martes, 22 de noviembre de 2011

Los Juegos del Hambre y la Rueda del Absurdo

El libro de Suzanne Collins me ha dejado (además de sin aliento, sin uñas y atrapadísima) un par de pasajes que ilustran con claridad meridiana una reflexión muy interesante.

Dicen así:

“Me pregunto cómo será vivir en un mundo en el que la comida aparece con sólo presionar un botón. ¿A qué dedicaría las horas que paso recorriendo los bosques en busca de sustento si fuese tan fácil conseguirlo? ¿Qué hacen todo el día estos habitantes del Capitolio, además de decorarse el cuerpo y esperar al siguiente cargamento de tributos para divertirse viéndolos morir?”

“Por primera vez me permito pensar en serio en la posibilidad de volver a casa, de volver famosa y rica a mi propia casa de la Aldea de los Vencedores. Mi madre y Prim se irían a vivir conmigo, y ya no habría que temer al hambre. Un nuevo tipo de libertad, pero después… ¿qué? ¿Cómo será mi vida cotidiana? Antes dedicaba casi todo mi tiempo a conseguir comida; si me quitan eso, no estoy muy segura de quién soy, ni de cuál es mi identidad. La idea me asusta un poco.”

Annie Leonard, por su parte, lo plantea de esta forma tan maravillosamente didáctica:


¡Bienvenidos a la enésima y perpetua edición de la Rueda del Absurdo! ¡Que no acaben los Juegos!

(El Absurdo luce por doquier, la Rueda en particular queda preciosamente ilustrada en el minuto 16 del vídeo.)

martes, 8 de noviembre de 2011

Canguros, gemelas, madres y baños de espuma

En un cumpleaños me regalaron el primer número de la serie “El Club de las Canguro”, “La gran idea de Kristy”.

Los libros fueron un regalo espontáneo muy habitual durante mi infancia (ahora lo son bajo comanda, lo que resta bastante espontaneidad al asunto, claro que también minimiza los riesgos de hacerme con obritas que van a parar directamente a la caja “para el mercadillo de trueque”).

El caso es que me regalaron ese libro. Y el caso es también que hasta la fecha no me había topado yo con historias de ese tipo. Cómo definirlas… Desde mi óptica de lectora experimentada que va acercándose al apasionante mundo del conocimiento y la valoración LIJera, diría algo así como: facilonas, “para chicas”, de escaso valor literario. Desde mi recuerdo de niña en su noveno cumpleaños, tendría que decir: ¡nuevas!, ¡entretenidísimas!, ¡y con personajes muy guays!

En mi memoria, desde luego, es ésta la descripción que permanece.

Imagínate: había una Kristy con ideas geniales que saca adelante todo un proyecto emprendedor; una Mary Ann de lo más dulce y tímida que es la primera en echarse novio (la mosquita muerta…); una Claudia muy “exótica” (así iba ampliando yo mi vocabulario) que además era artista y hacía unas monadas increíble; una Stacey (en mi mente, se pronunciaba claramente Es-kay-tek, menudo disgusto cuando me enteré de cómo se decía en realidad) muy sofisticada y muy ligona; una Dawn (también me supuso una gran confusión fónica) que era “muy individualista” (fíjate tú), y que se convirtió de inmediato en mi favorita… Por no hablar de lo divertido que era leer sobre el sistema de organización que se habían montado: los criterios para la entrada de nuevos miembros, que si la tesorera, que si el diario, las cuotas, las reuniones y la atención a los “clientes”… En fin… todo de los más motivador.

Las canguro se cansaron de mí (me tragué todos los tomitos de la colección), y me presentaron a las gemelas de Sweet Valley (en una acción comercialmente muy acertada y cero sutil, con un anuncio de dicha pareja al final del último tomo).

