory toma conciencia de la realidad que está viviendo, como una revelación súbita, como si le arrancaran la venda de los ojos y por fin consiguiera ver con claridad, y con un punto de incrédula sorpresa, el lugar tan absurdo al que se ha dejado arrastrar.

Jess es probablemente el personaje más equiparable a Rory, más incluso que Lorelei, algo así como ese alma gemela que se supone nos han diseñado a todos. Pero en el momento en que despierta a Rory de su trance, es simplemente un chico que había pasado por su vida y del que ella había desprendido prácticamente todas las amarras. Menos la amarra madre, la irrompible, la huella.

Porque existe esa huella Jess es el único que consigue despertarla.

Me encanta esta manifestación del mito de la Bella Durmiente.