sábado, 11 de agosto de 2012

¡Otra página! Y dos reseñas

Nada, oye, que ha sido descubrir cómo hacer páginas en el blog y ponerme súper hacendosa... Todavía sin salir de la cutrez en cuanto al diseño y demás, pero todo se andará.

Pues eso, que he creado una nueva página para, con todo mi descaro, ir colgando trabajos, tareítas y demás que he ido haciendo y que voy a airear. Porque sí, porque me da la gana.
Hoy dejo dos reseñas, muy poco orginales en cuanto a la selección de los títulos, y tampoco muy espléndidas en cuanto a la novedad del contenido. Vamos, que poco se podrá añadir a lo que ya se ha dicho sobre Donde viven los monstruos y Paulina; pero igual, yo también dije y comparto.
 
  • Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak 
Max se ha puesto su traje de lobo y se está portando mal; tanto, que su madre se enfada con él, le llama “monstruo” y le manda a su cuarto sin cenar. Allí las paredes desaparecen, el tiempo y el espacio se transforman, y Max emprende un viaje hacia el lugar donde viven los monstruos…
El texto y las ilustraciones de Maurice Sendak se integran magistralmente para hacer partícipe al lector de un viaje de ida y vuelta a la imaginación de Max, que experimenta un conflicto emocional: rabia, enfado, miedo. El país de los monstruos es, pues, su fantasía para conseguir canalizar esos sentimientos. El elemento fantástico se introduce de manera natural y directa por parte del texto, que con un estilo sencillo y en ocasiones poético no resalta distinción alguna entre la realidad y la imaginación del niño. Sin embargo, el cuidado diseño de la obra sí marca esta entrada progresiva en el mundo interior de Max: las ilustraciones van aumentando de tamaño y colorido hasta que desaparece el texto, y varias ilustraciones a doble página, ricas en detalles, lo abarcan todo. Es la “juerga monstruo”, el momento culminante de la fantasía de Max. Después, el niño decide volver a “donde alguien le quisiera más que a nadie”, y el proceso se invierte. En la última ilustración, Max ya se ha retirado la capucha del disfraz de lobo y su cuarto vuelve a ser su cuarto. El texto que la acompaña nos aclara que “su cena le estaba esperando”, pero aún hay una sorpresa final, pues al dar la vuelta a la página, encontramos una frase solitaria: “y todavía estaba caliente”.
Además de introducir la idea del valor catártico de la fantasía, el cuento muestra un protagonista “salvaje”, que se enfada y grita cosas desagradables a su madre. Y a pesar de ello, su cena le espera, todavía caliente. A pesar de ser un monstruo, hay alguien que le quiere, que le perdona, que le espera a que recupere la serenidad y el equilibro. Un mensaje muy tranquilizador para los niños (para todos). Pero pocas veces divulgado. 


  • Paulina, de Ana María Matute
Paulina echa la vista atrás para relatarnos la historia de su llegada a la casa de sus abuelos cuando tenía diez años (con la idea de recuperarse de una enfermedad) y de todo lo que allí vivió. Al más puro estilo Heidi, la niña deja un ambiente urbano para experimentar las delicias de lo rural, y pasa de la tutela de una tía seca y estricta al cariño de los abuelos y a la amistad de la gente que conocerá en su nuevo hogar, en especial de Nin, un niño ciego. Paulina contagiará además a los adultos su bondad y simpatía, logrando así transformar su entorno.
Narrado en primera persona por el personaje que da título al libro, Ana María Matute emplea un discurso espontáneo, ingenuo, muy cercano al lenguaje del niño tanto en léxico como en los recursos expresivos, si bien evoca igualmente sentimientos y sensaciones con resonancias casi poéticas. La obra es una tierna defensa de la inocencia infantil y de su poder transformador en los adultos, así como un alegato en favor de la búsqueda de la felicidad a través de las pequeñas cosas, sencillas y puras. 

jueves, 9 de agosto de 2012

¿Y tú cuántos?

El blog Letras y Escenas está últimamente de lo más activo, y hoy me encontrado con esta pedazo de entrada. Obviamente, no me he podido resistir. Mi post inaugural estuvo dedicado a esta chica Gilmore que ha generado el reto que ahora se propone.

Éstos son los libros que Rory leyó en los 7 años que duraron las temporadas del show Gilmore Girls, y en negrita van los que yo me he leído (vean la entrada previamente "enlazada" para conocer más datos de otros devora-tintas):