Y, en fin, allá que me hice nuevas amigas. He de decir, sin embargo… que en esta ocasión sí comenzó a actuar el factor desgaste… Quizás porque eran no una, sino tres colecciones, con las gemelicas en el cole, el insti, y la uni respectivamente; y porque, a medida que yo crecía, me apetecía cada vez menos crecer con ellas. Tanto que de la colección azul claro de la uni, sólo me llegué a leer el primer tomo, y sólo por seguir un poco la onda de mis compis de clase, que se me habían enganchado con las Jessica y Elizabeth adultas. No fue mi caso, y eso que ya había sexo, depresiones, drogas y rock&roll (y matrimonios impulsivos con chicos malotes, creo recordar). No sé… el desgaste, como decía.

Y todo esto no habría sido más que un viaje lector más si no fuera porque supuso un coitus interruptus entre mis amantes los libros y yo. Vamos, que miraba los libros de mi estantería, y sentía apatía. Por primera vez en mi vida, no me apetecía leer.

En todo buen cuento siempre hay un personaje que saca al protagonista del atolladero en que invariablemente, en algún momento del periplo, cae. En mi historia particular no fue un hada madrina, sino mi madre, a secas. Y solucionó la trama con la misma efectividad que si hubiera tenido una varita (salacadula, chachicomula, dibi diba dibibú): con un relajante baño de espuma.

Sus sugerencias “¿por qué no lees un libro de esos que tienes en la estantería?, en vez de estas cosas que has leído últimamente…” habían sido recibidas por mis mohines de apatía.

Así que intentó otra aproximación: “Mira, hazme caso. Voy a prepararte un baño de espuma, te vas a sentir súper relajada. Y para cuando salgas, te habré elegido un libro. Ponte a leer, y luego me cuentas.”

La Dautremer inspiróse en mi historia para su Princesa Caprichosa.

Un baño relajante es difícil que falle en predisponer una mejora de humor. Pero es que, a la salida, me estaba esperando el bueno de Michael con su Ponche de los Deseos, que había estado durmiendo polvo en la balda ni sé cuánto tiempo. Las resonancias de esa historia todavía me palpitan: el fin de año, plumas de cuervo, don Sarcasmo, planes siniestros, gatos, relojes… Y sí, fuimos felices y devoramos más, muchas más, libro-perdices.

La imagen de la cuadrilla la he encontrado en este blog.

No es un final inesperado. Por suerte para mí. Es el final que me trajo de vuelta a… mí misma, en realidad.

Pero, ¿qué he querido decir con todo esto?

Pues para empezar, que estoy muy agradecida de que nunca me prohibieran leer un libro que yo quería leer. Es evidente que mi madre pensaba que lo que leía en un momento de mi infancia era basurilla (quedó más que claro en el episodio del baño de espuma, y en múltiples ocasiones cuando me recomendaba diversificar un poco mis lecturas), pero venía conmigo a la librería, y me compraba los libros. Lo mismo cuando, relativamente joven, empecé a leer sus propios libros. Nada más allá de algún comentario levemente disuasorio, pero que nunca se imponía.

Para seguir, que si bien la proposición “leer es mejor que no leer, por lo que sería conveniente incentivar la lectura” la catalogo en mi escaso repertorio de verdades universales (aun debatiendo incansablemente conmigo misma acerca de los motivos que subyacen, tema para un largo post, en alguna ocasión), lo que no tengo tan claro es todo lo que concierne a la valoración y selección de obras “adecuadas”, en general, y para el público más joven (más “incentivable”) en particular.

Es decir, no me atrevo a afirmar que existe una lista (un canon, que se dice en círculos selectos) de libros claramente recomendables; y más problemas todavía me causaría la elaboración de una lista con libros que NO deberían ser leídos. A fin de cuentas, la breve historia de la LIJ se ha visto mareada con recomendaciones y contra-recomendaciones de todo tipo, sometida a la moral imperante (o incipiente) de turno; usada vil y panfletariamente, con un estilo muy carlosterceriano (“todo para el lector/niño, pero sin contar con el lector/niño”). Pongamos de ejemplo los debates pretéritos y recientísimos en torno a la idoneidad o perversidad de las historias tradicionales del folklore, a las que se les ha acusado de emponzoñar las mentes de los niños vía, ojo, alelamiento, desarrollo excesivo de la imaginación, escapismo fantástico pernicioso (y aquí podríamos situar las críticas de tono moralista y conservador, pero como en todo discurso absurdo, éste puede dar la vuelta), y pervivencia de valores machistas (y aquí el absurdo nos mira haciendo el pino).