  1. 1984, de George Orwell
  2. Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain
  3. Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll
  4. Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, de Michael Chabon
  5. An American Tragedy, de Theodore Dreiser
  6. Las cenizas de Ángela, de Frank McCourt
  7. Anna Karenina, de León Tolstoi
  8. El diario de Ana Frank, de Ana Frank
  9. Archidamian War, de Donald Kagan
  10. El arte de la novela, de Henry James
  11. El arte de la guerra, de Sun Tzu
  12. Mientras agonizo, de William Faulkner
  13. Expiación, de Ian McEwan
  14. Autobiography of a Face, de Lucy Grealy
  15. El despertar, de Kate Chopin
  16. Babe, el cerdito valiente, de Dick King-Smith
  17. Backlash: The Undeclared War Against American Women, de Susan Faludi
  18. Balzac y la joven costurera china, de Dai Sijie
  19. Bel Canto, de Ann Patchett
  20. La campana de cristal, de Sylvia Plath
  21. Beloved, de Toni Morrison
  22. Beowulf: A New Verse Translation, de Seamus Heaney
  23. Bhágavad-guitá
  24. The Bielski Brothers: The True Story of Three Men Who Defied the Nazis, Built a Village in the Forest, and Saved 1,200 Jews, de Peter Duffy
  25. Bitch in Praise of Difficult Women, de Elizabeth Wurtzel
  26. A Bolt from the Blue and Other Essays, de Mary McCarthy
  27. Un mundo feliz, de Aldous Huxley
  28. Brick Lane, de Monica Ali
  29. Bridgadoon, de Alan Jay Lerner
  30. Cándido o el optimismo, de Voltaire
  31. Los cuentos de Canterbury, de Chaucer
  32. Carrie, de Stephen King
  33. Trampa-22, de Joseph Heller
  34. El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger
  35. Charlotte’s Web, de E. B. White
  36. La calumnia, de Lillian Hellman
  37. Christine, de Stephen King
  38. Canción de Navidad, de Charles Dickens
  39. La naranja mecánica, de Anthony Burgess
  40. El código de los Woosters, de P. G. Wodehouse
  41. The Collected Short Stories, de Eudora Welty
  42. The Collected Stories of Eudora Welty, de Eudora Welty
  43. La comedia de las equivocaciones, de William Shakespeare
  44. Obras completas, de Dawn Powell
  45. The Complete Poems, de Anne Sexton
  46. Complete Stories, de Dorothy Parker
  47. La conjura de los necios, de John Kennedy Toole
  48. El conde de Monte Cristo, de Alejandro Dumas
  49. La prima Bette, de Honoré de Balzac
  50. Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski
  51. Pétalo carmesí, flor blanca, de Michel Faber
  52. El crisol, de Arthur Miller
  53. Cujo, de Stephen King
  54. El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon
  55. Hija de la fortuna, de Isabel Allende
  56. David and Lisa, de Theodore Issac Rubin
  57. David Copperfield, de Charles Dickens
  58. El código Da Vinci, de Dan Brown
  59. Almas muertas, de Nikolai Gogol
  60. Los endemoniados, de Fiódor Dostoievski
  61. Muerte de un viajante, de Arthur Miller
  62. Deenie, de Judy Blume
  63. The Devil in the White City: Murder, Magic, and Madness at the Fair that Changed America, de Erik Larson
  64. The Dirt: Confessions of the World’s Most Notorious Rock Band, de Tommy Lee, Vince Neil, Mick Mars y Nikki Sixx
  65. La divina comedia, de Dante Alighieri
  66. The Divine Secrets of the Ya-Ya Sisterhood, de Rebecca Wells
  67. El Quijote, de Cervantes
  68. Paseando a Miss Daisy, de Alfred Uhrv
  69. El extraño caso del doctor Jeckyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson
  70. Edgar Allan Poe: Complete Tales & Poems, de Edgar Allan Poe
  71. Eleanor Roosevelt, de Blanche Wiesen Cook
  72. Ponche de ácido lisérgico, de Tom Wolfe
  73. Ella Minnow Pea: A Novel in Letters, de Mark Dunn
  74. Eloise, de Kay Thompson
  75. Emily the Strange: perdida, siniestra y aburrida, de Rob Reger
  76. Emma, de Jane Austen
  77. Empire Falls, de Richard Russo
  78. Encyclopedia Brown: Boy Detective, de Donald J. Sobol
  79. Ethan Frome, de Edith Wharton
  80. Ética, de Spinoza
  81. Europe through the Back Door, 2003, de Rick Steves
  82. Eva Luna, de Isabel Allende
  83. Todo está iluminado, de Jonathan Safran Foer
  84. Extravagance, de Gary Krist
  85. Fahrenheit 451, de Ray Bradbury
  86. Fahrenheit 9/11, de Michael Moore
  87. The Fall of the Athenian Empire, de Donald Kagan
  88. Fat Land: How Americans Became the Fattest People in the World, de Greg Critser
  89. Miedo y asco en Las Vegas, de Hunter S. Thompson
  90. La comunidad del anillo (El Señor de los Anillos), de J. R. R. Tolkien
  91. Fiddler on the Roof, de Joseph Stein
  92. Las cinco personas que encontrarás en el cielo, de Mitch Albom
  93. Finnegan’s Wake, de James Joyce
  94. Fletch, de Gregory McDonald
  95. Flores para Algernon, de Daniel Keyes
  96. The Fortress of Solitude, de Jonathan Lethem
  97. El manantial, de Ayn Rand
  98. Frankenstein, de Mary Shelley
  99. Franny y Zooey, de J. D. Salinger
  100. Freaky Friday, de Mary Rodgers
  101. Galápagos, de Kurt Vonnegut
  102. El género en disputa, de Judith Butler
  103. George W. Bushism: The Slate Book of the Accidental Wit and Wisdom of our 43rd President, de Jacob Weisberg
  104. Gidget, de Fredrick Kohner
  105. Inocencia interrumpida, de Susanna Kaysen
  106. Los Evangelios gnósticos, de Elaine Pagels
  107. El padrino, de Mario Puzo
  108. El dios de las pequeñas cosas, de Arundhati Roy
  109. Ricitos de oro y los tres ositos, de Alvin Granowsky
  110. Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell
  111. El buen soldado, de Ford Maddox Ford
  112. The Gospel According to Judy Bloom
  113. El graduado, de Charles Webb
  114. Las uvas de la ira, de John Steinbeck
  115. El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald
  116. Grandes esperanzas, de Charles Dickens
  117. El grupo, de Mary McCarthy
  118. Hamlet, de William Shakespeare
  119. Harry Potter y el cáliz de fuego, de J. K. Rowling
  120. Harry Potter y la piedra filosofal, de J. K. Rowling
  121. A Heartbreaking Work of Staggering Genius, de Dave Eggers
  122. El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad
  123. Helter Skelter: The True Story of the Manson Murders, de Vincent Bugliosi y Curt Gentry
  124. Enrique IV (I parte), de William Shakespeare
  125. Enrique IV (II parte), de William Shakespeare
  126. Enrique V, de William Shakespeare
  127. Alta fidelidad, de Nick Hornby
  128. The History of the Decline and Fall of the Roman Empire, de Edward Gibbon
  129. Holidays on Ice: Stories, de David Sedaris
  130. The Holy Barbarians, de Lawrence Lipton
  131. House of Sand and Fog, de Andre Dubus III
  132. La casa de los espíritus, de Isabel Allende
  133. How to Breathe Underwater, de Julie Orringer
  134. Cómo el Grinch robó la Navidad, de Dr. Seuss
  135. How the Light Gets in, de M. J. Hyland
  136. Aullido, de Allen Gingsburg
  137. El jorobado de Notredame, de Victor Hugo
  138. La Ilíada, de Homero
  139. I’m with the Band, de Pamela des Barres
  140. A sangre fría, de Truman Capote
  141. Heredarás el viento, de Jerome Lawrence y Robert E. Lee
  142. Iron Weed, de William J. Kennedy
  143. Es labor de todos, de Hillary Clinton
  144. Jane Eyre, de Charlotte Brontë
  145. El club de la buena estrella, de Amy Tan
  146. Julio César, de William Shakespeare
  147. La célebre rana saltarina, de Mark Twain
  148. La jungla, de Upton Sinclair
  149. Just a Couple of Days, de Tony Vigorito
  150. The Kitchen Boy: A Novel of the Last Tsar, de Robert Alexander
  151. Kitchen Confidential: Adventures in the Culinary Underbelly, de Anthony Bourdain
  152. Cometas en el cielo, de Khaled Hosseini
  153. El amante de Lady Chaterley, de D. H. Lawrence
  154. The Last Empire: Essays 1992-2000, de Gore Vidal
  155. Hojas de hierba, de Walt Whitman
  156. La leyenda de Bagger Vance, de Steven Pressfield
  157. Menos que cero, de Bret Easton Ellis
  158. Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke
  159. Lies and the Lying Liars Who Tell Them, de Al Franken
  160. Vida de Pi, de Yann Martel
  161. La pequeña Dorrit, de Charles Dickens
  162. The Little Locksmith, de Katharine Butler Hathaway
  163. La pequeña cerillera, de Hans Christian Andersen
  164. Mujercitas, de Louisa May Alcott
  165. Historia viva, de Hillary Rodham Clinton
  166. El señor de las moscas, de William Golding
  167. The Lottery: And Other Stories, de Shirley Jackson
  168. Desde mi cielo, de Alice Sebold
  169. Love Story, de Erich Segal
  170. Macbeth, de William Shakespeare
  171. Madame Bovary, de Gustave Flaubert
  172. Mantícora, de Robertson Davies
  173. Marathon Man, de William Goldman
  174. El maestro y Margarita, de Mikhail Bulgakov
  175. Memorias de una joven formal, de Simone de Beauvoir
  176. Memoirs of General W. T. Sherman, de William Tecumseh Sherman
  177. Me Talk Pretty One Day, de David Sedaris
  178. The Meaning of Consuelo, de Judith Ortiz Cofer
  179. Mencken’s Chrestomathy, de H. R. Mencken
  180. Las alegres comadres de Windsor, de William Shakespeare
  181. La metamorfosis, de Franz Kafka
  182. Middlesex, de Jeffrey Eugenides
  183. El milagro de Ana Sullivan, de William Gibson
  184. Moby Dick, de Herman Melville
  185. The Mojo Collection: The Ultimate Music Companion, de Jim Irvin
  186. Moliere: A Biography, de Hobart Chatfield Taylor
  187. A Monetary History of the United States, de Milton Friedman
  188. Monsieur Proust, de Celeste Albaret
  189. A Month Of Sundays: Searching For The Spirit And My Sister, de Julie Mars
  190. París era una fiesta, de Ernest Hemingway
  191. La señora Dalloway, de Virginia Woolf
  192. Motín a bordo, de Charles Nordhoff y James Norman Hall
  193. My Lai 4: A Report on the Massacre and It’s Aftermath, de Seymour M. Hersh
  194. My Life as Author and Editor, de H. R. Mencken
  195. Mi vida en naranja: creciendo con el gurú, de Tim Guest
  196. Myra Waldo’s Travel and Motoring Guide to Europe, 1978, de Myra Waldo
  197. My Sister’s Keeper, de Jodi Picoult
  198. The Naked and the Dead, de Norman Mailer
  199. El nombre de la rosa, de Umberto Eco
  200. El buen nombre, de Jhumpa Lahiri
  201. The Nanny Diaries, de Emma McLaughlin
  202. Nervous System: Or Losing My Mind in Literature, de Jan Lars Jensen
  203. Nuevos poemas de Emily Dickinson, de Emily Dickinson
  204. Cómo funcionan las cosas, de David Macaulay
  205. Nickel and Dimed, de Barbara Ehrenreich
  206. La noche, de Elie Wiesel
  207. La abadía de Northanger, de Jane Austen
  208. The Norton Anthology of Theory and Criticism, de William E. Cain et al
  209. Novels 1930-1942: Dance Night/Come Back to Sorrento, Turn, Magic Wheel/Angels on Toast/A Time to be Born, de Dawn Powell
  210. Notes of a Dirty Old Man, de Charles Bukowski
  211. De ratones y hombres, de John Steinbeck
  212. Old School, de Tobias Wolff
  213. En el camino, de Jack Kerouac
  214. Alguien voló sobre el nido del cuco, de Ken Kesey
  215. Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez
  216. The Opposite of Fate: Memories of a Writing Life, de Amy Tan
  217. La noche del oráculo, de Paul Auster
  218. Oryx y Crake, de Margaret Atwood
  219. Otelo, de Shakespeare
  220. Nuestro común amigo, de Charles Dickens
  221. The Outbreak of the Peloponnesian War, de Donald Kagan
  222. Memorias de África, de Isak Dinesen
  223. The Outsiders, de S. E. Hinton
  224. A Passage to India, de E. M. Forster
  225. The Peace of Nicias and the Sicilian Expedition, de Donald Kagan
  226. Las ventajas de ser un marginado, de Stephen Chbosky
  227. Peyton Place, de Grace Metalious
  228. El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde
  229. Pigs at the Trough, de Arianna Huffington
  230. Pinocchio, de Carlo Collodi
  231. Please Kill Me: The Uncensored Oral History of Punk Legs McNeil and Gillian McCain
  232. The Polysyllabic Spree, de Nick Hornby
  233. The Portable Dorothy Parker, de Dorothy Parker
  234. The Portable Nietzche, de Fredrich Nietzche
  235. The Price of Loyalty: George W. Bush, the White House, and the Education of Paul O’Neill, de Ron Suskind
  236. Orgullo y prejuicio, de Jane Austen
  237. Property, de Valerie Martin
  238. Pushkin: A Biography, de T. J. Binyon
  239. Pigmalión, de George Bernard Shaw
  240. Quattrocento, de James Mckean
  241. A Quiet Storm, de Rachel Howzell Hall
  242. Rapunzel, de los hermanos Grimm
  243. El cuervo, de Edgar Allan Poe
  244. El filo de la navaja, de W. Somerset Maugham
  245. Reading Lolita in Tehran: A Memoir in Books, de Azar Nafisi
  246. Rebecca, de Daphne du Maurier
  247. Rebecca of Sunnybrook Farm, de Kate Douglas Wiggin
  248. The Red Tent, de Anita Diamant
  249. Rescuing Patty Hearst: Memories From a Decade Gone Mad, de Virginia Holman
  250. El retorno del rey (El Señor de los Anillos), de J. R. R. Tolkien
  251. R Is for Ricochet, de Sue Grafton
  252. Rita Hayworth, de Stephen King
  253. Robert’s Rules of Order, de Henry Robert
  254. Roman Holiday, de Edith Wharton
  255. Romeo y Julieta, de William Shakespeare
  256. Un cuarto propio, de Virginia Woolf
  257. Una habitación con vistas, de E. M. Forster.
  258. Rosemary’s Baby, de Ira Levin.
  259. The Rough Guide to Europe, 2003 Edition
  260. Sacred Time, de Ursula Hegi
  261. Santuario, de William Faulkner
  262. Savage Beauty: The Life of Edna St. Vincent Millay, de Nancy Milford
  263. Say Goodbye to Daisy Miller, de Henry James
  264. The Scarecrow of Oz, de Frank L. Baum
  265. La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne
  266. Seabiscuit: An American Legend, de Laura Hillenbrand
  267. El segundo sexo, de Simone de Beauvoir
  268. La vida secreta de las abejas, de Sue Monk Kidd
  269. Secrets of the Flesh: A Life of Colette, de Judith Thurman
  270. Selected Hotels of Europe
  271. Selected Letters of Dawn Powell: 1913-1965, de Dawn Powell
  272. Sentido y sensibilidad, de Jane Austen
  273. A Separate Peace, de John Knowles
  274. Algunas biografías de Winston Churchill
  275. Sexus, de Henry Miller
  276. La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón
  277. Shane, de Jack Shaefer
  278. El resplandor, de Stephen King
  279. Siddhartha, de Hermann Hesse
  280. S Is for Silence, de Sue Grafton
  281. Matadero cinco, de Kurt Vonnegut
  282. Small Island, de Andrea Levy
  283. Las nieves del Kilimanjaro, de Ernest Hemingway
  284. Blancanieves y Rosarroja, de los hermanos Grimm
  285. Social Origins of Dictatorship and Democracy: Lord and Peasant in the Making of the Modern World, de Barrington Moore
  286. Los nombres de la canción, de Norman Lebrecht
  287. Song of the Simple Truth: The Complete Poems of Julia de Burgos, de Julia de Burgos
  288. The Song Reader, de Lisa Tucker
  289. Songbook, de Nick Hornby
  290. Sonetos, de William Shakespeare
  291. Sonnets from the Portuguese, de Elizabeth Barrett Browning
  292. La decisión de Sophie, de William Styron
  293. El ruido y la furia, de William Faulkner
  294. Speak, Memory, de Vladimir Nabokov
  295. Stiff: The Curious Lives of Human Cadavers, de Mary Roach
  296. The Story of My Life, de Helen Keller
  297. Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams
  298. Stuart Little, de E. B. White
  299. Fiesta, de Ernest Hemingway
  300. Por el camino de Swann, de Marcel Proust
  301. Swimming with Giants: My Encounters with Whales, Dolphins and Seals, de Anne Collett
  302. Sybil, de Flora Rheta Schreiber
  303. Historia de dos ciudades, de Charles Dickens
  304. Suave es la noche, de F. Scott Fitzgerald
  305. La fuerza del cariño, de Larry McMurtry
  306. Ahora y siempre, de Jack Finney
  307. La mujer del viajero en el tiempo, de Audrey Niffenegger
  308. Tener y no tener, de Ernest Hemingway
  309. Matar un ruiseñor, de Harper Lee
  310. Ricardo III, de William Shakespeare
  311. A Tree Grows in Brooklyn, de Betty Smith
  312. El proceso, de Franz Kafka
  313. The True and Outstanding Adventures of the Hunt Sisters, de Elisabeth Robinson
  314. Truth & Beauty: A Friendship, de Ann Patchett
  315. Martes con mi viejo profesor, de Mitch Albom
  316. Ulises, de James Joyce
  317. The Unabridged Journals of Sylvia Plath 1950-1962, de Sylvia Plath
  318. La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe
  319. Unless, de Carol Shields
  320. Valley of the Dolls, de Jacqueline Susann
  321. The Vanishing Newspaper, de Philip Meyers
  322. Vanity Fair, de William Makepeace Thackeray
  323. Velvet Underground’s The Velvet Underground and Nico (Thirty Three and a Third series), de Joe Harvard
  324. Las vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides
  325. Esperando a Godot, de Samuel Beckett
  326. Walden, de Henry David Thoreau
  327. Walt Disney’s Bambi, de Felix Salten
  328. Guerra y paz, de León Tolstoi
  329. We Owe You Nothing – Punk Planet: The Collected Interviews, editado por Daniel Sinker
  330. What Colour is Your Parachute?, de Richard Nelson Bolles
  331. ¿Qué fue de Baby Jane?, de Henry Farrell
  332. Cuando el emperador era divino, de Julie Otsuka
  333. ¿Quién se ha llevado mi queso?, de Spencer Johnson
  334. Quién teme a Virginia Woolf, de Edward Albee
  335. Wicked: memorias de una bruja mala, de Gregory Maguire
  336. El mago de Oz, de Frank L. Baum
  337. Cumbres borrascosas, de Emily Brontë
  338. The Yearling, de Marjorie Kinnan Rawlings
  339. El año del pensamiento mágico, de Joan Didion
  340. Sueño de una noche de verano, de William Shakespeare