Entiendo que, en un primer estadio de esta discusión sobre criterios de valoración, nos topamos con la insoslayable necesidad de establecer una clara definición de eso que entendemos por LIJ (énfasis en la literaria L). Es decir, libros dirigidos a niños hay a montones, pero puede alcanzarse fácilmente un acuerdo general en que no todos son literatura. Ahora bien, una vez superado este primer estadio, ¿qué libros debemos promocionar? ¿Sólo los que cumplen criterios de literariedad? Dentro de ese grupo, ¿vale cualquiera? ¿Qué pasa con las obras de tipo didáctico? Evidentemente, existen de gran calidad. Y, ¿qué pasa con los libros que se caen –por su propio peso– de la bolsa LIJ por el agujero en la L (como mis canguros y mis gemelas, sin ir más lejos, y por no meterme en berenjenales citando títulos más recientes)?

Yo los regalé todos. En un arranque en parte motivado por la necesidad de espacio; y en parte haciendo alarde de un criterio nefasto y muy pedante de selección bibliográfica, me deshice de ellos. En pocas palabras: fui contra mi propio dogma, que reza algo así como “lee (haz/sé) lo te guste; disfruta, siente, ríe, llora, sueña…, hazlo con pasión, y que le den al resto”.

No se trata de desoír consejos (en mi caso, está claro que un consejo me llevó de vuelta al estado de enamoramiento lecturil). Se trata de construir un criterio propio, y tratar de defenderlo. En la lectura… y en la vida. Y en la vida, muchas veces, GRACIAS A la lectura, que de hecho nos convierte en personas críticas, inteligentes, y mejores (por ir desvelando parte de ese futuro post antes prometido). Un círculo la mar de virtuoso.

Para terminar, como de costumbre, unas palabras ajenas que expresan pensamientos propios.

Mis pensamientos:

La tremenda idoneidad de la diversidad de experiencias lectoras, los caminos para garantizarla (o sea, la importancia de DAR A CONOCER, como hizo mi madre cuando me presentó al señor Ende), el carácter no coercitivo ni déspota de dichos caminos, y la construcción por parte del lector de un criterio propio.

La expresión de los mismos en palabras de Teresa Colomer, de la obra “Introducción a la literatura infantil y juvenil”:

“La libertad del lector para formar sus preferencias se basa en el conocimiento de la enorme diversidad que tiene a su alcance. No se desea lo que no se conoce y, por lo tanto (…) [es esencial facilitar al lector] el reto de su apertura hacia nuevas experiencias.”

“Se tiende a establecer una media homogeneizadora que contempla sólo los mejores libros de entre aquellos que pueden gustar al mayor número de lectores. Pero es preciso tener en cuenta que los lectores de gustos minoritarios también cuentan. Hay que incluir, pues, aquellos libros que probablemente serán poco leídos en términos cuantitativos, pero a los que hemos otorgado la confianza de pensar que constituirán una experiencia importante para los lectores que se los apropien. En el otro extremo, es preciso también contar con libros (…) “seductores” (…) que, por alguna cualidad especial -su facilidad, su tema, la moda,- pueden incitar a leer a niños que han desarrollado un cierto rechazo (…) hacia la lectura.”

EDITANDO (el 18 de enero de 2012)

Sé que esto queda muy chapucero, pero el blog es mío y lo jodo como quiero.

Es que las he encontrado. Las exactas. Las clarísimas. Las súpercerteras.

Palabras, digo. De otro, cómo no.

Yo rompiéndome la cabeza con tanta canguro y tanto baño de espuma, sin saber muy bien qué es lo que quería decir. Y aunque Colomer me hizo un préstamo valiosísimo, resulta que la idea exacta que quería expresar la ha resumido como nadie monsieur Pennac (ya sé que me estoy poniento un tanto pesadita con él) hablando sobre dos de los derechos de su decálogo: el derecho a leer cualquier cosa, y el derecho al bovarismo ("enfermedad de transmisión textual" que toma su nombre de la más ilustre enferma de dicho mal, Emma Bovary).

Ahí queda eso:

"Así pues, hay "buenas" y "malas" novelas.

Las más de las veces comenzamos a tropezarnos en nuestro camino con las segundas.

Y, caramba, tengo la sensación de haberlo pasado "formidablemente bien" cuando me tocó pasar por ellas. Tuve mucha suerte: nadie se burló de mí, ni pusieron los ojos en blanco, ni me trataron de cretino. Se limitaron a colocar a mi paso algunas "buenas" novelas cuidándose muy bien de prohibirme las demás.

A eso lo llamo sabiduría."

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"Y luego decirse también que el bovarismo es -junto con algunas más- la cosa mejor repartida del mundo: siempre la descubrimos en el otro. No es extraño que a la vez que vilipendiamos la estupidez de las lecturas adolescentes, colaboremos en el éxito de un escritor telegénico, del que nos burlaremos tan pronto como haya pasado de moda. Las modas literarias se explican ampliamente por esta alternancia de nuestros entusiasmos iluminados y de nuestros repudios perspicaces."

lunes, 24 de octubre de 2011

Las únicas aves...

… que ponen sus huevos en una silla.

Esta es la pregunta (proclamada de forma estentórea) que oí ayer en un rinconcito/observatorio pajaril en el que se suponía que debíamos guardar silencio, por aquello de observar pájaros, que tienen la caprichosa costumbre de no presentarse si hay jaleo sonoro. Los alegres ahuyentadores de aves eran una cuadrilla en la adolescencia tardía de la cincuentena, repletos de recursos tronchantes al más puro estilo gamberro de la clase. Se marcharon pronto, aburridos enseguida, y sólo me molestaron relativamente. A fin de cuentas, tampoco era para cabrearse. Pero es esa manía de ir por la vida con falta de sensibilidad. De empatía.

Empatía (según la wiki: del vocablo griego antiguo εμπαθεια, formado εν, 'en el interior de', y πάθoς, 'sufrimiento, lo que se sufre').

Si hay algo que me haya ayudado a desarrollar esa capacidad - en que la imaginación toma un papel tan relevante - para ponerse en el lugar del otro, para llegar a sentir emociones ajenas, para vivir en el otro e incorporar un prisma nuevo a la visión de las cosas, para tomar en consideración tantas realidades que el posicionamiento unívoco se manifiesta claramente como un absurdo… Si algo me ha ayudado a moverme en esas aguas, como decía, han sido las historias.

Las historias, que tantísimo me gustan y son tan cosa favorita mía, no sólo me llenan en la función horaciana del delectare – que es el verdadero motivo por el que elijo habitarlas –; resulta que también me llevan al campo del docere y así, aprendo cosas (cuestión espinosa ésta de las funciones de la literatura, por otra parte, sobre todo por lo que respecta al universo LIJ), cosas tan interesantes como la empatía que venía mencionando.

Y tanto me han ayudado en esta tarea las historias que, con frecuencia, manejo un discurso de lo más exasperante, para mis interlocutores e incluso para mí misma, que me veo tantas veces incapaz de ofrecer certezas, siendo mi única opinión posible un tenue “no sé, no sé…”.

En el mejor de los casos, sin embargo, esa exasperación rebaja grados y se convierte en motor de (auto)crítica, de búsqueda, de apertura de nuevas vías. Así que considero que la balanza pesa a favor de esos viajes a emotividades ajenas, a pesar de la gran carga de confusión e incertidumbre que acarrean.

Pero claro, es que el entendimiento profundo entre las personas es cosa compleja, e inevitablemente acarrearemos esa maleta de confusiones e incertidumbres en cualquier proceso de aproximación que verdaderamente pretenda eso, aproximarse el uno al otro.

Es éste, sí, un hilo de reflexión del que están tirando con fuerza rabiosa los acontecimientos de los últimos días.