miércoles, 4 de julio de 2012

Cuentos populares (II): Asfixiada, dolorida, envenenada

Recordó que en realidad ni siquiera había sido ella quien había decidido independizarse. Fueron las circunstancias las que la obligaron a huir, y casi sin darse cuenta se vio radicalmente arrancada del nido originario e inequívocamente reubicada en un nuevo hogar.

Le tenía pavor al bosque. Por eso nunca se planteó marcharse de casa. Tenía muchísimo miedo, y aunque percibía que los conjuros de la hechicera le eran cada vez más hostiles, eligió hacerse ciega a ellos para no tener que adentrarse en la espesura. Pero, al final, no pudo evitar que todo desembocara precisamente allí.

Un día el delirio de la bruja fue tal que la niña se vio conducida hasta el bosque para ser anulada definitivamente. La muerte presionó su pecho, apuntando al corazón. “Tu palpitante y rojo fruto la alimentará”, dijo el verdugo. Había esperado demasiado tiempo para escapar, y casi fue irremediable. 

Pero, de alguna manera, su verdugo se compadeció de ella, y otra criatura inocente sirvió de sustituta a su blanca carne. La jugosa presa fue triturada en la boca de la madre, y perlas de sangre resbalaron por su finísima barbilla, mientras la hija huía a través del bosque de sus pesadillas.
 


Al final encontró un nuevo hogar. Cierto, sus costumbres tuvieron que cambiar a la fuerza; y cierto, sus nuevos compañeros de vida eran seres improbables y frecuentemente malhumorados. Pero era su hogar, y era su vida, y era ella construyéndose a golpes de esfuerzo y voluntad. Se descubrió los ojos, los labios, las manos… como nunca antes los había sentido: propios. Y se descubrió también asombrosos poderes para jugar con la realidad y pintar como quisiera el lienzo blanco de posibilidades que se extendía hacia el horizonte.

De todas formas, todavía estaba muy verde. Apenas liberada, sólo recientemente consciente de sí misma como ser autónomo. Una experiencia insuficiente para deshacer la madeja de ignorancia, ingenuidad e inseguridad de su infancia. Así que a la bruja le fue tan fácil llegar de nuevo hacia ella…

 

Todo esto pensó Blancanieves cuando el único mordisco de esa apetecible manzana se le atascó en la garganta, y sus labios, rojos como la sangre, su pelo, negro como el ébano, y su piel, blanca como la nieve, se fueron apagando.

Asfixiada, dolorida y envenenada.


miércoles, 13 de junio de 2012

El cazador, Rodin y Madonna (o cómo conservar el alma intacta a través de las sucesivas copias)


El otro día fui a ver Blancanieves y la leyenda del cazador. Lo mejor: el detalle de las uñas y el pelo guarro de la protagonista. Lo peor: que es una historia emocionalmente hueca (reformulando en modo asertivo, debería decir que me dejó fría, pero eso podría interpretarse como una incapacidad propia para el sentimiento, rollo psicopatológica, así que prefiero la alternativa políticamente incorrecta).


 Sigamos. Para empezar, lo que hay que entender de esta peli es que, por mucho que nos suene el título, NO es una reinterpretación del cuento de Blancanieves. Ni de coña. A lo sumo, se aprecian ciertos guiños a circunstancias, personajes y localizaciones del relato popular, pero se quedan en un mero anecdotario, y tampoco aportan el golpe de efecto que otros han conseguido con mucho más acierto (me vienen a la cabeza, evidentemente, las fantásticas parodias de Shrek). Esa circunstancia no impide per se que con esos palos se monte una historia potente, evocadora y con fuerza simbólica. Pero en este caso no encontré ni el sabor añejo del cuento de hadas, ni la frescura de una historia original. En conjunto, la peli me pareció una amalgama de elementos que se apelotonan e impiden detenerse y disfrutar en ningún detalle. En definitiva, lo que decía: cero emotividad, cero simbolismo y ni rastro del mito (lo que me ha hecho recordarlo con fuerza, para compensar, de lo cual saldrá la próxima entrada).

Pero vamos, que no hay ningún problema. Es una opción válida, y yo pasé un rato agradable, que era de lo que se trataba. Por lo menos, ése fue el pacto que hice con la peli; lo que ya no veo tan claro es que ésta de verdad esté libre de toda pretensión modernizadora y moralizadora, al estilo del lema "muerte a la princesa pasiva del cuento popular" que tanto me repugna por miope y por tedioso. Reencauzo, que me desvío fácil con estas cosas. Decía que me lo pasé bien. Disfruté del espectáculo visual, sobre todo, y de la buena dosis de entretenimiento inocuo. Y apenas sentí vergüenza ajena en un par de pasajes. El más punzante fue ese momento de arenga gratuita por parte de la heroína recién resucitada. Mil veces vista, y por tanto increíblemente previsible, y muy torpe.

Y con esto llego por fin al meollo. Mi reacción ante esa escena me hizo luego reflexionar sobre por qué me molestan estas cosas, cuando soy la reina del revisionado y la relectura.  No puede ser el hecho de la REPETICIÓN lo que me irrite. A mí, que adoro volver una y otra vez sobre las mismas pelis, los mismos capis, los mismos libros hasta memorizar cada detalle, buscando experimentar las sensaciones ya vividas, pero en tantas ocasiones sorprendiéndome encontrando nuevas cosas, y emocionándome cada vez. Y dado que ha salido de nuevo, empiezo a sospechar que quizás esté ahí el quid. En la emoción, quiero decir, o en la ausencia de la misma.

No sé cuál sería la primera arenga en la historia del cine (supongo que ya habrá ejemplos en la era muda; en la sonora ya hemos detectado una temprana, un tanto peculiar, eso sí). Pero sí recuerdo cuál fue la primera de la que fui consciente, que encabezó una categoría mental nueva en mi clasificación de escenas recurrentes en las historias de ficción: fue el arrebatado speech de William Wallace ante su amago de ejército antes de lanzarse a la masacre (con aquello de "podrán quitarnos la vida, pero nunca nos quitarán... ¡¡¡LA LIBERTAAAAAD!!!", etc., etc.). Oye, pues con todo su histrionismo y completa violación de la regla clásica de la verosimilitud, me caló hasta los huesos, me hizo reverberar. Y la cuestión es que todavía lo hace. Después de éste, los “momentos Wallace” me han ido chirriando cada vez un poquito más, hasta convertirse en un recurso que se me hace particularmente patético. Pero también ha habido algunas (pocas) excepciones que me han llegado al corazoncito.


Todo este tema de la repetición de elementos y del conflicto que puede suponer la imitación con la creatividad me recuerda a una cosa que aprendí en el museo de Rodin de París. Resulta que el hombre era un firme defensor de creación a base de la repetición. Una simple mirada por la exposición escultórica del jardín de museo fue suficiente para comprender a qué se refería.

 Aquí Las Puertas del Infierno, su obra inacabada y monumental que “recicla” varios elementos icónicos del artista (o quizás fuera al revés, y pasaran de las Puertas a esculturas autónomas, no lo tengo claro). Allá en el centro del panel superior, encabeza la obra un reflexivo Dante, que no es otro que el famoso Pensador. En el marco derecho, abajo, los condenados Francesco y Paola sufren su tormento; pero revestidos de mármol, a mayor escala y con una posición ligeramente distinta representan El beso más anhelado y tierno que he visto nunca en una piedra. Y lo mejor, arriba del todo: las figuras sobre el dintel.

 En una triple copia-tirabuzón, esta composición aparece presidiendo Las Puertas, como hemos dicho. Forma también un grupo escultórico autónomo a mayor escala, Tres sombras, como se ve aquí. Pero además resulta que cada una de las figuras es exactamente la misma escultura, que colocadas juntas en determinada posición forman una composición nueva. ¡Y aún hay más! El molde de estos trillizos es también el de otra escultura previa de Rodin, que en solitario representa a Adán expulsado del Paraíso.

Cuanto menos, hay que reconocer que como planteamiento pro-eficiencia no tiene desperdicio.

Curiosamente, las tesis de trabajo de Rodin es perfectamente intercambiable con otra consigna, ésta de un profesor de marketing que tuve, y que venía a decir prácticamente lo mismo: "innovar a través de la imitación". Dogma enfocado esta vez al elemento de consumo, y cuyo mejor exponente según él era la mismísima Madonna. La diva había sido capaz de generar un "producto" (prescindamos por ahora de profundizar en ese afán marketiniano por marketinizarlo todo, muy a lo Risto Mejide) perpetuamente en renovación, pero que ha conservado siempre intacta su esencia primigenia. Eso dijo. Yo no digo nada, que tampoco sé mucho, ni de marketing, ni de Madonna. 

Aunque viendo la última que ha liado la muchacha en Turquía (sorprendiendo, fijo que sí -ergo, innovando-, haciendo un glorioso homenaje a otra popera -ergo, imitando-, y supongo que manteniendo su estilo -o sea, repitiéndose en cierta forma a sí misma y manteniendo, pues, su esencia), diría que el profe y Rodin no iban del todo desencaminados... ¿O qué?

lunes, 14 de mayo de 2012

Otro muerto que me sorprende…

… con palabras de candente actualidad.

Y éste lleva unos cuantos decalustros más de putrefacción que el anterior.

La cuestión es que es el sábado, de camino a casa, nos topamos con una (¿improvisada?) rueda de baile la mar de entusiasta meneándose en la calle al ritmo de un acordeón encaramado en una tarima (con su acordeonista, claro). Lo mejor de todo fue que los dantzaris eran claramente vecinos y paseantes que estaban por ahí y se animaron al jolgorio. Mi lamentable coordinación óculo-manual y mi nulo entrenamiento en euskal-dantzak me impidieron sumarme al círculo, pero desde mi discreta posición me contoneé igualmente (la música folk tiene un efecto poderoso sobre mí, se me mete por dentro y me mueve los pies, como por ensalmo).

Era un espectáculo precioso ver a la gente sumarse al baile y enredarse entre todos, los niños, los viejos, los chavales… y construir una repentina unión a base de ejecutar simultáneamente los mismos movimientos. [Nota mental: para el año que viene, ya sé a qué otra cosa quiero apuntarme. ¡Esto a mí no me vuelve a pillar desentrenada!]

Una buena mujer que pasaba por ahí preguntó algo a uno de los espontáneos dantzaris. “¿Esto?”, contestó él. “Esto es por la calle.” Ante la mirada inquisitiva de la mujer, extendió su explicación: “Para reivindicar la calle. Para que la gente esté en la calle.”

Por algún motivo, me entraron ganas de llorar. De pena. De alegría. Sobre todo de emoción. Al fin y al cabo, a esa misma hora había decenas de miles de personas en otras plazas haciendo exactamente eso: estar en la calle.

Resulta que al día siguiente, tratando de abrirme paso a través de apuntes sobre el Neoclasicismo (el movimiento literario que más ha sufrido mi desdén a lo largo de mis sucesivas incursiones en estudios de literatura), se me presentó el señor G.M. de Jovellanos dispuesto a reconciliarme con el siglo XVIII y sus huestes de ilustrados.