No es éste, no, el txoko en el que quiera desarrollar la infinidad de aristas que se despliegan de tan delicadas disertaciones.

Pero esta mañana he escuchado un fragmento de un poema en el programa de radio Mar de Fueguitos, de la emisora Tas-Tas Irrati Librea.

Unas palabras del poeta palestino Mahmud Darwix, que incluso en la traducción tienen una resonancia bella, evocadora y certera (cómo sería poder entenderlo en su lengua original). Y que aportan unas cuantas ideas de lo que es en realidad ese concepto que desgastamos y maltratamos vía repetición hasta el cansancio del vocablo que lo designa: paz.

Sin intención de hacer extrapolaciones, ni de utilizar sus palabras con fines ideológicos ni para otra cosa que no sea el mero goce de las propias palabras, que solas, por sí mismas, ya bastan, aquí el extracto:

Un país preparado para el alba.
Pronto
los astros dormirán en la lengua de la poesía.
Pronto
despediremos este largo trayecto
y preguntaremos: ¿Por dónde empezar?
Pronto
prevendremos a nuestro bello narciso silvestre
para que no enloquezca con su imagen: no has
servido para el poema, contempla
a las andantes del camino.

¡La paz sea contigo que velas por
el éxtasis de la luz, la luz de la mariposa, en
la noche de este túnel!

¡La paz sea contigo que compartes mi copa
en la negrura de una noche que colma dos asientos:
salud, sombra mía!

La paz es la palabra que atesora el viajero
para el cruce en el camino con el viajero.

La paz es paloma entre dos extraños, zureo compartido
al borde del abismo.

La paz es la añoranza de dos enemigos, que anhelan
bostezar en el andén del hastío.

La paz es el gemido de dos amantes lavándose
a la luz de la luna.

La paz es la disculpa del fuerte ante el
débil de armas —pero de largo alcance.

La paz es partir las espadas ante la belleza
natural, aceptar que el rocío mella el hierro.

La paz es un día plácido, agradable, de pasos
suaves, sin riñas.

La paz es un tren con pasajeros que van
o vienen de excursión por las afueras de la eternidad.

La paz es reconocer, públicamente, la verdad:
¿Qué habéis hecho con el fantasma del asesinado?

La paz es dedicarse a cultivar el jardín:
¿Qué vamos a sembrar de aquí a nada?

La paz es ahuyentar las pupilas
del zorro que seducen a la mujer asustada.

La paz es el ahhh de un agudo sostenido de moaxaja
en el corazón de la guitarra exhausta.

La paz es la elegía a un joven con el corazón destrozado por el lunar
de una mujer, no por una bala o por una bomba.

La paz es cantar a la vida aquí, en la vida,
pulsando la cuerda de una espiga.

El extracto lo he conseguido en este blog, cuya autora ejerce también de traductora.

Ah, por cierto. La respuesta a la pregunta del principio: son el AVElardo y el AVElino.

A mi pesar, el chiste me hizo mucha gracia.

lunes, 17 de octubre de 2011

“¿Esto es real o sólo está pasando en mi cabeza?” Reflexiones prometidas sobre el binomio realidad/fantasía. Parte I.

Al hilo de lo comentando y lo prometido en la entrada del discurso de Jotaká, tomo hoy uno de los hilos (uno solo) de los múltiples que se desprenden de esta madeja engurruñada que es la reflexión en torno al mencionado binomio.

El otro día me preguntaron en qué medida se puede engañar a la mente cuando, por ejemplo, leemos un libro, para hacernos creer que nos está pasando algo que no es real. Hasta qué punto podemos conseguir vivir una experiencia a través de un libro, una peli… (una historia, a fin de cuentas) como si en realidad la estuviéramos viviendo.

Mi respuesta fue que podemos vivirla con la misma o mayor intensidad, porque la imaginación tiene ese poder.

La verdad es que quería entrecomillar “real” y “en realidad” hace dos párrafos (y como quería, y aquí mando yo, pues lo hago ahora), porque, en el fondo, la cuestión de base pasaría por determinar qué entendemos exactamente por esos términos.