Lo hizo con este extracto de su Memoria sobre los espectáculos y diversiones públicas:
“Este pueblo […] no ha menester que el gobierno le divierta, pero sí que le deje divertirse. En los pocos días, en las breves horas que puede destinar a su solaz y recreo, él buscará, él inventará sus entretenimientos; basta que se le dé libertad y protección para disfrutarlos. Un día de fiesta claro y sereno en que pueda libremente pasear, correr, tirar a la barra, jugar a la pelota, al tejuelo, a los bolos, merendar, beber, bailar y triscar por el campo, llenará todos sus deseos y le ofrecerá la diversión y el placer más cumplidos. ¡A tan poca costa se puede divertir a un pueblo, por grande y numeroso que sea!
Sin embargo, ¿cómo es posible que la mayor parte de los pueblos de España no se diviertan en manera alguna? Cualquiera que haya corrido nuestras provincias habrá hecho muchas veces esta dolorosa observación. En los días más solemnes, en vez de la alegría y bullicio que debieran anunciar el contento de sus moradores, reina en las calles y plazas una perezosa inacción, un triste silencio, que no se pueden advertir sin admiración ni lástima. Y si a eso se añade […] el aire triste y silencioso, la pereza y falta de unión y movimiento que se notan en todas partes, ¿quién será el que no se sorprenda y entristezca a vista de tan raro fenómeno?
No es de este lugar descubrir todas las causas que concurren a producirle […]. Pero […] no podemos callar que una de las más ordinarias y conocidas está en la mala policía de muchos pueblos. El celo indiscreto de no pocos jueces se persuade a que la mayor perfección del gobierno municipal se cifra en la sujeción del pueblo y a que la suma del buen orden consiste en que sus moradores se estremezcan a la voz de la justicia y en que nadie se atreva a moverse ni cespitar al oír su nombre. En consecuencia, cualquiera bulla, cualquiera gresca o algazara recibe el nombre de asonada y alboroto; cualquiera disensión, cualquiera pendencia es objeto de un procedimiento criminal, y trae en pos de sí pesquisas y procesos y prisiones y multas, y todo el séquito de molestias y vejaciones forenses. Bajo tan dura policía el pueblo se acobarda y entristece, y sacrificando su gusto a su seguridad renuncia la diversión pública e inocente, pero sin embargo peligrosa, y prefiere la soledad y la inacción, tristes a la verdad y dolorosas, pero al mismo tiempo seguras.”
Muy hábil, Gaspar Melchor (qué cachondos tus padres, por cierto; pero ya que estaban, ¿por qué se olvidaron del negro?), muy hábil… Un par más de sorpresas como ésta y puede que os dé una oportunidad a ti a tus amigos, por mucho tedio que me cause tamaña obsesión por el didactismo y la utilidad del arte…

jueves, 1 de marzo de 2012

El feroz grito de un mudo

El otro día pillé en la tele el final de El Gran Dictador. Tengo que admitir que, en mi vergonzosa ignorancia, me sorprendió mucho oír a Chaplin. Y joder que si habla.

Éste es el discurso final de la peli:



Ésta es su transcripción (resumida y extraída de aquí):
"Nos hemos de ayudar los unos a los otros, los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás, no hacerlos desgraciados. No queremos odiar ni despreciar nadie. En este mundo hay sitio para todo el mundo (...) El camino de la vida puede ser libre y bonito, pero lo hemos perdido. La codicia ha envenenado las almas, ha levantado barreras de odio, nos ha empujado hacia la miseria y las matanzas. Hemos progresado muy deprisa pero nos hemos encarcelado a nosotros mismos: el maquinismo que crea abundancia nos deja en la necesidad. Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos, nuestra inteligencia, duros y secos. Pensamos demasiado y sentimos muy poco. Más que máquinas, necesitamos humanidad, más que inteligencia, tener bondad y dulzura. Sin estas cualidades, la vida será violenta, se perderá todo. (...) La desgracia que padecemos no es nada más que la pasajera codicia y la amargura de los hombres que tienen miedo de seguir el camino del progreso humano. El odio de los hombres pasará y caerán los dictadores y el poder que tomaron al pueblo será reintegrado al pueblo y así, mientras el hombre exista, la libertad no desaparecerá."
Me choca el contraste entre la timidez del principio y el entusiasmo progresivo que va impregnando a su discurso, hasta llegar a una exaltación muy pasional. Con ese montaje que muestra a una masa enloquecida aplaudiendo y, sobre todo, viendo su expresión al terminar de hablar, no me queda muy claro si Chaplin pretende introducir un punto de ironía o sólo reforzar el mensaje esperanzador.

En fin, ah, la pasión... que tanto puede alentar el alma de los desesperados, mostrándoles el camino hacia el corage, como enfervorecer y cegar el raciocinio de los contagiados por ella...

En cualquier caso, pensé que quizás esas palabras han recuperado actualidad (si es que alguna vez la perdieron): nos hemos de ayudar los unos a los otros... hemos progresado muy deprisa pero nos hemos encarcelado a nosotros mismos... el odio de los hombres pasará... Eiiiiimen, brother, eiiimen.

Sin más.

miércoles, 18 de enero de 2012

Reflexiones sobre el binomio realidad/fantasía. Parte II.

Breve y ajena reflexión, en este caso, la que ofrezco como continuación de aquella Parte I.

Si hay una obra que ofrece en bandeja la posibilidad de diseccionar estas cuestiones (entre otras muchas), sin duda esa obra es la Alicia de Carroll.

Pero a lo que vamos. Acabo de leer estas palabras:
"Al final de El país de las maravillas, la hermana de Alicia sueña con una Alicia futura que cuenta la historia de su sueño fantástico a sus hijos, y al final del Espejo, Alicia le pregunta a su gatita: “¿Quién fue el que soñó todo esto?... Debo haber sido yo o el Rey Rojo, sabes, Kitty. El era parte de mi sueño, por supuesto, ¡pero yo también era parte del suyo!” Este laberinto sin salida da forma a la maravillosa fábula de Borges Las ruinas circulares y, desde entonces, al concepto central de las películas de la serie Matrix y, más recientemente, a El origen de Christopher Nolan. Es este énfasis en la realidad de la vida onírica y lo absurdo de las convenciones, combinado con la modernidad de sus métodos, lo que ha hecho de la niña de los sueños de Carrroll el vehículo de tantos sueños activos de artistas como Sigmar Polke, Robert Smithson y Adrian Piper, cuyas interpretaciones dan a Alicia un color psicodélico y oculto."
Aquí el artículo completo, de Marina Warner.

Como vemos, hay más niños que se preguntan acerca de si sueñan o si son soñados...

Al hilo de esto, qué libro más estupendo descubrí el otro día (también en Traficantes, como cuando me encontré con Pennac): Soñadores, editado por Takatuka. No diré nada, sólo enseñar:

- Una imagen del libro:
- La canción de Albert Pla (en catalán) que constituye su texto:


lunes, 16 de enero de 2012

Por mi cumple, me he autorregalado:

¡UNO!

Un (re) finde en Madrid para resarcirme de la anterior escapada de diciembre, que me tuvo postrada la mayor parte del tiempo con fiebre (y otras cosillas, más desagradables) en la cama del hostal.

Y también, claro, para poder visitar el Salón del Libro Infantil y Juvenil de Madrid. Bueno, en realidad la clausura del Salón. Pero no importa, porque tuve la suerte de poder ir a la charla de la pedazo de Premio Nacional de Literatura (modalidad LIJ) 2011 y hasta me lancé con una pregunta sobre uno de los temas que tan dulcemente me atormentan: las barreras (in)franqueables entre la LIJ y la "LA"...

¡Y DOS!

A Daniel Pennac. No a él en persona, evidentemente, sino su ensayo "Como una novela". Que encontré trasteando entre la sección de pedagogía de la librería Traficantes de Sueños, así que está claro que fue el destino. Un señor regalo; porque, ostras, mirad:
"Releer no es repetirse, es ofrecer una prueba siempre nueva de un amor infatigable."

"(...) las cosas más hermosas que hemos leído se las debemos casi siempre a un ser querido. Y a un ser querido será el primero a quien hablemos de ellas. Quizás, justamente, porque lo típico del sentimiento, al igual que del deseo de leer, consiste en preferir. Amar, a fin de cuentas, es regalar nuestras preferencias a los que preferimos. Y estos repartos pueblan la invisible ciudadela de nuestra libertad. Estamos habitados por libros y por amigos."

"El problema no está en saber si tengo tiempo de leer o no (tiempo que nadie, además, me dará), sino en si me regalo o no la dicha de ser lector."