En ese sentido, y siguiendo con la respuesta que di, da igual el pretendido “engaño”, que no es tal, por cuanto siempre somos plenamente conscientes de él; pues lo único que importa es lo que se siente al participar de las historias, de esas mentiras.

Ya lo dicen los Blackmore’s Night (en el video): Nothing is real but the way that I feel… En su caso particular, lo que le pasa a la pobre solista es que i feel like going down, down, down…, lo que no parece la más halagüeña de las perspectivas, pero es que el poder destructivo de la imaginación es igual de potente que el creativo, qué le vamos a hacer. Esos son los precios a pagar de los que hablaba la otra vez, y así se construye la balanza, inevitablemente.


Y es cierta, la creo firmemente, es un pilar en mi filosofía vital, la frase del viejo que responde a la pregunta que tomo prestada para el título de mis reflexiones (¿y qué si está pasando sólo en tu cabeza?), y el complemento musical recién mencionado (lo único que importa, lo único que es real, es cómo me siento).

Pero.

Pero… uno de mis mayores terrores de infancia (que se perpetúa a mi lado a través de los años, como la infancia misma) era mi propia versión a lo Matrix de la existencia (¿y si todo lo que vivo no es más que una mentira; si nada – ni NADIE – existe de verdad y todo está sólo en mi cabeza?). Y, joder, qué susto.

O sea… que quizás sí que importe, un poquito, lo que pase en realidad. A veces siento que sí que importa. Porque no es lo mismo caminar por la arena, que caminar por la arena (cuando el resto del mundo, real, existente, es capaz de coincidir contigo en que, efectivamente, estás caminando por la arena). Y quizás esto me importe un poco porque hay otros factores en juego, que no se me escapan, como la necesidad de sentirse reconocida, y aceptada…

Pero más pero.

Pero… en el fondo, el anhelo más profundo, siempre, es SENTIR. Y siento profundamente a través de mis seis sentidos, siendo el sexto, tantas veces, el más poderoso. Ah, ¿que el sexto era la intuición? Entonces me estaba refiriendo al séptimo, que además es un número que se le ajusta más, por las connotaciones místicas. Sí, claro, de qué voy a estar hablando. De la imaginación, de ese arma de destrucción/construcción masiva. De ese bicho ingobernable.

Me viene a la mente una cita del bueno de Stevie (el señor King, se entiende): Un buen escritor es aquél que ha enseñado a su mente a desobedecer. Toma ésa.

Pobre del buen escritor, entonces. Y qué suerte la suya.

martes, 11 de octubre de 2011

Yo también he jugado con lobos; ¿tú no?

Hace unos días hice un paseo en bici hasta un pueblo cercano, con la idea de reencontrarme con las sensaciones que me había dejado la última (y hasta ese momento, única) vez que había pasado por allí (que fue en mi también única experiencia santiaguera hasta la fecha).

Resultó que, excepto la mansa alegría en el jardín del albergue, el resto de las sensaciones óptico-oloríferas ruralmente emotivas estaban completamente desaparecidas. Me costó un buen rato decidir que mi memoria había archivado muy garrafalmente el contenido de la experiencia citada, clasificando sensaciones en el tropo equivocado.

Vamos, que el pueblo que quería revisitar estaba unos cuantos kilómetros más atrás en el camino.

Para compensar la decepción, mi acompañante excursionil me llevó hasta la biblioteca. Y allí el destino me demostró una vez más que tiene un delicado sentido del equilibrio, pues propició mi encuentro con Marcos y sus lobos. No hacía ni 7 días que habíamos visto la versión cinematográfica del relato que tenía entre manos, y tenía muy reciente mi lapidaria sentencia al término de la misma (“deficiente; para este viaje, me habría quedado con el tráiler, que me hace llorar y todo…”).

Pero, en fin, es una historia a la que llevaba tiempo queriendo acercarme. Así que me senté en un puff amarillo encajonado entre estanterías y algún nene lector (por suerte, mi tamaño es muy adaptable al mobiliario de las bibliotecas infantiles), y me zumbé prácticamente un tercio del libro, así, sin apenas ansia ni nada.