"En el fondo, el deber de educar consiste, al enseñar a los niños a leer, al iniciarlos en la Literatura, en darles los medios de juzgar libremente si sienten o no la "necesidad de los libros". Porque si bien se puede admitir perfectamte que un individuo rechace la lectura, es intolerable que sea -o se crea- rechazado por ella."
No es la primera vez que me emociono leyendo ensayo, pero tampoco es lo más habitual. Vaya, que me llega. Me llega y se me queda por dentro muy pegadito y palpitando.

Y ni siquiera he mencionado el demoledor sentido común de su propuesta pedagógica y la genialidad de su decálogo de derechos imprescriptibles del lector (que mira que cuesta asimilar, a pesar de su evidencia).

EDITANDO (el 27 de enero 2012)

Diré que me ha gustado tantísimo que he tenido que retrotraerme en el tiempo (a lo Michael J. Fox) para ampliar un post anterior al que la aportación le va que ni pintada.

Y ya que esto va de editar, aprovecho e incluyo documento gráfico del grande Blake que ilustra como él sabe este decálogo de derechos que comentaba. Lo he encontrado en el blog de Ana Garralón (y la ilusión que me ha hecho).


SÓLO POR DAR ENVIDIA...

... comentaré que el regalo no proveniente de mí misma ha sido un bombazo de la altura de.... tacháaaaaan... ¡¡¡entradas para el musical de Sonrisas y Lágrimas!!!



A few of my favourite things!!! ¡Uno de mis mantras!

No pude evitar estar el resto del finde cantando y adelantando a mi futuro compañero de butaca los momentazos más geniales de la película, que en realidad son todos, con lo que el resumen se convirtió en un monólogo que iba retomando para despiezar con entusiasmo desmedido cada secuencia... Creo que hubo cierto arrepentimiento por parte del "regalador". ¡Jaja! ¡Demasiado tarde!

¡Nos vamos al teatroooooooooo!!!!!!!!!!!!!!!!!

viernes, 23 de diciembre de 2011

EL TOP 3 de cómo decirme “te quiero” y hacer que me caiga de culo

Una entrada con carros de azúcar glass y frutas caramelizadas para empastar los dientes, ahora que el brillo de las bolas de nieve y los adornos de los árboles me adormece la mirada y los fantasmas de todas las fiestas pasadas presentes y futuras se sientan conmigo a tomar té negro de navidad con pastas caseras hechas por la menda.

Es que no controlo nada de diseño bloguero, así que habrá que engalanar esto tirando de metáfora…

Así que aquí vamos con los 3 mejores momentos de declaración de amor que me ha brindado la ficción:

Con el número 3: “My one in five billion”

No podían faltar. En mi cosmología ficcionesca ésta es la pareja madre, la que gobierna el loco entramado de todos mis frikismos, la que huye durante la mayor parte de su recorrido del cliché del amor romántico, qué paradoja. Claro, es precisamente ese empecinamiento por el NO ROMANCE de los creadores de la serie lo que ha vuelto tarumbas a la legión de shippers que engroso con orgullo. Que nos da igual lo que digan: ellos se quieren y punto. No hay que esforzarse mucho para entenderlo.

Ayyy… mirad lo que suelta Mulder a Scully en el capi Folie à Deux (séptima temporada):
“Scully, you have to believe me. Nobody else on this whole damn planet does or ever will. You’re my one in five billion.”
Porque al final, el amor es eso. Estoy sola, estoy sola hasta la locura, el dolor de la soledad es brutal. Y, de repente, estoy sola CONTIGO. Y eso hace que el dolor estalle en júbilo. Él le explica todo eso en un contexto absolutamente antiromántico (a nadie puede sorprenderle teniendo en cuenta qué serie es), pero además, ni siquiera es un momento especialmente emotivo. Lo suelta sin más, y esa sencillez, esa sinceridad repentina y pura, casi ingenua, es lo que hace que sea tan tierna.

La categoría de semejante declaración es tal que me resulta intraducible (¿la única en todo el mundo?; ¿la única entre 5.000 millones?; ¿mi única entre… ¿??) Pffff… Sencillamente: MY ONE IN FIVE BILLION.

La imagen no se corresponde ni de broma con ese momento, pero… they’re so cute!


[Observación: esta declaración de amor sirve igualmente de testimonio para evidenciar el problema de la superpoblación que amenaza con agotar los recursos del planeta y con poner a los cerebros a buscar soluciones a cual más peregrina…]

En el casi imbatible segundo puesto: “Lo mejor y lo peor de ti; y eres la hostia”

Éstas son las impactantes palabras de Spike a Buffy en el capítulo Touched de la séptima temporada de la serie (otra séptima, sí). 
“Hey, look at me. I’m not asking you for anything. When I say I love you, it’s not because I want you, or because I can’t have you. It has nothing to do with me. I love what you are, what you do, how you try. I’ve seen your kindness and your strength. I’ve seen the best and the worst of you and I understand with perfect clarity exactly what you are. You are a hell of a woman”.
Ésta es mi traducción libre (grado de libertad notorio en la última frase): 
“Mírame. No te estoy pidiendo nada. Cuando digo que te quiero, no es porque te desee, ni porque no pueda tenerte. No tiene nada que ver conmigo. Te quiero por cómo eres, por lo que haces, por cómo te esfuerzas. He visto tu generosidad y tu fuerza. He visto lo mejor y lo peor de ti, y entiendo perfectamente quién eres. Eres una mujer de la hostia.”
 A pesar mis diatribas sobre que en realidad no hay que buscar explicación racional al sentimiento, me encaaaanta cómo de bien explica Spike por qué la quiere. En realidad, puedo no estar contradiciéndome, si elijo interpretarlo como una exposición de los indicios por los que uno se da cuenta de que el sentimiento existe, no como un análisis exhaustivo de la lógica que le ha llevado a ese sentimiento (lo que me resulta bastante incoherente: sentimiento, ¿lógica?). Bueno, que da igual. Ante semejante declaración, ¿quién se para a pensar en esas cosas? Eso es un poco lo que importa, ¿no? Que en realidad nada importa, más que esa certeza pura y al margen de la lógica de estar profundamente enamorado.

Lo que más me llega es la honestidad de su mirada: no está fascinado por una imagen idealizada de ella (ver lo que le pasa a Cenicienta, según Blanca Álvarez), no habla desde la seducción por la superheroína de múltiples virtudes; conoce de sobra su oscuridad perversa, y quiere a la persona que ella es de verdad. Y que entiende además que ese amor no proviene de él, de nada que tenga que ver con su voluntad, sino de ella. Y, para rematar, es una declaración de amor elevada al cubo porque es totalmente desinteresada: aun siendo todo completamente cierto, no se lo habría dicho por el mero hecho de desahogarse; su intención no es otra que hacerla sentir bien.

Precioso dibujo de CantonHeroine que he tomado prestado de DeviantArt.

Es total. ¿Y ahora cómo superamos esto?

El golpe definitivo: “Hasta la luna… y vuelta”

Se acerca la hora de irse a dormir, y la liebre pequeña está empeñada en demostrarle a la liebre grande lo mucho que la quiere: tan alto como este salto, tan ancho como abarquen mis brazos, tan lejos como hasta el final del camino… El problema es que la liebre grande siempre consigue superar esas medidas. ¡Ah! Hasta que a la pequeña se le ocurre una gran idea: “Te quiero de aquí a la LUNA” le dice, mientras se queda dormida, feliz porque seguro que ahora ha conseguido explicarlo bien. La liebre grande sonríe y, mientras la mira dormir, le contesta: “Yo te quiero de aquí a la luna… Y VUELTA”.

Es que me mata. Me emociono cada vez que leo “Adivina cuánto te quiero”, clasiquísimo ya de Sam McBratney y Anita Jeram. Me emocioné cuando leí una reseña sobre el cuento, antes de conocerlo. ¡Me emociono sólo con pensar en él! Y es que, no me digas que no es para flotar de ternura; pero no de esa que intoxica, no; sino de esa simpática y directa, en bruto.


Hasta aquí mi improvisado y dulcísimo ranking ¿Cuál es el vuestro?

jueves, 1 de diciembre de 2011

Cuentos populares (I): Las doce sublimadoras

“Doce hermanas cóncavas, negras y secas. Su olor me empapa el paladar de una savia espesa y dulce. Las doce con antorchas y en procesión, con su paso errático, pero dirigiendo hacia mí, todas, inequívocamente, su aliento incandescente.

Me cercan. Me devoran. Las conozco, son mis antiguas, mis perpetuas. Cada noche, mis sublimadoras.

Pero hoy las he olvidado, y su funesta marcha me ha sobrecogido todas las fibras al surgir de la boca de la noche. Tan majestuosas, tan inesperadas y tan exactas.

Ya las siento abalanzarse, hambrientas y precisas y despiadadas. Huyo. Me vuelo en una carrera enloquecida mientas las siento prendidas del pelo, del cuello, de los brazos, de la cintura, haciendo de los jirones su trofeos. De la primera a la última, todas son certeras en sus golpes. De una en una, aúllan su solemne melodía.

Huyo, no para escapar de ellas; huyo para que el ritual culmine al negro abrigo de la noche. Ya me detengo y me abandono, mirando cómo se desvanece la duodécima hermana llevándose mi última gloria.

Pero no… Hoy… un resplandor a mis pies baila con la luz de la luna. Hoy… no se llevaron todo. Un zapato solitario me hace guiños desde abajo, señalándome la ausencia de su gemelo; perdido, no en las garras de las doce, no; perdido en la huída.”
Pues bueno, ésta era mi deconstrucción del cuento de Perrault (o de los Grimm, si te va más el pedi-gore). Fue una improvisación algo loca que escribí hace un tiempo al calor de la impresión que me provoca ese momento particular de la historia. Es una imagen muy potente y muy evocadora: la joven que huye y el tiempo que (re)torna en harapos el bello vestido. Es muy decadente, un tanto barroca en la reinterpretación del viejo tópico del carpe diem, tan llena de dolor y desengaño. Pero bonita. Preciosa, vamos.

Supongo que lo que quiero decir es que el pasaje de las campanadas es MI elemento icónico del cuento. Pero hay otros.

Blanca Álvarez, por ejemplo, en un artículo publicado en el número 216 de la revista CLIJ, hace gravitar la historia en torno a la pérdida del zapato de cristal, entendido como la prenda que la chica ha de pagar (una prenda muy especial que es más bien una parte de sí misma) para que pueda ser encontrada (reconocida) en su realidad y finalmente transformada en la imagen proyectada en la mente del otro a través de tan refinada pieza. Así, “Cenicienta representa el ideal de un sueño que tan sólo habita en la imaginación del otro”. Vamos, que, según entiendo yo esta interpretación, en realidad lo que hace es perderse a sí misma para poder acceder a un status deseado, o a su destino, pero en el que sólo será vista como reflejo de la imagen deseada del que mira. Buena idea no parece.

Sheldon Cashdan, en su libro La bruja debe morir, identifica el motivo principal de varios cuentos populares con uno de los siete pecados capitales; en este caso, la envidia. La de las simpáticas hermanastras de Cenicienta, que por aquello de verla tan bonita y tan dulce, prueban a martirizarla, a ver si así se sienten mejor… En línea similar las aportaciones psicoanalíticas del bueno de Bruno, que centra el tono del cuento en el sufrimiento originado por la rivalidad fraterna (añadiendo un poco de complejo de Edipo a la salsa, como no podía ser menos).

En fin, cada uno con su rollo. Yo ya he explicado por dónde tira el mío. Al principio, entendía que era pura fascinación por lo bello y lo terrible de la imagen de esa carrera por intentar escapar del tiempo desgarrador. Recientemente hice una lectura alternativa del momento previo a esa huida. El momento de alivio regalado, una tregua de unos pocos instantes concedidos para descansar de todos los horrores con los que nos enfrentamos. Esos pocos instantes y luego… se acabó; de nuevo a la lucha. Vienen las doce hermanas, las sublimadoras, de las que no podemos huir por mucho que corramos, a arrancarnos el regalo, que nunca fue nuestro del todo, pero cuya temporalidad olvidamos tan fácilmente al sentirnos… bien. Se acabó, sí. Pero hubo un alivio. Y habrá otro. Y otro más. Y al final, si conseguimos emparejar los zapatitos de cristal, quizás conquistemos una victoria sobre el horror más duradera. Quién sabe…

La imagen es ya famosa por los círculos cibernéticos. En principio, la serie Twisted Pricess fue idea del artista Jeffrey Thomas; pero esta versión (que he sacado de deviantART) es una colaboración con Omri Koresh, y me parece que el efecto es mucho más inquietante…

Por cierto, este rescate de mi deconstrucción ha venido impulsado por el reciente descubrimiento del libro de Blanca Álvarez, La verdadera historia de los cuentos populares, una recopilación de los artículos que publicó en la revista CLIJ entre 2006 y 2010. Me ha removido el tema éste de la huella profunda que nos dejan las historias del folklore, y me ha animado a seguir con reflexiones propias sobre ello. De ahí la latina I de función ordinal en el título. A mi ritmo, claro, pero llegarán más entradas.

martes, 22 de noviembre de 2011

Los Juegos del Hambre y la Rueda del Absurdo

El libro de Suzanne Collins me ha dejado (además de sin aliento, sin uñas y atrapadísima) un par de pasajes que ilustran con claridad meridiana una reflexión muy interesante.

Dicen así:

“Me pregunto cómo será vivir en un mundo en el que la comida aparece con sólo presionar un botón. ¿A qué dedicaría las horas que paso recorriendo los bosques en busca de sustento si fuese tan fácil conseguirlo? ¿Qué hacen todo el día estos habitantes del Capitolio, además de decorarse el cuerpo y esperar al siguiente cargamento de tributos para divertirse viéndolos morir?”

“Por primera vez me permito pensar en serio en la posibilidad de volver a casa, de volver famosa y rica a mi propia casa de la Aldea de los Vencedores. Mi madre y Prim se irían a vivir conmigo, y ya no habría que temer al hambre. Un nuevo tipo de libertad, pero después… ¿qué? ¿Cómo será mi vida cotidiana? Antes dedicaba casi todo mi tiempo a conseguir comida; si me quitan eso, no estoy muy segura de quién soy, ni de cuál es mi identidad. La idea me asusta un poco.”

Annie Leonard, por su parte, lo plantea de esta forma tan maravillosamente didáctica:


¡Bienvenidos a la enésima y perpetua edición de la Rueda del Absurdo! ¡Que no acaben los Juegos!

(El Absurdo luce por doquier, la Rueda en particular queda preciosamente ilustrada en el minuto 16 del vídeo.)