Cuando por fin vinieron a remolcarme al mundo ¿real? (la hora de cierre, la visita de mi acompañante, una llamada de socorro desde Escocia… en fin, esos remolques), yo ya estaba atrapada. Y sí, es lo que cuenta (la historia de Marcos fascina en cualquier lenguaje); pero, sobre todo, es cómo se cuenta.

Algunas palabras con las que intentaría describir el estilo magnético: honestidad, ternura, reflexión, autenticidad, frescura, fantasía, inocencia, coherencia, sorpresa, emotividad pura y contenida…

El relato es un viaje junto a y por dentro del personaje. El relato es el personaje. Su voz es la que lo construye todo (esa voz que ha prestado Gabriel Janer Manila a la historia de Marcos), la que lo ocupa todo, la que da sentido a todo. Por encima de todo, esa voz nos narra una lucha constante, no tanto por la supervivencia, sino contra la soledad.

Al fin y al cabo, el propio autor nos lo aclara en el epílogo: ¿qué importa que la tan poco verosímil pero maravillosa amistad entre Marcos y la culebra (y los demás amigos de la sierra) sucediera así en realidad?; lo único que importa es lo que él cree que sucedió, y cómo jugó y jugó (con lobos) para no estar solo (para que no se lo comieran esos lobos voraces de la desesperanza). [No se me escapa el paralelismo con otra pregunta sobre lo que importa o no importa eso que llamamos “realidad”, de la entrada anterior. Qué le vamos a hacer, las obsesiones de cada una son cosa recurrente.]

Aquí Marcos echando unos cánticos con sus amigos.

Y ante ese baile hermoso con sus amigos los animales; con sus pensamientos, que no sabe de dónde le vienen; con el hambre y el ingenio; con la risa y el miedo bajo la tormenta; con la delicia del juego de aguas y palos… era incapaz de mantenerme en el mismo estado emocional: o bien se me encharcaba el alma de pena, o bien se me hinchaba con su felicidad compartida.

Pero no, no más mi voz, sino un poco de la suya (a destacar, que hay tres “peros” poderosos, y en crescendo!):

“La canción era larga y monótona. La cantaba con el lenguaje de los lobos. Hablaba de los peligros que acechan, de los miedos. Del miedo y los temblores que provoca. De los miedos que queremos, de los que nos hacen crecer, de los miedos que nos protegen y de los que nos hacen reír. Hablaba de aquellos miedos que nos hacen compañía. Pero también de la manera que tienen los lobos de entender la vida.”

“Si todo lo que me rodeaba hubiera sido uniforme y sólo yo hubiera sido distinto, quizás me hubiera preocupado, porque habría sido el único extraño. Pero en la montaña la vegetación es diversa y los animales son diferentes. Si entras en un bosque, al primer vistazo todo te parece igual. Sólo ves bosque y piensas: “¡Qué bosque más tupido!” Pero cuando te detienes a mirar cada hoja de los árboles, cada piedra, cada flor, te das cuenta de que no hay nada repetido, que todo es bosque, pero cada parte se diferencia en algo de las demás. Es casi lo mismo que sucede con las personas: como los árboles, todos venimos de las mismas raíces. Pero no hay ni un solo hombre repetido.”

“Apreté los puños y sentí cómo las uñas se me clavaban en la palma de la mano. No sé si eran las uñas de un lobo. Cuando las abrí, me di cuenta de que me había hecho un poco de sangre. Pero la sangre olía a monte bajo, a hierbas salvajes, a viento y a luna clara.”

viernes, 30 de septiembre de 2011

Que la vida me regale fracaso e imaginación

No conseguiría nunca expresar, con el énfasis suficiente, lo mucho, lo MUCHÍSIMO que me gusta e inspira el discurso de apertura que dio la buena de Jotaká en la Ceremonia de Graduación de Harvard de 2008.

Llegué a él casi por casualidad viendo videos en Youtube. Y allí (aquí) estaba, esa británica con pinta de inocente, haciendo magia con el lenguaje, desenvolviendo con una maestría admirable un mensaje que se me clavó directamente en la frente y el pecho, me hizo soltar alguna lagrimilla, y se quedó inmediatamente incorporado a mi catálogo mántrico-guía vital personal.

Ver ese vídeo fue experimentar la preciada y rara sensación de que alguien me estaba ordenando las ideas, las grandes, las que importan, que pululaban en mi cabeza sin encontrar una vía exacta de expresión. Y de pronto… lo veo (lo oigo) todo cristalino. Y comunicado de una forma cautivadora, con mucho humor, con mucha fuerza. Estilo 100 por 100 jotakiano.

Y es que, no va la tía y decide hablar a unos recién graduados (de Harvard, nada menos) de la importancia de… ¿qué? ¿La perseverancia? ¿El trabajo duro? ¿La superación personal? No, no, no… Ella va y les convence de que la clave de todo está en el FRACASO y la IMAGINACIÓN.

No seré yo quien intente explicar por qué ese binomio es tan esencial. Veamos lo que dice ella:

Sobre los beneficios del fracaso:

“So why do I talk about the benefits of failure? Simply because failure meant a stripping away of the inessential. I stopped pretending to myself that I was anything other than what I was, and began to direct all my energy into finishing the only work that mattered to me. Had I really succeeded at anything else, I might never have found the determination to succeed in the one arena I believed I truly belonged. I was set free, because my greatest fear had been realised, and I was still alive (…). Failure taught me things about myself that I could have learned no other way. I discovered that I had a strong will, and more discipline than I had suspected; I also found out that I had friends whose value was truly above the price of rubies.”

Sobre el poder de la imaginación:

“Though I personally will defend the value of bedtime stories to my last gasp, I have learned to value imagination in a much broader sense. Imagination is not only the uniquely human capacity to envision that which is not, and therefore the fount of all invention and innovation. In its arguably most transformative and revelatory capacity, it is the power that enables us to empathise with humans whose experiences we have never shared. (…) We do not need magic to change the world, we carry all the power we need inside ourselves already: we have the power to imagine better.”

Aun me gustaría ilustrar esta potente idea sobre el poder de la imaginación con otras palabras de la propia Jotaká, esta vez de su obra de ficción.

Situémonos prácticamente al final de su historia sobre el niño mago, en ese momento en que héroe y maestro se encuentran en una réplica blanca de una famosa estación de tren londinense, que es obviamente un umbral, y conversan sobre los entresijos de la aventura que nos ha llevado, a todos, hasta allí. Al despedirse, se produce este diálogo:

El joven héroe pregunta: ¿Esto es real? ¿O ha estado pasando sólo dentro de mi cabeza?”

El viejo y evanescente maestro responde: Claro que está pasando dentro tu cabeza, Harry, pero ¿por qué iba a significar que no es real?”

La estupenda imagen la he sacado de aquí.

Qué maravillosa, ingeniosa y definitiva manera de referirse, no sólo al propio contexto de la historia, sino a todo. De regalarnos irrevocablemente su cuento: “es vuestro, podía haber sido sólo una mentira en mi cabeza, y ahora es de verdad y para vosotros y para siempre”. De explicar la falacia del muro de contención entre eso que llamamos realidad y eso que llamamos fantasía. Un tema éste con múltiples matices, y al que espero volver en otro momento.

En fin, lo expuesto es solo una muestra que puede dar una idea, pero no hace justicia de la absoluta delicia de texto que es el discurso completo, que puede leerse aquí (en inglés). Y aquí (en castellano).

Por estas palabras, estoy admirada y agradecida. Mis fracasos me duelen hondo y cruelmente. Mi imaginación se vuelve a menudo contra mí y me tortura con una saña feroz. Pero siempre valoro unos y otra, pago su precio, siento que me convierten en lo que soy y que, en última instancia, me dan más, mucho más, de lo que me quitan.

Me resulta muy difícil entenderme, saberme. Esto sí es un trabajo para toda la vida. Pero hay cosas magnas que lucen como un faro en la noche y me sirven de guía en el camino. Como estas palabras, que no son mías, pero que sí lo son.